Más allá de la sorpresa de Parisi en la primera vuelta, lo que era evidente terminó confirmándose: el país será gobernado por la extrema derecha los próximos cuatro años. Las primeras conclusiones que entregan los resultados del domingo son claras y se venían anunciando desde hace tiempo: la izquierda que baila al ritmo de la extrema derecha, integra el lenguaje de su adversario y se felicita por aplicar sus políticas económicas, no hace más que tender una alfombra roja al fascismo.
La peor derrota de la historia del sector tiene nombre y apellido, pero la responsabilidad es compartida por las élites de izquierda que el modelo neoliberal produjo. La derrota es, ante todo, el fracaso de las cúpulas partidarias y sus élites, quienes por codicia y ambición política optaron por decisiones que los beneficiaban en el corto plazo, pero que en el mediano y largo perjudicaban gravemente las causas que los llevaron a ser electos. Los movimientos sociales, en su gran diversidad, sufrieron la traición de la izquierda reformista y la falta de un proyecto consolidado, producto de su profunda fragmentación.
La crisis política desatada desde el estallido —y que algunos analistas insisten en enterrar— ha demostrado, a través de los resultados electorales sucesivos, que una parte importante del padrón (alrededor de un tercio) no adhiere a ningún sector político. Son votos prestados que, a ciertos analistas bien pensantes, los han conducido a hablar de un clivaje en torno a la democracia y el autoritarismo, en una lectura reacondicionada del Fin de la historia de Fukuyama. Digámoslo claramente: el círculo de la burguesía es igualmente responsable de la derrota, puesto que los analistas son quienes influyen con sus ideas a los miembros de la clase política, y los editorialistas quienes las difunden. Un trabajo por el cual obtienen réditos, ya sea en sueldos —a veces pagados con dinero público—, financiamientos o favores.
Desde ya se hace evidente que no habrá una verdadera autocrítica por parte de las élites del sector. Al contrario, probablemente solo habrá agradecimientos y felicitaciones por el trabajo y el esfuerzo de los suyos, seguidos de una maratón de culpabilización hacia quienes se atrevieron a criticar la política neoliberal de un gobierno que supuestamente vino a terminar con el modelo. Dirán que era imposible. Los abrazos se justificarán sosteniendo que la unidad es el “único” camino, obviando el hecho de que la derecha ganó yendo separada. Entonces insistirán en la unidad aun cuando se trate, estructuralmente, de la principal razón de su derrota. A continuación, intentaremos explicar brevemente el porqué en los siguientes apartados.
La síntesis del sector
La candidatura de Jara terminó transformándose en un verdadero Frankenstein: una criatura negociada que buscaba conciliar una supuesta síntesis del sector con el clamor de las encuestas. De la candidata más a la izquierda de la primaria, orgullosa militante del Partido Comunista que obtuvo el 60 % de las preferencias, pasamos a la Bacheletista-aliancista de izquierda, para terminar con una militancia política empeñada en una versión que abrazó las ideas y discursos de un ferviente defensor del capitalismo norteamericano. La candidatura de la centroizquierda terminó siendo un engendro que no convencía ni representaba del todo a nadie.
Quizás hubiera sido mejor asumir el estigma de ser comunista desde un comienzo e ir a la confrontación defendiendo sus ideas de manera pedagógica. Intentar encarnar algo distinto y propio, ni continuación ni mimetismo. Explicar el programa y hacer pedagogía, sobre todo si de verdad se pensaba desde el inicio que esto terminaría en una derrota, aunque el “estratega” de la campaña augurara el triunfo en segunda vuelta horas antes de que el registro de un desinhibido clasismo en un microcosmos de la izquierda neoliberal terminara costándole el puesto. ¿No se perdieron en ese momento acaso muchos de los votantes de Parisi que, cuatro años atrás, habían votado por el sector?
De esta forma, al menos se hubieran sembrado las ideas que dicen defender y no se habría entregado el terreno cedido por el gobierno durante tres años, junto con las llaves de La Moneda y una mayoría en el parlamento. Pero confrontar al capital y a los poderes fácticos es imposible según los analistas mainstream. Toda la campaña de Jara debía construirse en torno a un solo objetivo: desmarcarse a toda costa de su partido para no ser víctima del anticomunismo. Para ello, la candidata tenía que transformarse en la síntesis del sector y salir a buscar el “voto de centro”.
El anticomunismo como fundamento
El anticomunismo es una tesis a la cual los círculos bien pensantes del progresismo suscriben. Es decir, las élites de izquierda no solo integraron la tesis del adversario, sino que la comparten por miedo a tener que ceder sus privilegios. El anticomunismo es la principal razón de ser del fascismo: un engendro de las élites que ven en la idea de una sociedad sin clases su mayor amenaza. Un hombre de paja construido por la burguesía, de izquierda y de derecha, con el fin de resistirse a cualquier redistribución de la riqueza.
