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La romantización del Trabajo Social como forma de control institucional. Por Maritza Ortega Palavecinos

Desde que comencé a crear contenido en redes sociales, he recibido cientos de mensajes de colegas que describen, con una mezcla de resignación y rabia, lo que viven en sus trabajos. “Me encanta lo que hago, pero me pagan como si fuera un hobby”. “Mi contrato dura tres meses, después me echan y contratan a otra por menos”. “Nos dicen que somos indispensables, pero nos piden que aguantemos hasta que lleguen recursos que nunca llegan”. Hay quienes cuentan que deben contener duelos, violencias y urgencias familiares… mientras les dicen: “ten paciencia, es parte de la vocación”. Así, lo que parecía cariño institucional se transforma en sobrecarga justificada. Lo que suena a reconocimiento termina siendo presión disfrazada de amor a la profesión.

Las instituciones no solo gobiernan mediante reglamentos; también lo hacen a través de discursos que moldean lo que se espera de cada profesión. Michel Foucault (1975) mostró que el poder se ejerce mediante mecanismos de disciplinamiento que no necesitan castigos explícitos: basta con que los sujetos adopten como propios los deberes que el sistema requiere. En el ámbito del Trabajo Social, esa disciplina se disfraza de virtud. Nancy Fraser (2016) señala que el reconocimiento simbólico puede operar como sustituto de justicia material: se aplaude públicamente, pero se precariza estructuralmente.

Por su parte, Arlie Hochschild (1983) mostró que en muchas profesiones - especialmente aquellas con fuerte componente de cuidado y alta presencia femenina -las instituciones exigen la gestión de las emociones como parte del trabajo: consolar, contener, ofrecer calma, empatía o amabilidad, incluso cuando internamente se vive angustia o cansancio. Ese afecto exigido se vuelve un recurso laboral indispensable, pero rara vez reconocido o compensado de manera equivalente. Así, aquello que se asume como “disposición a ayudar” puede transformarse en una demanda constante y normalizada, sostenida más en el deber moral que en derechos laborales. Desde esta perspectiva, el elogio a la vocación en el Trabajo Social no solo reconoce: también regula, disciplina y controla.

Hay una palabra que a veces nos persigue como sombra y adorno, como elogio y como trampa: vocación. En su definición más extendida, la vocación se entiende como un “llamado interno”, una motivación profunda que impulsa a ejercer un oficio casi por sentido moral, más allá de cualquier recompensa externa. Esa idea, en apariencia noble, se convierte en un arma cuando las instituciones la usan como argumento: si tu fuerza es interior, entonces no necesitas condiciones exteriores. Si “amas lo que haces”, entonces puedes soportar carga infinita, sueldos bajos, precarización emocional y tareas que nadie más quiere asumir. Así, la vocación deja de ser virtud y empieza a funcionar como herramienta de control emocional e institucional.

Porque si el Trabajo Social es “noble”, entonces nuestra paciencia debe ser infinita. Si es “un sacrificio”, entonces nuestras cargas emocionales son parte del deber moral. Si “somos personas especiales”, entonces casi no tenemos derecho a fallar, cansarnos, enojarnos o renunciar.

Se nos felicita, pero no siempre se nos respeta.

Se nos agradece, pero no siempre se nos escucha.

Se nos admira, pero no siempre se nos paga dignamente.

En muchos espacios laborales, la romantización del Trabajo Social funciona como un silencioso contrato moral: tú entrega todo de ti… y acepta a cambio reconocimiento simbólico. Pero los reconocimientos no pagan arriendos, ni mitigan el desgaste emocional, ni evitan el estrés traumático secundario.

El amor por lo que hacemos no puede transformarse en argumento para precarizar una profesión que sostiene la dignidad de otros, mientras muchas veces lucha en silencio por sostener la propia.

El Trabajo Social no es un acto de caridad emocional.

No nace para “hacer favores”.

No se construye desde el heroísmo.

Somos profesionales con formación ética, jurídica, científica, técnica y relacional. Ejecutamos políticas públicas, diseñamos modelos de intervención, analizamos contextos socioeconómicos, coordinamos redes, redactamos informes que pueden cambiar vidas, acompañamos duelos imposibles, lideramos equipos y levantamos sistemas donde el Estado no llega con la velocidad suficiente.

Y, curiosamente, en salud, la mayoría de los profesionales del ámbito clínico reconoce nuestro aporte. Médicos, enfermeras, kinesiólogos, terapeutas, matronas y tantos otros dicen, con genuino afecto, que nuestra labor es imprescindible. Incluso varios declaran que deberíamos estar en el Código Sanitario, casi como gesto de agradecimiento. Sin embargo, cuando llega el momento de pensar en planificaciones estratégicas, diseño de políticas, decisiones de alto nivel o concursos de liderazgo institucional, el Trabajo Social queda fuera.

