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La trampa. Por Ricardo Espinoza Lolas

Hace muchos años que escribo en distintas partes y medios que la “trampa es lo inmediato”. ¿Cómo decirlo en forma más actualizada para estos tiempos y en esta columna de Le Monde diplomatique? En mi libro Ariadna. Una interpretación queer (Herder, 2023) le doy muchas vueltas a lo que expresa el Laberinto y lo dejo de entender desde la figura del Minotauro y desde su “creador” Dédalo; y ahora es Ariadna la que se nos vuelve en “La Señora del Laberinto” (hay hasta tablillas de Lineal B que así lo testimonian). ¿Qué pasa con Ariadna y su Laberinto? ¿Por qué es una trampa y de las difíciles para darnos cuenta de ella? Y, además, el Laberinto no es cualquier trampa, sino que es la trampa de todas las trampas. De eso va este pequeño texto de sábado.

Una antigua etimología asociaba el nombre de Ariadna con el de “araña” (en griego: aracne). Nietzsche, por ejemplo, jugaba con esta etimología para molestar a Cosima Wagner y a ciertos wagnerianos. Él la veía como una Ariadna, pero a veces como la “Araña del Laberinto”, pues siempre estaba tejiendo sus telarañas para atrapar en un Laberinto, Tribschen cerca de Lucerna donde vivían los Wagner, a su viejo minotauro compositor y político. Ella, como la “hija de Liszt”, una cristiana ideológica radical, hacía trabajar al dionisíaco Wagner para construir su identitaria Alemania cristiana burguesa. Ella con su telaraña pudo un imposible, no solamente domar al indómito Wagner, sino hacerlo trabajar para ella y que él fuera el forjador, el Sófocles, de la Alemania que nacía al servicio del Segundo Reich, que luego puso las bases para el Tercer Reich del siglo XX.

Y ¿cómo el Laberinto tiene tanto poder sobre la vida y la vuelve “muerte” como identidad sin diferencia? ¿Por qué el Laberinto es la trampa de todas las trampas? ¿Cómo esa telaraña no solamente no te dejar salir del Laberinto, sino que te pierde en él y te hace trabajar para lo “tanático” mismo? La trampa del Laberinto es lo inmediato. Allí está todo su poder y hay que ser más fuerte que un Wagner, esto es, como un Nietzsche para poder disolver el Laberinto y que la trampa de la inmediatez ya no nos engañe o, lo que es peor, queramos y necesitemos estar engañados para soportar la verdad de la vida: nuestra finitud sin sentido alguno. Lo inmediato opera por lo menos a tres niveles: uno en el plano de nuestra íntima subjetividad, otro a un nivel de lo social y, finalmente, en una dimensión productora y reproductora de sí misma. Los explico de manera simple estos tres momentos de la inmediato como lo que opera en la telaraña de la “Ariadna arácnida”. El primer momento nos indica, dicho psicoanalíticamente, nuestro propio aparato psíquico y él por la propia finitud de lo que somos, esto es, nuestra radical mortalidad, y con ello el vació constitutivo del sin sentido que nos mueve, implica un modo de ser con uno mismo siempre en la producción de telaraña para poder vivir en cierto resguardo que estabilice y de seguridad a eso que nos perfora y nos atemoriza día a día: la vejez, la enfermedad, la pobreza, etc. Uno mismo se vuelve en el creador de su propia esclavitud y va generando todo tipo de artilugios para sobrevivir en una vida mortal que le causa pánico y no lo deja en paz, prefiere traicionarse a sí mismo que vivir en la intemperie de su mortalidad. Es el inicio mismo de todo Laberinto.

En un segundo momento, lo inmediato que siempre está operando, más allá de nuestro propio temor a nuestra animalidad mortal que somos, se manifiesta desde el otro mismo, pero de un otro fantasmal que se muestra y se disfraza y sobre codifica nuestro mundo en su materialidad, y ese mundo se politiza en un modo huero de unos con otros, y así nos ideologiza en el temor, incluso a veces en el nefasto “Odio al Otro” actual. En este segundo momento lo inmediato no nos deja en paz, porque nos sumerge a diario en el abismo de nuestro miedo más radical que no nos deja vivir en paz. Y esto es pan de cada día hoy y en todas partes y en países como Chile mucho más, por toda su herencia capitalista hacendal militarizado y chapuza. Y así se activa una capa social, por decirlo de alguna forma, de inmediatez que nos constituye desde fuera mismo de lo que somos. El fantasma de lo inmediato nos achecha en la familia, en las instituciones, en el ocio, en la trascendencia, en el diario vivir.

