«[…] y horas separadas unas de otras, / (por años, siglos, milenios) / se entrelazan y funden / formando una sola», escribió Alfonso Echeverría Yáñez. Quizás toda su obra esté contenida en esos versos: el tiempo no como una línea sobre la cual avanzamos, sino como una materia viva en la que pasado, presente y futuro se rozan y se entrelazan.
En una época como la nuestra, gobernada por la velocidad, las notificaciones y la exigencia de producir, esta manera de concebir el tiempo adquiere una inesperada actualidad. Vivimos pendientes del reloj, pero cada vez más alejados de la experiencia interior del tiempo. Medimos las horas y, sin embargo, sentimos que se nos escapan. Echeverría parece advertirnos de que el tiempo verdadero no es solo aquello que pasa, sino también lo que permanece en nosotros.
Nacido en 1922 e integrante de la Generación del 50, Alfonso Echeverría compartió con José Donoso, Enrique Lihn y Jorge Edwards una sensibilidad marcada por el desencanto ante las grandes certezas y por una intensa exploración de la subjetividad. Fue poeta, narrador, ensayista, ingeniero y traductor simultáneo. Trabajó para el presidente Jorge Alessandri y, más tarde, para las Naciones Unidas. Vivió entre viajes, lenguas y territorios, pero también estuvo profundamente ligado al paisaje del sur de Chile. Su muerte, en 1969, a los 47 años, dejó una obra dispersa y en gran parte póstuma, rescatada primero por su madre, la escritora María Flora Yáñez, y, décadas después, por sus nietos, Florencia Martínez Echeverría y Juan José Richards, quienes realizaron una notable labor de compilación en la antología El laberinto del topo (Cuarto Propio, 2008), prologada por Cristián Warnken.
Ese título ofrece una imagen precisa de su escritura. El topo avanza bajo tierra, abre galerías ocultas y reaparece donde no se lo espera. Así funciona también la memoria: trabaja en la oscuridad, enlaza lugares distantes y devuelve, de pronto, aquello que creíamos olvidado. Cristián Warnken llamó a Echeverría un «fantasma del futuro» y un explorador de límites. La expresión no solo alude al injusto lugar marginal que ocupa en el canon chileno, sino que también revela algo esencial de una obra que parece escrita para lectores que aún no habían llegado.
En obras como La vacilación del tiempo y Nausícaa, y en textos como «Tal es el tiempo», «Naufragio», «Los ancianos» y «Dintel», el tiempo no constituye el fondo neutro en el que transcurre la vida: es uno de sus protagonistas. Fluye, retrocede, se detiene y se propaga. El viaje de un barco no representa únicamente un desplazamiento sobre el mar, sino también una transformación interior: «Tal vez la ausencia significaba solo una mayor presencia», se lee en La vacilación del tiempo. Lo que dejamos atrás no desaparece. A veces, la distancia vuelve más intensa la presencia de lo perdido.
Echeverría convierte en experiencia poética aquello que Bergson llamó la durée: el tiempo interior, esa corriente indivisible en la que los instantes no se suceden mecánicamente, sino que se entrelazan, se transforman y permanecen unos dentro de otros. En «Naufragio», la sal borra la cuenta de los días y las noches; en el poema «Tal es el tiempo», las horas, separadas por siglos y milenios, terminan fundidas en «una sola hora vasta». El tiempo no huye: nos construye.
Sin embargo, el tiempo de Echeverría no es plenamente sereno. Está atravesado por la angustia y la finitud que Heidegger situó en el centro de la existencia. La angustia aparece cuando el mundo pierde su familiaridad y las certezas que sostienen la vida cotidiana comienzan a desvanecerse. Entonces el ser humano queda a la intemperie, frente a una existencia limitada y sin garantías, abriendo la posibilidad de despertarnos de una vida automática y abrirnos a una existencia más propia. Los personajes de Echeverría habitan esa intemperie: viajan, recuerdan, pierden y buscan un sentido incierto. En su obra, el tiempo se conserva, como en Bergson, pero también se agota, como en Heidegger. La originalidad de su escritura nace de habitar ambas verdades sin resolverlas.
El relato «Dintel» lleva esta tensión a un territorio íntimo: la infancia. Un dintel es una pieza arquitectónica, pero también un umbral: separa y, a la vez, comunica dos espacios. En el relato, los límites del huerto, un hoyo en la muralla y los lugares que algunos niños se atreven a cruzar encarnan el tránsito entre la infancia y la adultez, entre lo vivido y lo irrecuperable. Cruzar del todo equivaldría a cerrar el pasado, pero eso nunca ocurre. La infancia no desaparece: queda al otro lado del umbral y continúa llamándonos.
