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La Promesa Canalla. Por Alejandro Castro Harrison

Creo que ganó la democracia, pero mi pregunta es ¿qué democracia? No simplifiquemos la realidad, pero se podrá señalar que durante varias décadas o siglos se ha asociado la noción de democracia con aquella idea de libertad, igualdad y fraternidad, como una prédica de las nociones fundamentales de las revoluciones modernas, y en pro de una revolución triunfante del ser humano, a saber: ´la razón moderna bajo el imaginario del progreso´ Este icono se basa, tanto en la idea de victoria y unión de la razón, como también del crecimiento económico y de la soberanía popular.

El diagnóstico antes consignado supone la solidaridad entre la eficacia técnica, la libertad política, la tolerancia cultural y la felicidad personal. Pero con el transcurso de la modernidad, el balance es menos alentador, puesto que los valores acerca de aquella sociedad libre y racional se han debilitado por discursos y prácticas sectarias que comienzan a cuestionar en su desarrollo el tipo ideal de democracia, -quizás adulterada y sobre-ideologizada por el discurso de prosperidad-, más aún, si consideramos su tonalidad mesiánica, cuestión que ha significado desconfianzas y lecturas cada vez más ortodoxas de aquella concepción, en relación con su ethos fundacional.

Al parecer, aquella libertad frente a la esclavitud, sobre la cual Rousseau se manifestaba, se volvió́ contra sí misma en la medida en que aquella humanidad liberada de ese yugo medieval, terminó como esclava del ´artefacto político´ elaborado por la propia modernidad, es decir las técnicas de los aparatos de poder político, económico y militar.

Tal vez de ahí́ la inquietud de volver a replantear preguntas acerca de aquellos supuestos y principios democráticos, de los cuales se hizo cargo la revolución francesa, o más específicamente, de esa noción de ´del pueblo´, el Demos, cuyos principios de igualdad, libertad y fraternidad se asemeja más a una expedición moral de la democracia, que a la predicación de la misma.

La igualdad emerge como una noción fundamental del individualismo, negando la jerarquía (subordinación y obediencia, autoridades pre-constituidas, visiones organicistas y holísticas, en el fondo la centralidad del poder). Sin embargo garantizaría, en su lugar, el expendio de la diversidad, la irrepetibilidad individual, la autonomía del querer de todo individuo particular. Paradójicamente, la igualdad debe negar la diversidad (o su exceso), es decir negar el fundamento de las jerarquías, pero también impedir la homologación de una sociedad homogenizada.

La democracia se vuelve una sentencia del cumplimiento de la ciudadanía y del individualismo. Ello se torna en un simulacro de igualdad sustancial ´en nombre de la pluralidad de las razones y niega la posibilidad de escisión´ situada en la base del orden convencional y de la autonomía de lo económico.

A estas alturas queda bastante claro que los bastiones de la democracia, que por inercia son los que van a fundamentar la realidad política contemporánea, están en pura contradicción, en pura paradoja. Liberalismo y democracia, se constituyen como un espacio común, donde la libertad se construye como el principio elemental del individualismo, y la igualdad, el motor contradictorio de la democracia, que empuja a través de la formalidad del derecho al sometimiento de la sociedad, pero resguardando en todo momento la libertad individual, una Matrix pura, la imagen y el simulacro.

Pero pensar ello, es ponderar ciertas ideas fatídicas sobre la democracia y cómo ella es también la vulnerabilidad del ser humano. Jacques Derrida sentencia a la democracia con una frase bastante ruin: ´la democracia por venir: es preciso que dé el tiempo que no hay´.

Si la democracia entonces, involucra esto del ´vivir juntos´ con un ´semejante´, hay que intentar mirar al interior de lo oscuro, que es lo que quería decir democracia. Para Derrida es ahí́ donde emerge su ´indeterminación´ como un sentido maligno, o por lo menos sospechoso, algo bribona´. Este apelativo no menor, es la caracterización esencial para nombrar a la democracia, algo que no respeta nada, pero que seduce con sus artimañas, algo que es canalla: ´Si los bribones libertinos (...) son los que se desenfrenan en una buena sociedad (...); los que anuncian, en suma, a su manera la decadencia (...) desde lejos con una revolución y una decapitación, cierta democratización de la soberanía; pues bien, siempre se habría asociado la democracia, el paso a la democracia, la democratización con la licencia, la demasiada-libertad, el libertinaje, el liberalismo, incluso con la perversión y la delincuencia, la culpa, el incumplimiento de la ley, el todo está permitido´.

