La historia nos muestra al menos un siglo de alzamientos populares espontáneos, todos ellos, podríamos decir, sin conducción política. La pregunta que cabe hacerse, es qué habría pasado si cualquiera de estos movimientos hubiera sido secundado por una orgánica preparada para transformar esa explosión de energía, en un proceso revolucionario.
Veamos, el primer alzamiento popular fueron las marchas del hambre de 1919, movimiento que vino a coronar al menos 15 años de protestas, paros y movilizaciones populares. Luego tenemos la llamada revolución de la chaucha de 1949, que puso al país patas para arriba por el alza al transporte público. 34 años después, en 1983, vino la gran protesta nacional contra Pinochet, a la que le siguieron varias otras jornadas. Por último, tenemos el estallido social del 18 de octubre de 2019, que se proyectó con fuerza al menos hasta el 15 de noviembre, fecha en que la clase política decidió abrir un proceso constituyente y dar por cerrado el alzamiento.
Cada ciclo ha tenido sus particularidades, el de 1919 a 1949 tuvo entre medio una profunda crisis institucional en la que se dicta una nueva constitución, la de 1925, que no viene a tener aplicación práctica sino hasta 1933, y donde hubo, incluso, un intento de instalar una república socialista en 1932.
En el período 1949 a 1982 destaca la llegada al poder del primer presidente socialista por vía democrática del mundo, Salvador Allende, gobierno que tuvo un trágico final con el golpe de estado que lo derrocó y dio inicio de la dictadura civil-militar de Pinochet.
El período 1982 a 2019 estuvo marcado por la transición a la democracia y una aparente estabilidad política, hasta que los estudiantes rompen la inercia con fuerza mediante la revolución pingüina de 2006 y 2008 y el gran movimiento estudiantil de 2011.
Es curioso constatar que los ciclos entre estallidos son de aproximadamente 30 años y que, en los dos primeros, hubo intentos por construir el socialismo.
¿Por qué es relevante?, porque dado el actual escenario político, dónde el fascismo está ad portas de instalarse en la moneda, la izquierda extra parlamentaria tiene es la llamada a levantar un proyecto político, al margen del pacto de centro izquierda que acaba de ser duramente derrotado en estas elecciones presidenciales.
El aprendizaje que los alzamientos nos entrega, es que la ausencia de conducción política puede ser subsanada y aprovechada para levantar opciones que tiendan a construir el socialismo.
Lo anterior es perfectamente factible si consideramos que al menos por los próximos 4 años tendremos un gobierno reaccionario, que seguramente acentuará las diferencias de clase, generando un profundo malestar social con los recortes presupuestarios anunciados.
Es que pretender avanzar en derechos sociales, sin construir al mismo tiempo el socialismo, es una ilusión que se cae por su propio peso.
He ahí el error de los personeros de la centro izquierda, junto con la ausencia casi total de densidad ideológica y de diálogo con sus bases, que les permitiera interpretar los intereses de la clase oprimida. De esta manera, dejaron al pueblo al borde del abismo, y la ultra derecha, sin mucho esfuerzo, aprovechó.
Pero no estamos condenados a vivir para siempre arrodillados, dentro de un modelo económico injusto. Si la centro izquierda no puedo hacerlo, es tarea de la izquierda extra parlamentaria construir y transmitir un mensaje de esperanza al pueblo, en contraste con el discurso capitalista, arribista e individualista imperante. Es decir, levantar una alternativa viable y con vocación de poder.
La izquierda que fuera derrotada por Kast el pasado domingo no es la única izquierda, hay otra que se ha mantenido en silencio y que hoy, más que nunca, debe hablar.
No es necesario esperar al próximo alzamiento el 2050, para que sus palabras cobren nuevamente sentido. La historia se construye día a día y para hacer frente al fascismo, es necesario que este grupo político levante una alternativa política revolucionaria ahora, no mañana, ¡ahora!
