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La soledad de Piñera y el fallo del tribunal constitucional por el tercer retiro de fondos de AFP. Por Rodrigo Aguilera Hunt

Que la urgencia por los recursos económicos es una realidad de buena parte de la población es innegable. A su vez, que los impactos de la pandemia en la economía nacional agravan las desigualdades tiene respaldo numérico. Esto revela fallas estructurales del sistema neoliberal en generar mínimas condiciones de equidad y dignidad, por tanto, la pandemia en la economía política es una “hiper-normalidad”: agudiza la norma.

El poder se ha visto interpelado a dar respuestas ante el empobrecimiento masificado, y la improvisación de su gobernanza lo ha dejado al desnudo -en soledad-.

La estructura del poder no reside simplemente en la administración, la represión y el miedo, sino que se sostiene en el efecto hipnótico de la ficción ideológica que estructura la realidad, es decir, la base simbólica de todo orden instituido es precisamente un simulacro. Cuando la ficción que sostiene a las instituciones se revela traumáticamente desnuda, es el albor de un acontecimiento radical de transformación.

Quizá un momento re-fundacional es posible cuando las mentiras ya no se pueden tragar y las artimañas legalizadas se revelan insuficientes. El cinismo patético se vuelve insostenible.

Piñera: “Recuerde que Chile despertó, y los perdigones en los ojos no adormecen, sino que agudizan la mirada.”

Pensemos en las mentiras que habitualmente debieren funcionar para sostener esta farsa democrática (dictadura comisarial pos política diríamos siguiendo a Schmitt y Mouffe):
 El “Estado” nos ampara,
 La “Ley” nos concibe como iguales en derechos,
 El “Mercado” da lugar a las oportunidades y al mérito,
 “Carabineros” nos protege,
 La “Política” cultiva el bien común, etc.

Todas estas ficciones necesarias, cual telón de fondo mudo, están haciendo estruendos de derrumbe. Prácticamente ninguna institución central de nuestra sociedad se sostiene en un horizonte de legitimidad -están en un descrédito brutal-.

En Chile, el Estado no ampara, la Ley es un circuito de privilegios, el Mercado es una máquina de concentración de la riqueza, Carabineros es el ala armada del pacto oligárquico, la Política no es más que la administración del orden del Capital, etc.

Y hoy hasta el tribunal constitucional falla en contra del gobierno -que bajo circunstancias ordinarias no ocurriría- como último recurso de salvación de cierta “institucionalidad”.

En todo caso queda planteada la pregunta de si este gesto político será la posibilidad de salvar al tribunal como una instancia necesaria y reificada en la nueva constitución (ergo, luchar por quienes la agencian y sus atribuciones); o bien, por el contrario, cada vez se revela más desposeída la instancia de su supuesto lugar trascendente de jurisprudencia. La caída de este semblante traería como consecuencia su abolición y su desactivación. En otras palabras, a pesar del actual fallo, y quizá justamente por este fallo, dado en coordenadas de máxima presión, el tribunal no se sostiene en su trascendencia olímpica, sino que se evidencia en su estrategia política. El tribunal constitucional ha sido en su ejercicio político histórico: “el último eslabón de resguardo al orden establecido por la dictadura de Pinochet”. Hoy Piñera no les sirve. A veces el poder estima en su cálculo (cual juego de ajedrez) que hay que sacrificar una pieza (presidente) para salvar a la reina (el orden jurídico que asegura el orden neoliberal chileno). Sin duda se trata de un síntoma a interpretar.

Al parecer el tribunal está sujeto al modelo de la neurosis freudiana de “los que fracasan cuando triunfan”.

El tribunal al salvarse del incendio de la furia popular si fallaba por Piñera (triunfo), se autoincendia simbólicamente en su investidura ilusoria de encarnar una meta-posición de jurisprudencia neutral/republicana y a-política (fracaso). El mito sostenido por décadas en la derecha política, de que el tribunal constitucional estaba por sobre el bien y el mal como instancia de resguardo jurídico, se ha visto obligada a actuar como lo que es: una instancia política. Hoy, actuando “bien” (salvataje de sí, que por añadidura, ayuda a la población) ha desnudado su “mal” (arbitrariedad y parcialidad). Esta especie de acting político se verifica incluso antes del fallo definitivo.

Previo a la votación del TC por el requerimiento presentado por el gobierno contra el retiro de los fondos previsionales, el ministro de ese organismo (Iván Aróstica) anticipó cómo podría ser la decisión del tribunal. “El punto central no es quién hace la ley, el punto central es qué tiene que hacerse para solucionar el problema de la gente”.

Otra línea de pensamiento que se deduce de este evento es que la gramática pastoral del Estado -como ficción del poder- está en cuestión. Retóricamente diremos: se trata de una tragedia cómica donde el “rey está desnudo” y se toma fotos en soledad en medio de Plaza dignidad. Como “acto sintomático” que muestra a un presidente en soledad, con investidura pero sin soberanía, con gobernanza pero sin pueblo.

El mal chiste planteado como paradoja es que gracias al fallo de una instancia absolutamente conservadora, el pueblo podrá acceder en forma contingente a sus propios recursos.

Es la locura literal, de una oligarquía criolla que aletea para no hundirse, en esta época de revueltas en pausa, en el Chile de estos días pandémicos.

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