Somos la “niña bonita de los conflictos”: necesaria para resolver lo complejo, pero incómoda a la hora de decidir el rumbo. Bienvenidos para apagar incendios; no siempre para planificar la ciudad.

Nos buscan, nos invitan, nos elogian… pero no nos sientan en la mesa donde se decide. Somos requeridas cuando la crisis estalla: cuando hay denuncias, violencia, duelos, conflictos, familias en desesperación, altas sin redes, cuando nadie sabe qué hacer. Ahí sí. Ahí el Trabajo Social deja de ser asistencialismo y se convierte en la única vía digna de acción y contención.

Pero una vez contenido el incendio, calmado el conflicto, cuando el hospital, la escuela, el tribunal o la comunidad pueden volver a respirar… El Trabajo Social vuelve a ser olvidado. Se aplaude su trabajo, pero se excluye de la planificación. Se agradece su intervención, pero no se consulta su visión estratégica. Se celebra su aporte, pero no se incluye su liderazgo.

Ese es el doble estándar: somos protagonistas del conflicto, pero extras de la solución estructural. Rostro amable de la contención, pero rara vez parte del diseño de políticas institucionales. Primera línea ética para apagar incendios, pero no invitadas a rediseñar el edificio.

Lo más contradictorio es que quienes planifican, casi siempre terminan dependiendo de nuestro conocimiento territorial, comunitario, emocional, familiar y jurídico. Lo saben. Nos lo dicen. Lo reconocen. Pero la romantización opera como mecanismo de control: es suficiente con que “seamos felices ayudando”; como si nuestra vocación fuese incompatible con el poder técnico, directivo y político.

Ser la “niña bonita” tiene un costo: nos quieren cerca… pero no demasiado cerca. Nos escuchan… pero no demasiado fuerte. Nos consideran… pero no siempre como profesionales que piensan, diseñan, lideran y transforman sistemas, sino como quienes acompañan. Y acompañar es fundamental, pero el acompañamiento no nos quita la capacidad de dirigir.

Y cuando levantamos la voz, cuando decimos que no aceptamos precarización, cuando pedimos recursos, cuando señalamos desigualdades internas, cuando nos negamos a cargar con funciones que no corresponden, el discurso romántico cae y aparece el juicio: “conflictiva”, “desafiante”, “poco colaboradora”, “violenta”, “muy sensible”, “exagerada”.

Romantizar nuestro rol mientras seamos dóciles; pero cuando ponemos límites, dejamos de ser seres mágicos y pasamos a ser un problema. El costo de decir “no” es que se nos recuerde que “el trabajo social es para servir”, como si servir significa obedecer sin pensamiento crítico.

Esta romantización no surge de la nada: tiene raíces históricas y políticas.

Diversos enfoques críticos del Trabajo Social han mostrado que el discurso de “ayudar por vocación” no solo describe una motivación personal, sino que puede operar como dispositivo de regulación profesional. Desde esta perspectiva, trabajos como los de Ferguson y Lavalette (2014) advierten que la exaltación moral del servicio tiende a relegar el potencial transformador de la profesión, ubicándola en la gestión del conflicto más que en la deliberación política o la elaboración de políticas públicas. De manera complementaria, Sarah Banks (2016) analiza cómo los códigos éticos y el lenguaje institucional del “servicio” pueden utilizarse para disciplinar a quienes cuestionan injusticias estructurales o reclaman condiciones laborales dignas. En conjunto, estas lecturas permiten comprender que la sobreexplotación del Trabajo Social no se sostiene por falta de reconocimiento, sino, precisamente, por un exceso de reconocimiento simbólico: se aplaude la vocación para evitar hablar de derechos.

No basta con que nos digan “ustedes hacen magia”.

La magia requiere condiciones dignas: estructura, tiempos, equipos, protección, límites y remuneraciones acordes a nuestra responsabilidad social en la vida de las personas.

Defender la dignidad del Trabajo Social no es arrogancia: es coherencia ética. Si trabajamos para la justicia social, también debemos exigir al interior de nuestra profesión. No queremos medallas emocionales ni discursos motivacionales que encubren la precarización. Queremos respeto, recursos, espacios de cuidado, formación continua, presencia institucional real y una comprensión profunda del impacto que tiene nuestra labor en comunidades, hospitales, escuelas, tribunales, territorios y políticas públicas.

No romantizar el Trabajo Social no significa dejar de amarlo. Significa amarlo lo suficiente como para no permitir que lo reduzcan a una entrega incondicional, silenciosa y barata.

Si nuestro trabajo transforma vidas, entonces su valor también debe transformar la forma en que el país nos reconoce. Y esa dignidad no se negocia en aplausos: se construye en derechos.

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