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La pregunta Lechner. Por Mauro Salazar J.

Modernización sin subjetividad

Hay preguntas que no envejecen y ofrecen verdor: se acumulan y regresan con la insistencia de lo que nunca fue respondido. La pregunta que organizó el pensamiento político de Norbert Lechner —¿cómo construimos orden social en sociedades fragmentadas que han perdido la capacidad de imaginarse como totalidad?— retorna hoy con una urgencia que el propio Lechner, desde su escritorio, no pudo prever en sus insondables dimensiones actuales. Espectralidad. La pregunta retorna porque el mundo que la formuló, ese mundo de transiciones democráticas, de euforia liberalizante, de ciudadanos atrapados entre el crédito que prometía libertad y el Estado que prometía protección, no terminó de resolverse, sino que se intensificó hasta volverse irreconocible.

Lechner comprendió tempranamente algo que la ciencia política dominante tardó décadas de décadas en admitir: que la democracia no es solo un conjunto de procedimientos institucionales, sino una forma de producción de subjetividad colectiva. Su insistencia en lo que llamó «los patios interiores de la democracia» no era una concesión a lo sentimental ni una suavización de la política. Era, al contrario, el reconocimiento teóricamente exigente de que ningún orden político se sostiene sin que los sujetos lo habiten afectivamente, sin que encuentren en él una mediación entre su vida cotidiana y la experiencia del nosotros. La democracia, para Lechner, requería de un trabajo cultural profundo: la producción de referentes simbólicos, de temporalidades compartidas, de miedos que pudieran ser nombrados y elaborados colectivamente. Sin ese trabajo, el procedimiento democrático se convierte en una cáscara vacía que cualquier operador del resentimiento puede llenar con contenidos autoritarios.

Es precisamente esa cáscara vacía lo que habitamos hoy. El Chile del siglo XXI ha completado la modernización que la dictadura inauguró y la Concertación (por diversos factores y silencios, sin caer en leyendas negras o batucadas contra el ciclo transicional) no pudo revertir, pero lo ha hecho produciendo lo que Lechner denominó, con lucidez que aún duele, una «modernización sin modernismo»: una transformación acelerada de las condiciones materiales de existencia sin la correspondiente elaboración cultural de esa transformación, sin el procesamiento subjetivo que permite a los individuos reconocerse como parte de un proyecto común. El resultado no es la liturgia que prometía el relato modernizador, sino una experiencia generalizada de desamparo: sujetos que consumen pero no significan, que circulan pero no pertenecen, que votan pero no se reconocen en lo que votan. Esa brecha —entre la velocidad del cambio estructural y la lentitud de la constitución subjetiva— es el territorio donde hoy proliferan las nuevas derechas.

La presidencia de José Antonio Kast y la consolidación del Partido Republicano como fuerza electoral relevante no pueden leerse, desde la perspectiva lecheriana, como una mera regresión o como un accidente de la cultura política chilena. Son, más bien, el síntoma de un fracaso: el fracaso de la izquierda y del centro político en producir las mediaciones simbólicas que Lechner consideraba indispensables para sostener la vida democrática. Kast (presidente electo) no ofrece política en el sentido sustantivo del término. Tampoco ofrece proyecto, salvo articulación de intereses, elaboración del conflicto: ofrece identidad (evangelización). Ofrece la posibilidad de nombrarse a uno mismo en oposición a algo: al migrante, al «comunista», al feminismo, a la «ideología de género», al «globalismo». Esa gramática del enemigo interior es exactamente lo que Lechner identificaba como la tentación autoritaria que acecha a las democracias cuando estas fallan en su tarea de producir cohesión social por vías no excluyentes.