Y, finalmente, el tercer momento y último, que siempre es el primero (ya explicaré esto), entre esta subjetividad y esta sociedad inmediatas se da la trampa por excelencia, porque hacemos todo lo posible para producir más inmediatez y así reproducimos lo inmediato en todos los ámbitos, desde lo personal e íntimo a lo religioso, pasando por lo ético, estético, político, todo atravesado por lo inmediato: desde algún detalle a un ideal. Incluso a los que queremos, los hijos, nuestras mascotas, nuestros amigos, familiares, a los que amamos, a algunos lo hacen hasta en el acto sexual, esto es, lo sexual inmediatizado y que se confunde con amor verdadero. Es el espanto mismo de lo inmediato que produce y reproduce en todas las esferas de lo real más inmediatez.

Y ahora viene una vuelta de tuerca, mi querido lector, es que este tercer momento de lo inmediato es siempre el primero y es el que posibilita a los otros dos. Los dos primero son momentos analíticos, esto es, son momentos que solo aparecen cuando detengo el último momento de la producción de inmediatez para poder analizarlo en detalle, es decir, en el movimiento constante de producción de estúpida inmediatez, si se le detiene se le ve, por una parte, se ve que nuestra propia subjetividad está paralizada por lo inmediato (se constituye a partir de él) y, por otra parte, vemos cómo lo social mismo es una apariencia que nos envuelve y no podemos hacer nada, sino volvernos en sus cómplices y ser parte tóxica del mismo engranaje.

Y aquí radica que esta Ariadna “arácnida” sea tan difícil de disolver, porque en el fondo es un mismo el que la mantiene viva junto con el otro fantasma que no me mete miedo para asegurarnos un tipo de Laberinto que aunque sea horroroso igual nos dé paz y nos dé un sentido y nos estructure una vida que se nos vuelve cada día más agobiante y así impedimos, al parecer (es solo un efecto inmediato), que nos angustia realmente. Lo inmediato es la trampa por excelencia porque ni la vemos operar, porque nosotros mismos somos los que la creamos y la mantenemos viva cueste lo que cueste. Y que todo se vaya al carajo pero lo inmediato labríntico nunca.

Lo inmediato es la trampa de todas las trampas y entonces ¿cómo salir de ella? Se sale con distancia y mediación. Una distancia en la producción y reproducción de lo inmediato, o sea, dejar de capitalizar de modo naturalizado y en ello en esa distancia de ese movimiento capitalista nuestra subjetividad se queda, por un tiempo, saboreando lo que es, es decir, su propia animalidad sin sentido y, por otra parte, al tomar distancia a la sociedad se la ve en sus lógicas que la diseñan y de este modo se pueden ver cómo opera el capitalismo en nosotros y nos hace trizas. Y ahí mismo antes de que aparezca el pánico por ser animales mortales es necesario que acontezca la sana mediación de algo, cualquier algo de verdad que nos toque nuestras vidas desde dentro y nos conmueva y nos dinamice y nos haga tomar decisiones de vida no de muerte: no se puede capitalizar con el otro para asegurarme “yo”. Yo diría en forma simple, amarnos los unos a los otros es la mediación que nos redime del Laberinto. Pero no un amor en lo inmediato que no es otra cosa que “Sed de Laberinto” y trampa permanente que nos frustra y nos pierde y nos entristece y nos enferma, sino que se trata que en la distancia, que desarticula lo inmediato, esperar, con fuerza, el acontecimiento de ese otro en uno, en los cuerpos, en los sueños, en el deseo para que se de un tipo de salida al Laberinto que aunque vuelva, en el futuro, a ser inmediata siempre estará en un movimiento vivo mediatizado con otro que me hace bien, que me penetra, que me cuida y me acontece y me permite disolver los Laberintos.

Playa Ancha, 1 de septiembre de 2023

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