Siempre he querido preguntarle a la gente: ¿te consideras resiliente?
No como una invitación motivacional ni como un elogio de autoayuda, sino como una pregunta honesta. Cada vez que la formulo - aunque sea en silencio - aparece una incomodidad comprensible. Porque para responder habría que revisar no sólo las fortalezas personales, sino las heridas que nos marcaron, los apoyos que sí estuvieron, los que faltaron y las pérdidas que nunca encontraron reparación. Nadie responde esa pregunta sin tocar experiencias que incomodan.
Y es justamente en esa incomodidad donde aparecen los relatos que escuchamos a diario en el Trabajo Social. Personas a quienes se les dice “resilientes” porque sobrevivieron al abandono de sus padres, porque siguieron adelante después de un abuso sexual, porque crecieron en pobreza extrema, porque hicieron vida en territorios donde la violencia era paisaje, porque cruzaron fronteras escapando de guerras o hambre, porque intentaron reconstruirse tras negligencias institucionales que nunca debieron ocurrir. Cuando esas historias son nombradas como resiliencia, siempre queda flotando una pregunta incómoda: ¿de verdad debemos celebrar la capacidad de alguien para resistir aquello que jamás debió haber vivido?
Se habla tanto de resiliencia que el término parece haber perdido parte de su contenido. Sin embargo, al observar desde el Trabajo Social, vuelve a adquirir densidad política, ética y social. No es lo mismo hablar de resiliencia desde un ambiente protegido, que hacerlo desde una urgencia hospitalaria, una residencia sobrepasada o un territorio donde la vida cotidiana requiere esfuerzos desproporcionados para obtener derechos básicos.
El concepto, tal como lo conocemos hoy, tiene un recorrido histórico particular. No nació en la salud mental ni en las ciencias sociales, sino en la ecología. A comienzos de los años 70, C. S. Holling describió cómo ciertos ecosistemas pueden sufrir perturbaciones significativas sin quedar destruidos, re organizándose para seguir funcionando. La idea era estrictamente ecológica, pero su potencia explicativa fue tal que migró hacia la psicología, la neurociencia del trauma, la educación, la sociología, la gestión del riesgo y luego hacia las políticas públicas. Ese tránsito disciplinario explica su enorme visibilidad actual.
En las ciencias sociales, la resiliencia se define como un proceso que ocurre cuando confluyen dos condiciones:
(1) una adversidad real, profunda y sostenida;
(2) una posibilidad de reorganización que permita recuperar cierto nivel de funcionamiento o sentido vital.
No es una característica individual, sino un proceso dinámico que depende de factores internos y externos.
Aquí surge una dimensión clave: la resiliencia no ocurre en cualquier entorno. Se desarrolla cuando la persona posee cimientos suficientes para reorganizarse: vínculos estables, afecto, redes significativas, oportunidades reales, condiciones mínimas de seguridad y un territorio que no atente contra su bienestar. Por eso Edith Grotberg elaboró la conocida metáfora de la “casita de la resiliencia”, con una base afectiva, un piso emocional y un “ático” asociado a la creatividad y las nuevas posibilidades. El problema - evidente en la intervención social - es que exigimos resiliencia en contextos donde ni siquiera existe la casa. Donde los cimientos no están, las paredes son frágiles y el techo nunca fue construido.
Desde la perspectiva del Trabajo Social, esta reflexión es especialmente relevante. Cyrulnik insiste en que la resiliencia no es un acto de voluntad personal, sino un encuentro humano. Un vínculo que sostiene. Sin ese vínculo, no hay re organización posible. Sin embargo, cuando el concepto es apropiado por políticas públicas o discursos institucionales, aparece un riesgo: convertir la resiliencia en una obligación individual. “Levántate”, “adáptate”, “sé fuerte”, “haz un taller”, “cambia tu actitud”: frases que desplazan la responsabilidad estructural hacia la persona que ya fue vulnerada.
Este es uno de los principales cuestionamientos al uso neoliberal de la resiliencia: celebra la capacidad de adaptación sin preguntarse por las causas de la adversidad. Aplaude el esfuerzo personal sin revisar la injusticia que lo volvió necesario. Promueve la adaptación más que la transformación.
En Trabajo Social esto es evidente. Intervenimos no solo con individuos, sino con ecosistemas dañados: barrios precarizados, redes comunitarias fracturadas, instituciones que no logran sostener, familias que llevan generaciones enfrentando desigualdad. En muchos casos, la adversidad no fue un incendio puntual, sino el clima permanente en el que la vida transcurrió. En ese contexto, la resiliencia no es una virtud heroica; es una forma de sobrevivencia.
Aquí conviene diferenciarla de la perseverancia. Perseverar es insistir, sostener, continuar. La resiliencia es otra cosa: reorganizar, resignificar, encontrar nuevos sentidos después de la adversidad. Muchas personas perseveran hasta el agotamiento, pero no logran resiliencia porque el entorno no les ofrece condiciones mínimas para reconstruirse. Perseverar sin redes puede destruir; ser resiliente con apoyo puede salvar.
El Trabajo Social observa esto a diario: personas que avanzan sin descanso, que se adaptan para sobrevivir, que continúan pese al dolor, pero sin mejorar sus condiciones de vida ni su bienestar emocional. Esto no es resiliencia. Es una adaptación forzada. Es sobrevivencia.
Y, por supuesto, está lo que nos ocurre al interior de la propia profesión. Equipos psicosociales que sostienen crisis permanentes, que acompañan duelos, negligencias, violencias, fracturas familiares y fallas institucionales; profesionales que cargan la dimensión emocional del trabajo sin supervisión clínica, sin pausas, con sobrecarga, con escasez de recursos y con exigencias que rozan lo imposible. Allí también se pide resiliencia sin construir las condiciones institucionales para ejercerla: equipos suficientes, espacios de contención, liderazgos humanizados, estructuras que cuiden a quienes cuidan.
La resiliencia tiene un costado luminoso cuando nace en entornos de cuidado: aparece en comunidades que resisten juntas, en redes que se apoyan mutuamente, en instituciones que se sostienen de manera efectiva. Pero tiene un costado devastador cuando surge por ausencia de alternativas. Cuando la resiliencia es la única opción porque no hubo quién sostuviera, acompañara o protegiera.
Por eso, en Trabajo Social no basta con promover la resiliencia. La pregunta no es cómo lograrla, sino por qué fue necesaria. Qué falló. Qué política llegó tarde. Qué institución no cumplió. Qué heridas evitamos mirar porque es más cómodo celebrar la recuperación que enfrentar la responsabilidad de prevenir la caída.
La tarea profesional - esa que rara vez aparece en las estadísticas - es justamente construir esos cimientos: afecto, redes, oportunidades, seguridad emocional, espacios donde el dolor pueda nombrarse, contextos donde la palabra tenga valor y la identidad pueda reconstruirse sin miedo. No para que las personas resistan mejor, sino para que un día no deban resistir tanto.
Porque la perseverancia impulsa, pero la resiliencia - cuando es socialmente sostenida, ética y colectivamente construida - es la que realmente sostiene.
Y el Trabajo Social, lejos de entrenar resilientes individuales, trabaja para que la vida deje de ser un ejercicio permanente de resistencia.
