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La regia muerte: tres apuntes para una sociología posible. Por Javier Agüero Águila

Habría que intentar dejar al margen del análisis, por un momento, la espectacularidad de una muerte excéntrica; evitar por un breve tramo temporal pensar como lo haría un apóstol o un ácrata piñerista, descartando el amor o el odio, la pena o la rabia (si esto es posible) y, así, apuntar a comprender en algo la sociología que nos sostiene y la sociología por venir.

No me refiero a la sociología como disciplina o práctica científica, institucional o funcional a los poderes instituidos y vigilantes de la retórica moral, sino como un cúmulo de interconexiones culturales, fibras subjetivas colectivas, significaciones mecánicas de la realidad, plataformas interpretativas comunes, en fin, algo así como una hermenéutica general que nos reúne y vincula para darnos un sentido de los “hechos” ocurridos, pero, también, de lo que vendrá y que no sería otra cosa que la reconfiguración de un pacto que nunca se deshizo y que hoy, al fragor de un deceso fenomenal, se recupera en tono casi sagrado: una incursión teológico-política (o sacro/profana) de la reproducción hegemónica.

1. En clave puramente política, podemos decir que lo que se ha visto en los últimos días a propósito de la muerte de Sebastián Piñera, es la confirmación pomposa de lo que entendemos por “clase política”. Y hablamos aquí en el sentido más marxista y leninista de la palabra. Como escribe el mismo Lenin en un agudísimo texto publicado en 1919 y al que titula Una gran iniciativa, “Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado”. Esto se trataría, según el autor, de que la clase es el resultado de una vertebración sociológica que la impulsa y la sostiene; en otras palabras, es la expresión vívida de un tinglado relacional que en torno a intereses compartidos y la necesidad de sobrevivencia, se reconocen en la mutualidad de un compromiso, sedimentado un habitus y rehabilitando el mismo ethos. Pero por otro lado y con la misma intensidad, una clase no es tal sino en relación a otras, a diferentes conformaciones de orden social que tensionan a la sociedad misma generando de esta forma una “estructura de clases”, la que es el reflejo de la posición predeterminada de individuos que se adhieren entre sí construyendo la mitología urgente que les permite “ocupar su lugar”.

En este sentido –salvo algunas reacciones alérgicas del Partido Comunista y de ciertos sectores del Frente Amplio–, lo que se dinamizó fue la reunión y ratificación de una clase, en la que toda la caleidoscópica franja de poder (de Boric a Kast, de Vallejo a Matthei) se cuadró con a la figura y el recurrente “legado” del expresidente, encendiendo con prédicas perfectamente estucadas de republicanismo lo que muchas y muchos ni siquiera intuíamos: su calidad humana, su nobleza política, su incorruptibilidad, su férrea médula democrática, su heroísmo homérico de cara a la Dictadura, etc.

Se articula de esta forma una suerte de primera interpretación sociológico-política: la operación de clase, es decir, la repactación de un sistema de defensa de un extendido grupo humano que vio en la partida de un expresidente la zona justa para reafirmar su piélago multifacético de intereses e influencias. Esto no es poco, es demasiado, sabiendo que esta reafirmación trae consigo la vitalización del pacto neoliberal josepiñerista/guzmaniano que no retorna a modo de espectro, de espíritu si se quiere, sino como canon, precepto y aliento para la salud del libre mercado que hoy, en Chile y después de los cortejos, goza de un perfecto estado de ánimo.

2. Por otro lado la sociología mediática que dice tanto de nosotros; la generación forzosa de realidades a medias o derechamente falsas. Medios televisivos, radiales y redes sociales que se auto-extirpan la memoria de manera flagrante y consciente, generando de plano lo que Derrida denomina en el fabuloso libro Béliers: “La buena conciencia de una amnesia”. Porque el olvido en un momento de regia muerte es tributario de lo espectacular, de lo sensacional y de todo lo que pueda ecologizar la temporalidad del presente, dejarlo inmáculo y, ojalá, paralizado en las pantallas asumiendo su efímera pero penetrante facticidad.

“El presente es perpetuo” escribía Octavio Paz, y esto sin duda que los poderes mediáticos en Chile –apéndices de las grandes fortunas– comprenden de principio a fin. Hay que detener el tiempo y relevar las hegemonías típicas que le dan cuerda y robotizan nuestra interpretación del mundo.

Y lo que tenemos es una mediatiología farmacológica, serotonínica, que nos lentifica y nuclea alrededor de una dimensión médico/mediática, en la que los individuos requieren de héroes y mártires, de héroes y tumbas, que reafirmen la herencia por la que transcurrirán todas nuestras fantasías fenicias, beatificando la libertad de elegir y mercadear; la misma que ahora es más posible que nunca porque el neoliberalismo, tal vez, se cobró al más colosal de sus mártires, aquel que transformó en espiritual la aspiración de un país electroshockeado en el centro de una democracia-capital.

3. Por último, lo que llamaremos sociología notarial. Esta es una que indica que en Chile reiterada y sistemáticamente se requiere de renovar los contratos; contratos político-ideológicos, pero también normativo-culturales. En esta línea, el hecho de seguir con la misma Constitución de Pinochet y Guzmán, nos enrostra el imaginario anquilosado de un país que pacta y repacta sobre la base de lo mismo. No hay otros sentidos, nada crea otro mundo ni nadie está dispuesto a asumirlo. No somos más que agentes laterales de una historia gruesa confirmada y reconfirmada sin nosotros. Así, la muerte del expresidente constata la densidad de nuestra pulsión a la “renovación automática”; como si se tratará de una “suscripción” a la democracia: un documento que nos obligaron a firmar, pero en el que no éramos más que actores secundarios de una farsa que fue condición de posibilidad para un sistema completo.

En resumen, tenemos tres niveles para pensar la sociología porvenir en un país como el nuestro: a. La reafirmación religitimante de una clase (la política); b. El triunfo de la realidad fáctico/mediática (derivado de los grandes poderes económicos); c. La vigencia repactaria de una democracia notarial (esa que se firma medio en secreto, en una oficina separada y con la concurrencia solamente de los “actores interesados”). Claro que el fondo de esta historia es mucho más complejo, seguro, pero toca intentar, atreverse, escribir y volver a hacerlo; todo para hacer frente al desagüe inmoral de tanta mentira y beatificación oportunista que, al día de hoy, nos sociologiza y nos eyecta al páramo de un sistema que ya consiguió su fantasma-rey y, por lo mismo, su significante-amo.

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