Sin duda alguna, aquí́ se encuentra lo licencioso de la democracia; lo canallesco estaría definido en cómo la democracia se habría transformado en ´la esperanza por el futuro mejor´. Hablar de democracia, es la exclusión de todo lo que, política y culturalmente no sea en sí mismo libertad, y su soberanía no es más que un ejercicio de poderío del libre juego, y por tanto donde no exista esta libertad como licencia, es un peligro para la democracia.

Derrida lo señala: la democracia siempre ha sido suicida y si hay un por-venir para ella, es la condición de pensar de otro modo la vida y la fuerza de la vida. Tal suicidio, auto-inmunitario según declara Derrida es una paradoja. Ejemplo de ello, son los totalitarismos que llegan al poder por vías democráticas, que instalan más que nada, una aporía de manera universal, que se incrusta en la noción de libertad hacia aquella libertad del juego, propia de los sentidos de democracia. Tal cuestión se presenta como una perversión de la democracia y esta perversión redirige a ella a otro lugar.

Proteger el carácter democrático por medio de la exclusión o el reenvió, es la fuerza del Demos, en nombre de la mayoría y por la igualdad de los más débiles. La democracia se encarga de hablar por una mayoría y como ´justicia´, por lo débiles. Ello no es más que la voz del estado de derecho en su resguardo por las libertades individuales.

Lo anterior, no es más que la emergencia de lo canallesco de los estados soberanos, como esos personajes turbios, dudosos y equívocos que embaucan al visualizar a la democracia como el régimen de la libertad (del juego) y la igualdad de todos. Sin embargo, ´la democracia por venir (...) ya saben, la democracia perfecta, pena y viva no existe; no sólo no ha existido nunca, no sólo no existe en el presente sino que, estando indefinidamente diferida, esta quedará siempre por venir, como lo imposible mismo´.

De ese modo, la democracia por venir, está caracterizada por ese estado canalla, que personifica el embaucamiento a través de la exclusión que produce el reenvió en la medida en que esta se permite el ´aplazamiento´, la ´prorroga que prórroga´´.

El énfasis del individualismo exacerbado, según Bauman, terminará por claudicar a la sociedad moderna, tanto en lo local como en lo global, y tal claudicación, es protagonizada por el individuo moderno, o como decíamos anteriormente, por el ´individuo democrático´, quien es el centro del deseo. Ello como característica de nuestra sociedad, la de la libertad individual, que nos proporciona seguridad en los goces privados, basados en instituciones que sostienen esto.

La proeza del Estado moderno liberal, se basa simplemente en el cuidado del ciudadano a partir de los derechos, pero esta atención de la libertad individual, es sólo para asegurar la libertad de elegir y la igualdad para poder consumir. El derecho, como vimos, se distancia de la Justicia, y tal como la democracia, se reenvía a lugares desconocidos. La norma, como técnica de control se asegura de delimitar el poder ´posible´, para que lo que queda de voluntad general, sea aprisionada en las redes del deseo. Ello, no es más que una nueva forma de servidumbre, donde el ojo del individuo democrático, se obnubila frente a la idea del ´yo puedo´, el ´hacer lo que yo quiera´, o en otras palabras, una libertad como licencia, que embauca, pero que finalmente es la crucifixión de la misma libertad.

Esta es la amnesia psicogénica que atraviesa la democracia moderna, el olvido de su esencia para algunos, la perversión canalla para otros. Tal sello distintivo de nuestra época, profetizada por Marx, Baudrillard, Bachrach, entre otros, no es más que la pérdida del sentido de justicia, de la igualdad política, donde la protección de los derechos individuales más el individuo identificado con el deseo de consumo, son el núcleo esencial de la disociación democrática. El mundo de los deseos imposibles, la tierra del individuo liberado del vínculo comunitario. La pregunta es ¿contradicción democrática? ¿O siempre fue pensada de ese modo?

La disociación de la libertad, la pérdida de la igualdad, no es más que el futuro mejor, y el advenimiento o aplazamiento de la democracia, es la promesa vívida del pueblo, pero a su vez es un embaucamiento, un bribonaje desarrollado por las elites políticas y neo-oligarquías económicas, para mantener el control desde la imposibilidad, desde la paradoja. Finalmente lo que hay es sólo pasión ávida por la satisfacción de lo privado; en lo propio; en la felicidad individual, donde lo único que nos hace iguales es consumir lo que yo quiera, pura dominación, puro narcisismo, el reino del individuo.

Dr. Alejandro Castro Harrison
Universidad Alberto Hurtado

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