Lo que hace particularmente perturbadora la situación actual es su carácter global. El fenómeno Kast (lo sabemos) no es una particularidad chilena: es la versión local de una reconfiguración de las derechas que tiene en el trumpismo su expresión más visible y más analíticamente reveladora. Donald Trump —o más precisamente, el trumpismo como forma política— ha demostrado que es posible movilizar afectos de pertenencia sin construir absolutamente nada: sin programa, sin coherencia ideológica, sin siquiera la exigencia de veracidad que la política liberal consideraba un mínimo procedimental. Lo que el trumpismo ha producido es una subjetividad política definida enteramente por el agravio: el agravio de los que sienten que el mundo que les pertenecía les fue arrebatado por fuerzas que no comprenden pero que pueden ser encarnadas en figuras concretas —el inmigrante, la élite cosmopolita, el «establishment» mediático, la ciencia institucionalizada. Lechner habría reconocido en esa dinámica la exacta inversión de lo que entendía por política democrática: en lugar de transformar el miedo en proyecto, el trumpismo transforma el miedo en combustible permanente de movilización reactiva.

Hay en Lechner una categoría que resulta especialmente fecunda para leer este presente: la del «orden deseado». Toda sociedad, argumentaba, necesita no solo un orden efectivo sino un orden deseado, es decir, una imagen normativa de sí misma que oriente las prácticas y les otorgue sentido. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente los órdenes deseados que la modernidad había construido —la nación, la clase, el progreso como horizonte colectivo, la solidaridad como valor operativo— sin reemplazarlos por nada que no fuera el mercado como mecanismo de coordinación impersonal. El mercado, sin embargo, no puede producir orden deseado: puede producir incentivos, puede producir preferencias individuales, pero no puede producir el lazo simbólico que une a los sujetos en una comunidad. Esa es la vacancia que las nuevas derechas han venido a ocupar: no con un proyecto emancipatorio ni siquiera con una utopía conservadora coherente, sino con la promesa de devolver a los sujetos una identidad que el mercado les quitó sin decirles que se la estaba quitando. La paradoja es que esa identidad restaurada se construye sobre la exclusión violenta de otros: el orden deseado que ofrece Kast, como el que ofrece Trump, es un orden que requiere expulsados para sostenerse.

La pregunta que Lechner nos lega, entonces, no es solo diagnóstica sino también estratégica: ¿cómo reconstituir las mediaciones simbólicas que permitan a los sujetos elaborar sus miedos sin proyectarlos sobre cuerpos sacrificables? ¿Cómo producir una temporalidad compartida —un sentido de pasado común y de futuro posible— en condiciones de aceleración que destruye toda continuidad? ¿Cómo hacer política de lo subjetivo sin caer ni en el psicologismo que despolitiza ni en el identitarismo que fragmenta? Estas preguntas no tienen respuestas disponibles en el catálogo de ninguna tradición política existente. Exigen, precisamente, el tipo de pensamiento que Lechner practicaba: un pensamiento que no teme mirar de frente la desazón, que no convierte la complejidad en simpleza confortable, que no promete lo que no puede cumplir.

Leer a Lechner hoy, en los últimos días de la administración Boric (ad portas del autoritarismo desatado que nos asecha) y de la creciente influencia electoral de Kast, en el mundo del trumpismo reinstalado y de las democracias que se corroen desde adentro, es un ejercicio incómodo. Su incomodidad proviene de que no nos da armas fáciles ni consignas tranquilizadoras. Nos da algo más difícil y más necesario: la disposición a preguntar por las condiciones subjetivas de lo político, a no conformarse con la descripción de las estructuras cuando son los afectos los que deciden las elecciones, a insistir en que la democracia es siempre también una tarea cultural de producción de subjetividad colectiva. Si esa tarea no se asume —si la izquierda y el centro siguen creyendo que basta con tener razón en los argumentos— el espacio vacío que deja será llenado, una y otra vez, por quienes ofrecen certezas a cambio de exclusiones.

Hay una frase de Lechner que merece ser releída en voz alta en este momento: «La política democrática consiste en transformar los miedos en confianza». No en negar los miedos, no en administrarlos tecnocráticamente, no en convertirlos en resentimiento movilizable. Transformarlos. La distancia entre esa frase y la práctica política contemporánea, tanto en Chile como en el resto del mundo atlántico, mide con precisión implacable la profundidad de la crisis que habitamos.

«La pregunta Lechner» no es una pregunta del pasado: es la pregunta que el presente no sabe todavía cómo responder.

Dr. Mauro Salazar J.

UFRO/Sapienza

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