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La República del slogan y el precio de oro: una lectura del Chile de Kast. Por Mario Toro

El Presidente de la República ha comparecido ante el Congreso Pleno con una alocución que, más que una rendición de cuentas, pareció el lanzamiento de una eterna campaña presidencial. "Chile se construye entre todos", sentenció al inicio, para luego rematar con un conmovedor "la esperanza de Chile está en su gente". Son frases de bronce, de esas que suenan bien en el eco del salón, pero que al chocar con la calle se desmoronan con la misma facilidad que el poder adquisitivo de quienes escuchaban.

El discurso presidencial navegó sobre una premisa inquebrantable: gobernar a través del slogan. "Sin orden no hay libertad", proclamó, recordando que al asumir declaró al país en emergencia. Sin embargo, en esta emergencia narrada desde el podio, hubo silencios ensordecedores sobre la desesperación material que ahoga al país real.

El silencio del pan y la tijera fiscal

El Presidente nada dijo sobre un país donde hasta el pan se ha vuelto un lujo. Chile es el segundo mayor consumidor de pan del mundo, solo superado por Alemania. En la mesa chilena, la marraqueta o la hallulla no son un mero acompañamiento; son, trágicamente, la comida misma. Cuando la carne o la verdura escapan del presupuesto familiar, el pan suple, llena y engaña al estómago. Que el gobierno ignore el encarecimiento de este alimento básico es síntoma de una desconexión abismal.

Esa misma desconexión explica la ceguera ante los recortes. Mientras se habla de "construir entre todos", el Estado saca la tijera: educación, salud y, de manera escandalosa, un 9,5% menos para el Ministerio de las Culturas. Pareciera que en el diseño de esta administración, un país con hambre física y cultural es más fácil de administrar, siempre y cuando sus ciudadanos repitan los mantras correctos.

El orden de los pájaros muertos

En materia de seguridad, el gobierno parece administrar por inercia el plan de la administración anterior, aderezado con un evidente fervor punitivo hacia los migrantes. Pero el gran ausente en el hemiciclo fue el verdadero poder que fractura al país: ni una palabra sustantiva sobre el narcotráfico, el crimen organizado o las colusiones de cuello y corbata que operan a plena luz del día.

A cambio, el Presidente nos ofreció un espectáculo moral: el "registro de vándalos". Aquellos que pinten murallas o cometan desmanes menores en marchas perderán sus beneficios sociales. Es una política de castigo estético que nos obliga a plantearnos una interrogante mucho más profunda.

Imaginemos a dos vecinos. Uno es un trabajador que, con esfuerzo, tiene su casa bien pintada, cuidada, e incluso tiene un pajarito cantando en una jaula. Su vecino, en cambio, vive en la marginalidad absoluta, en el abismo social. Un día, este vecino marginal salta la reja, toma al pajarito y lo mata, sin saber siquiera por qué lo hace. ¿Qué hace el Estado ante esto? ¿Le quita un bono al vecino marginal y da el problema por resuelto? El registro de vándalos asume que el castigo administrativo curará una fractura social profunda, ignorando que quien mata al pájaro —o pinta la muralla de rabia— muchas veces opera desde un vacío donde la amenaza de perder un beneficio social es tan irrelevante como su propia existencia para el sistema.

El albur tributario: gobernando en el casino

La obsesión por la reducción del aparato estatal se manifestó en el anuncio de la fusión de ministerios. La retórica es conocida, pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿disminuir el Estado ayuda realmente a la creación de empleos en este contexto, o simplemente nutre la cesantía y debilita la capacidad de fiscalización?

El proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional revela la verdadera apuesta de este gobierno: rebajar los impuestos a las grandes empresas del 27% al 23%, sin compensaciones a la vista. Todos saben que esto es, en el sentido más estricto de la palabra, un albur. Nadie puede asegurar que los dueños del capital reinvertirán esa diferencia en lugar de retirarla. Es fe ciega en la teoría del goteo.

A esto se suma el anacronismo de la invariabilidad tributaria ofrecida a las empresas extranjeras: 25 años de congelamiento por inversiones de apenas 50 millones de dólares. Debiera bajarse a 10 años de congelamiento, que ya involucra a dos gobiernos y medio, con un mínimo de inversión de US $400 millones en hidrógeno verde y litio, que es lo que exigiría el sentido común.

Incluso en tiempos de dictadura, con la inflación y el valor del dinero de hace medio siglo, la exigencia era menor. Hoy, regalar soberanía tributaria por un cuarto de siglo a cambio de montos irrisorios no es estrategia; es desesperación.

La ausencia de pensamiento

Al final del día, y sin ánimo de escarnio, es imposible no mirar a José Antonio Kast a través del lente de Hannah Arendt. La filósofa observó en su tiempo un fenómeno que hoy calza perfectamente con nuestro clima político: el thoughtlessness, la ausencia de pensamiento.

El léxico del Presidente está compuesto por frases heredadas, por estructuras que no exigen elaboración personal. Hay una continuidad intacta entre lo que escucha en sus encuestas y lo que profiere en el Congreso. En ese tránsito sin interrupciones hay un vacío. No es necesariamente ignorancia, sino la renuncia a pensar críticamente la realidad.

Hoy, una idea circula, se estabiliza, y el algoritmo de las redes y la prensa ordena el flujo, seleccionando aquello que genera respuesta inmediata ("orden", "vándalos", "emergencia") para amplificarlo. Con el tiempo, estas formas de argumentar se vuelven familiares hasta parecernos evidentes. La repetición crea reconocimiento, y el reconocimiento produce una adhesión casi automática en nuestras mentes.

Mientras tanto, en el mundo real, el pan sigue subiendo, el pajarito sigue muerto, y el país se construye, sí, pero ciertamente no entre todos.

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