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La renuncia inexplicable (y demasiado conocida), Por Por Rossana Carrasco Meza

A días de elegir un rumbo, también elegimos qué renuncias dejamos atrás.

Este relato no es nuevo. No descubre nada. No devela una verdad oculta. Es un diagnóstico repetido tantas veces que ya parece un murmullo de fondo, una constatación que todos reconocen, pero que pocos se atreven a enfrentar. Y quizá porque no es políticamente correcto decirlo en voz alta —mucho menos ad portas de una elección— se ha preferido ignorarlo. Pero ignorar algo no lo disuelve. Solo le despeja el camino.

Y, sin embargo, aquí estamos otra vez, observando cómo lo que se evitó durante años regresa con la fuerza de lo inevitable —lento, pero viene. Hay decisiones históricas que no se anuncian, pero se sienten. Se perciben en los silencios, en las ausencias, en el desgaste cultural y político de un campo que alguna vez tuvo claridad, audacia y propósito. Una de esas decisiones —quizás la más grave, la más antigua, la más conocida— es la renuncia del progresismo a educar políticamente a la ciudadanía.

No hay fecha. No hay documento. No hay acta ni congreso partidario. No hubo un debate franco. Fue una renuncia extendida en el tiempo, casi imperceptible, que terminó siendo absoluta.

El progresismo —que antes formaba cuadros, construía pensamiento crítico, promovía debates y lecturas— dejó de hacer lo esencial: crear ciudadanía consciente. ¿Por qué? ¿Desidia? ¿Arrogancia? ¿La ilusión de que el pueblo era un dato y no un trabajo colectivo? Probablemente un poco de todo. Mientras tanto, la derecha llenó ese vacío con decisión: escuelas, iglesias, redes, plataformas. Educó. No para emancipar, sino para simplificar y sembrar miedo. Pero educó.

Este abandono no fue solo político: fue ético. Una tradición que alguna vez creyó en un pueblo crítico empezó a comportarse como si ese pueblo se reprodujera solo. Nada se reproduce sin cuidado. Ni la democracia.

A esa renuncia se sumó la retirada del territorio. El progresismo dejó de caminar barrios, de hacer asambleas, de conversar sin cámaras ni hashtags. La política se transformó en gestión, el militante en consultor, y el territorio en un anacronismo. Así, otros ocuparon ese espacio: iglesias, asistencialismo empresarial, pseudociencia organizada, micro-evangelios del mérito individual. Ahí donde antes había comunidad, llegó el sermón o el influencer. No fue una invasión: fue un reemplazo permitido.

También se renunció a la disputa del sentido común. Se abandonó la prensa alternativa, la gráfica callejera —salvo algunas excepciones— y la irreverencia creativa. Y cuando el mundo se volvió digital, el progresismo llegó tarde, sin relato, sin estrategia, con un lenguaje más cercano al instructivo institucional que a la emoción humana. Mientras unos producían videos y microrrelatos, la izquierda respondía con PDFs. Mientras unos hablaban simple —aunque mintieran— la izquierda hablaba solemne —aunque dijera la verdad. Así, su comunicación se volvió inerte, sin épica, incapaz de entusiasmar o persuadir a quienes todavía no habían decidido.

Todo esto lo sabemos. Todo esto se ha dicho.

Todo esto, lento pero constante, vino avanzando hasta situarnos en el presente.

El problema ya no es el diagnóstico: es la incapacidad de encarar lo que este revela. Porque enfrentar el diagnóstico implica incomodar hacia adentro —y eso, para muchos, sigue siendo más difícil que enfrentar a la derecha.

Si el progresismo quiere recuperar su vocación transformadora, debe aceptar que su retroceso no se explica por fuerzas externas, sino por renuncias propias. Renuncias a habitar los territorios, a educar, a comunicar con vitalidad y audacia. Las ideas progresistas siguen siendo necesarias, pero una idea sin pueblo es apenas teoría.

La tarea es urgente y evidente: hablar con la gente, no sobre la gente; volver al barrio, no a la maqueta; comunicar con la fuerza de quien cree, no con el temor de quien administra daños.

Porque lo que está en riesgo no es una identidad política: es la capacidad de la democracia de tener épica, de inspirar, de movilizar, de convocar. Una democracia sin épica se vuelve trámite. Un país sin relato se vuelve presa fácil del miedo. Un progresismo sin audacia se vuelve irrelevante. La renuncia ya ocurrió.

El aprendizaje, todavía no.

Y cuando algo tan necesario se posterga tanto, también llega —lento, pero viene— el costo de no enfrentarlo.

Este domingo se vota. Y quizás sea el momento, no de repetir consignas ni de administrar daños, sino de dar el primer paso hacia la épica que abandonamos: decidir, por fin, dejar de renunciar.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

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