Entre líneas, podemos encontrar a Proust, quien, en su obra En busca del tiempo perdido, muestra cómo el sabor de una magdalena devuelve involuntariamente un mundo que la memoria consciente no logra recuperar y que puede transformarnos. Echeverría realiza una inversión más sombría y profundamente suya. En «Dintel» no es un sabor placentero, sino el olor del agua podrida de los floreros de la tumba del padre el que abre la puerta del pasado. Regresan la capilla del Cerro de la Virgen, el verde del huerto de los limones y la cera del altar que los niños moldeaban con los dedos. El recuerdo se vuelve corporal: «Sentí como una masa tibia en la mano. Tenía infancia, tenía pasado».
La memoria involuntaria en Echeverría no es un archivo ordenado. Es una irrupción. Un olor, una textura o el sonido de una nota pueden quebrar el presente y revelarnos que seguimos hechos de aquello que creíamos perdido. Sin embargo, Echeverría se distancia de la confianza proustiana en la redención artística. En Proust, la memoria involuntaria recupera el instante perdido y el arte le concede una forma perdurable; en Echeverría, esa posibilidad es más frágil. El recuerdo regresa melancólicamente, atravesado por la muerte y el desarraigo. No consigue reparar por completo la pérdida, aunque logra impedir, mediante la escritura, que el olvido sea absoluto. Tal vez por eso la escritura se vuelve para él una forma de resistencia solitaria. En «Dintel» leemos: «Los que aún resisten, digo, la podredumbre. Estoy solo entre ellos». Es una frase desolada, pero no nihilista. Quien escribe sabe que no puede detener el tiempo. Puede, sin embargo, dar forma a lo que desaparece, comunicarlo y entregarlo a otros. La literatura no vence a la muerte: preserva una huella. Esa modestia, lejos de debilitar su obra, le confiere una verdad profundamente humana.
En Nausícaa reaparece la pregunta por aquello destinado a desaparecer. El pintor solitario busca en la joven extranjera, de quien se enamora, una posibilidad de salvación. Al escuchar aquellas notas en el piano, se pregunta cómo impedir que desaparezcan. Esa interrogante recorre todo el libro. La respuesta nunca llega con certeza. Solo queda el gesto creador: el intento de fijar lo efímero sin traicionarlo. Echeverría no nos promete la eternidad; nos ofrece una permanencia vacilante.
Así, la obra de Echeverría posee, además, la singularidad de trasladar grandes preguntas de la filosofía europea a una experiencia situada en Chile. El tiempo vacila en el Pacífico y no en el Sena. La memoria emerge entre la sal, el paisaje costero, un fundo de Lo Herrera, la capilla y el huerto de los limones. Bergson, Heidegger y Proust dejan de ser sistemas abstractos: sus interrogantes se piensan desde el Chile de la época, desde el desarraigo, la precariedad, la melancolía y una soledad que no renuncia por completo al sentido. Como ha señalado Dina Picotti en su lectura latinoamericana de Heidegger, la pregunta por el ser no puede permanecer circunscrita a Europa.
El Dasein, el ser-ahí, debe pensarse también a partir de las condiciones históricas y culturales de América Latina. Volver a leer a Echeverría implica interrogar nuestro modo de vida actual. La aceleración digital nos brinda instantáneas inagotables, pero dificulta alcanzar la profundidad de la experiencia.
Consumimos recuerdos en forma de imágenes y almacenamos la vida en dispositivos, como si esto pudiera asimilarse al “hacer memoria”. Echeverría nos recuerda que recordar no es solo archivar. Frente a la primacía del hacer, su poesía nos invita a recuperar la pausa y la contemplación; frente al debilitamiento de los vínculos, a recobrar la conexión y la sensibilidad; frente al intento de olvidar nuestra finitud, a vivir de manera más auténtica; y, frente a la pérdida, a confiar —sin ingenuidad— en la capacidad del arte para conservar una parte de lo vivido. No se trata de escapar del tiempo, sino de habitarlo en el momento presente, conscientes de su movimiento.
Alfonso Echeverría continúa avanzando por las galerías de ese laberinto subterráneo que es la memoria. Su voz regresa para decirnos que el tiempo puede ser flujo, herida y posibilidad; que nada vuelve intacto, pero que tampoco todo se pierde. Quizás esa sea la tarea secreta de la literatura: hacer que horas separadas por años, siglos o milenios se entrelacen por un instante y formen una sola.
Verónica Millas (Verónica Espinoza Nawrath)
Psicóloga. Magíster en Literatura y Humanidades. Magíster en Mindfulness.