Y así, sin más, sin cuestionamiento alguno, la centroizquierda lo asume como una verdad incuestionable. No solo eso: fue la piedra angular de su estrategia. Es decir, concibieron su discurso en base a la idea de que una sociedad igualitaria no es un horizonte conveniente ni deseable para la mayoría de la población; que es mejor no hablar de un país donde derechos básicos como la vivienda, la educación, el agua y la salud estén garantizados para todos y no solo para algunos. Todo esto, por miedo a ser estigmatizados.
Aquí un dato clave: más de un tercio del padrón actual nació en democracia y, así como algunos conectan poco con los horrores de la dictadura, tampoco entienden del todo el anticomunismo de El Mercurio. Se trata entonces de un voto en disputa, donde la derecha tiene claro lo que quiere y lo que defiende, mientras la izquierda no hace más que renunciar a lo suyo. No es sorprendente entonces que la derecha sostenga y propague el anticomunismo; el problema es cuando lo hacen los medios liberales y reformistas afines al sector, como el canal de streaming de Copano. Son ante todo estos grupos los que lo validan, mientras otros callan y/o lo aceptan. Así, en el anticomunismo pueden converger fácilmente partidos como la DC, los liberales o el PPD con RN, la UDI o Republicanos. El apoyo de Frei a Kast no es más que una ilustración de aquello.
Unidad por conveniencia
Esto nos lleva al punto central: en la sacrosanta unidad de la centroizquierda se encuentran, por conveniencia electoral, dos posturas derechamente irreconciliables, cuyo mínimo común denominador es el resguardo del modelo económico chileno. Es decir, el modelo que el sector dice querer reformar se transforma en el punto neurálgico que da sentido a una alianza que reposa en intereses electorales, al mismo tiempo que constituye la principal causa de la crisis política y social que atraviesa el país.
Para llevar a cabo las negociaciones parlamentarias, una parte del sector debe renunciar a un discurso radical, mientras la otra debe mostrarse más abierta a avalar reformas sociales parsimoniosas. ¿De qué otra manera se puede explicar racional y materialmente la alianza de un partido que se declara marxista-leninista, como el PC, con partidos que se declaran partidarios de la tercera vía, como el PPD o la DC, o con fuerzas reformistas como el FA o el PS? El resguardo del modelo se presenta como el primer piso de negociación posible.
Estas contradicciones también existen al interior de los partidos. El PC se declara, al mismo tiempo, socialdemócrata, y el FA se declara antineoliberal. En este sentido, la falta de coherencia en sus políticas no es nada sorprendente: en cualquier momento pueden cambiar de vereda. Esto engendra una coalición ecléctica y ambivalente, viable en regímenes parlamentarios,pero insostenible en el presidencialismo chileno.
Si durante la transición esta alianza funcionó, fue porque el contexto era otro: derrocar a la dictadura era su razón de ser. La creación de un partido instrumental como el PPD es prueba de ello. Las condiciones hoy son distintas, aun cuando el fascismo haya regresado a La Moneda mediante las urnas. La diferencia fundamental radica en el agotamiento de un modelo basado en la renta, que seguirá produciendo conflictos que es incapaz de resolver con tasas de crecimiento inferiores al 3 %. La pregunta es evidente: ¿cómo piensan seguir creciendo —suponiendo que sea algo deseable— sin destruir el medio ambiente, sin degradar las condiciones de trabajo y sin desmantelar los derechos sociales?
Lo que se perfila
La estrepitosa derrota obligará a la izquierda a reconfigurarse y la victoria de Kast marca el fin de la tregua con los movimientos sociales. El “hacerle el juego a la derecha” ya no impedirá criticar un modelo en crisis que continuará agravando las tensiones sociales. La calle volverá a ser un actor relevante que obligará a posicionarse. Deberá entonces enfrentar una policía galvanizada por el gobierno de Gabriel Boric y la llamada “crisis de seguridad”. El espectro mediático será más indulgente con Kast que tendrá que mostrar resultados en esta materia. Esto dejará seguramente un espacio para que otros debates y problemáticas emerjan aunque lo más probable es que intenten llenarlo con una masiva criminalización del movimiento social y su agenda valórica.
Ante este escenario, una parte de la izquierda neoliberal buscará capitalizar los movimientos sociales, mientras otra intentará mostrarse pulcra y responsable con el modelo. Allí la fractura entre ambos grupos se hará explícita. Resurge entonces la posibilidad para que una izquierda radical con un proyecto serio y maduro se constituya para hacer frente a la extrema derecha. Para esto habrá que confeccionar una propuesta alternativa que marque una ruptura con el actual modelo y la vieja receta de la izquierda reformista: neoliberalismo con rostro humano. Queda mucho para las próximas elecciones. Hasta entonces, habrá que trabajar, organizarse y estar preparados para resistir a los embates del fascismo.
