Desde la íntima perspectiva de un médico, y asumiendo la modesta pero imperiosa necesidad de opinar sobre lo que nos define, la diversidad emerge no como una mera característica de nuestro entorno, sino como un principio fundacional e ineludible de la vida misma. Es la esencia inscrita en el ADN de cada ser, fundamental para la perpetuación de la existencia. Sin embargo, la especie humana, con su singular capacidad de reflexión y su notoria inclinación hacia el individualismo, a menudo tropieza en la gestión de esta diversidad, olvidando su papel como una opción más dentro de un vasto y complejo proceso colectivo. Este es el dilema que nos confronta: ¿cómo reconciliar nuestra identidad individual con la ética colectiva que la diversidad nos exige?
La diversidad, al observarla en su manifestación más pura, se revela como el motor incansable de la vida. Desde un viaje por carretera, donde cada expresión de lo orgánico e inorgánico se despliega ante la vista, hasta la intrincada maquinaria de un organismo unicelular o la vasta complejidad de una forma multicelular, somos testigos de la inmensa variedad de seres de ADN. Esta profusión de formas y adaptaciones no es un accidente; es la base misma de la subsistencia, el mecanismo a través del cual el ADN ha buscado incansablemente su invasión y población del mundo. Es un proceso de complejización constante, donde cada nueva variante aporta una nueva posibilidad de permanencia.
Nuestras propias clasificaciones, esos intentos humanos por ordenar y comprender, son constantemente desbordadas por la naturaleza misma. Cada cierto tiempo, un nuevo ser, una nueva especie o una nueva forma de vida, emerge, transgrediendo las reglas que habíamos creído comprender. Esto subraya la naturaleza ilimitada y en constante evolución de la diversidad, un torrente inagotable que alimenta la subsistencia y la perpetuación de la vida en el planeta. La diversidad no es una opción, sino la estrategia primordial de la naturaleza para asegurar la continuidad del proceso vital.
En este contexto, la especie humana ocupa un lugar particular. Dotados de la capacidad de reflexionar, de generar lenguaje y de construir conceptos, hemos alcanzado un potencial de control sobre nuestro entorno, aunque este potencial es, inherentemente, limitado. El conocimiento inherente al universo, a las dinámicas del ADN, es mucho más vasto y poderoso que cualquier constructo humano. Desde una perspectiva ética, nuestra "constitución" interna, aquello que nos arma y nos guía, parece venir aparejada con la diversidad. Cada expresión diversa, cada forma de vida, contiene lo que podríamos llamar "un pedazo de sabiduría" o, más precisamente, "una posibilidad de subsistencia", un engranaje vital en la perpetuación de este proceso milenario.
Es precisamente cuando trasladamos esta realidad a nuestra vivencia cotidiana como especie, cuando intentamos gestionar y administrar la diversidad en nuestro día a día, que surgen los inconvenientes y los problemas. En este punto, la mirada tiende a volverse individual, y aquí es donde, como especie, parecemos extraviarnos. Hemos cultivado una cultura centrada en el individuo, en el sujeto, lo cual, si bien puede estar ligado a nuestra capacidad de lenguajear y comunicarnos, nos lleva a situarnos como el eje central de todo proceso. Olvidamos que somos apenas una opción más dentro de miles, un capítulo en la vasta enciclopedia de la perpetuación de la vida.
La ética colectiva, la que verdaderamente se alinea con el objetivo esencial de la perpetuación del ADN y de las formas vivientes y sintientes, se ve opacada por esta visión egocéntrica. Y en el corazón de esta dificultad reside el enigma de la conciencia. Esa conciencia que nos despega del sujeto, que nos arranca de la unicidad individual y nos hace sentir irrepetibles, es la misma que complica nuestra comprensión profunda de la diversidad. Nos enfrascamos en nuestra propia excepcionalidad y, al hacerlo, perdemos de vista la interconexión fundamental que nos une a la gran sinfonía de la vida.
La diversidad es un regalo inherente, una condición constitutiva de la existencia. Nuestra capacidad para gestionarla, para trascender la trampa del individualismo y abrazar una ética verdaderamente colectiva, determinará no solo la calidad de nuestra convivencia, sino nuestra propia subsistencia como especie. ¿Seremos capaces de mirar más allá de nuestra propia conciencia individual para reconocer y honrar el propósito superior de la diversidad, asegurando así la verdadera perpetuación de la vida en todas sus infinitas expresiones? La respuesta a esta pregunta definirá nuestro futuro.
Dr. Pedro Chaná
Académico de la Facultad de Ciencias Médicas de la Usach
