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La popular farmacia, por Nicolás Gómez Núñez

Como los lectores podrán advertir, el título es una maniobra lingüística y su objetivo es llamar la atención sobre lo popular. Este concepto que parecía muerto y sepultado en esos años sui generis de fines de la década del ochenta del siglo pasado. Incluso, cuando en los noventa se desplegaba en toda su magnitud nuestro modelo económico, con tasas de crecimiento similares y superior al 5 % anual, lo popular era evaluado como un vestigio de una jerga abandonada. En el habla de esa época, estaba “out”.

Nadie hubiera sospechado que lo popular volvería en el siglo XXI, menos aún como la etiqueta de una respuesta a la desigual distribución de las riquezas y al inequitativo acceso a los bienes de primera necesidad, como medicamentos. El poder político local ha realizado lo imprevisible, el alcalde Jadue (PC) realiza una farmacia en la comuna de Recoleta y mientras va compartiendo la experiencia otros alcaldes se animan a estar en esa u otra rama del comercio. Ahora, por ejemplo, hay librería popular.

La pregunta es, ¿Por qué subrayar lo popular de estas actividades comerciales? Y hay cuatro buenas razones. La primera y evidente está relacionada con el aumento del poder adquisitivo, porque la farmacia popular ofrece los productos a un menor precio y esa baja la van a asentir felizmente muchas personas, especialmente las que, por ejemplo, solamente pueden pagar FONASA o mes a mes reciben un sueldo mínimo que sostiene a un hogar de cuatro o cinco integrantes.

La segunda razón se vincula al nuevo contenido que tiene el concepto. Es decir, lo popular se aleja de sus acepciones atadas a lo masivo y lo folclórico, y es sinónimo de justicia económica en las interacciones de compra y venta. Incluso se podría usar la expresión: Comercio Justo.

La tercera razón está referida al desarrollo de los canales de distribución de los productos, y esto tiene dos ámbitos de incidencia al menos. El primero es hacia arriba, porque la puesta en marcha de la farmacia popular solicita la concurrencia de los servicios sectoriales del Estado central, especialmente los que brinda el Ministerio de Salud y el de Economía. En esos encuentros se pondrán en común las estrategias, algunas de ellas habituales, y también las incertidumbres sobre cómo se debería obrar. De esta manera, es posible que los involucrados asuman transformar el sector público para que participe promoviendo esta esfera de la economía.

El segundo ámbito es hacia el lado y hacia abajo, porque las empresas populares han privilegiado a los habitantes de sus comunas y así clausuraron el acceso indiscriminado a sus servicios. Esta medida les va a permitir tener una base de datos que va a describir las cualidades objetivas y subjetivas de sus vecinos, gracias a lo cual podrán ordenar la demanda, llegarán a controlar las formas de almacenamiento, podrán acordar las rutinas de atención, entre otras pequeñas pero relevantes actividades que son parte inherente de toda empresa.

Pero aquí no sólo se trata de recursos económicos para lograr un almacenamiento adecuado, porque la iniciativa municipal requiere profesionales que produzcan medicamentos en laboratorios y permisos (patentes) para realizar esas tareas. Entonces, la duda no está en si tenemos o no esas personas calificadas, la respuesta es rotunda, las tenemos. Entonces la interrogante es si ¿Chile está dispuesto a darle oportunidades a su gente para realizar un sistema de ciencia y tecnología para abastecer de medicamentos elementales a las farmacias populares?

La cuarta razón está relacionada con la creatividad que lo popular ha provocado en los equipos de las organizaciones, posiblemente esté asociado al inicio de un tiempo político de campañas, pero me gustaría suponer que también se explica porque esos equipos lograron trascender el dogma que indicaba que el Estado no puede ser un actor económico y que en varios casos pudo habernos llevado a asumir que el sector público no debía salir de la asistencia y la subsidiaridad.

Ahora, gracias a lo popular en la economía, se ha hecho pensable la posibilidad de reconocer varias formas para lograr bienes y servicios, más aún, los vecinos tendrán un conjunto de alternativas que les informan que los precios pueden ir a la baja, a lo justo, con lo cual podrán plantear un precio y hacer una apropiación colectiva de los dividendos. A los cuales, hasta hace un par de años, sólo unos pocos tenían acceso para beneficiarse.

Para cerrar, una inquietud. Es posible que los encuentros de los vecinos en el local donde funciona la farmacia popular conlleven la concurrencia de sus historias, se permitan poner en común sus penas, se miren cara a cara para discutir, enamorarse, reír, “tirar la talla”, “pasarlo bien”, a veces podrían tomarse en serio para votar por las estrategias que ayudan a mejorar la producción de alimentos y la de medicamentos, se involucren en la gestión de estas empresas, puedan ser sus directores o trabajadores. De ser así, esas convivencias que transcienden el intercambio de mercancías lograrían producir soberanía, un recurso económico no tradicional y en pleno proceso de producción en los tiempos que corren.

Nicolás Gómez Núñez. Sociólogo, Profesor Asociado Regular de la Carrera de Sociología, Facultad de Educación y Ciencias Sociales, Universidad Central de Chile

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