En kioscos: Enero 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

La verdad pixelada, imágenes, artificios y campañas en disputa. Por Alejandro Arros Aravena

En la inmensa plaza digital de nuestro tiempo, la verdad se ha vuelto un territorio movedizo. No se habita ya en los archivos, ni en los libros, ni en la palabra impresa que permanecía inmutable; Hoy la verdad titila en la pantalla, se fuga en cada scroll, se reinventa con cada algoritmo. Las redes sociales son un gigantesco espejo astillado que devuelve reflejos fragmentarios, simulacros que se superponen hasta borrar los contornos de lo real. Es aquí, en este espacio de sobresaturación, donde se juegan las campañas presidenciales, donde la democracia se transforma en un teatro de sombras, y donde la imagen ya no representa, sino que fabrica.

La pregunta ¿qué es verdad y qué es mentira? atraviesa las sociedades contemporáneas como un filo. Y la respuesta nunca es sencilla. Las imágenes que circulan en TikTok, en Instagram o en X (antes Twitter) aparecen revestidas de una potencia de autenticidad casi religiosa: vemos para creer. Sin embargo, desde que el cine hizo estrechar la mano a Forrest Gump con Nixon, sabemos que la imagen puede mentir con la naturalidad de un respiro. La diferencia es que antes la manipulación requería grandes equipos técnicos, y hoy basta con un celular y un software gratuito de inteligencia artificial para inventar pruebas, fabricar biografías y adulterar realidades. La mentira ha perdido su poder.

En campaña electoral, la verdad visual es un campo de batalla más feroz que nunca. Los candidatos sonríen en afiches que no fueron fotografiados, sino generados por algoritmos que suavizan arrugas, amplían pupilas, esculpen mandíbulas y borran signos de humanidad. Se trata de un proceso de higienización visual en que la política se disfraza de aspiración estética. La IA, en este terreno, se convierte en maquilladora oficial de la democracia, puliendo rostros hasta transformarlos en máscaras.

Lo que se entrega al votante ya no es un retrato, sino un avatar. Y ese avatar puede sonreír en la feria o caminar entre multitudes sin haber estado jamás allí: basta con entrenar al modelo y depositar la figura del político en un escenario digital inventado.

El problema no es solo técnico, sino cognitivo. Las ciencias de la percepción han demostrado que el ojo humano está diseñado para confiar en las imágenes: creemos más en lo que vemos que en lo que se nos relata. Por ello, las imágenes falsas no solo confunden, sino que colonizan la memoria. Un montaje compartido millones de veces no solo engaña, también reconfigura la forma en que registramos los hechos. La mentira visual adquiere estatuto de verdad a fuerza de repetición. Así, una fotografía inventada puede tener más eficacia política que un discurso entero, porque la retina guarda el recuerdo, aunque la razón lo discuta. Como suele señalar aquel refrán político, muchas mentiras hacen una verdad.

No es casual, entonces, que las campañas presidenciales se hayan desplazado hacia este nuevo terreno bélico, la disputa por el aura de veracidad. La inteligencia artificial no es aquí un mero recurso, sino un actor político de pleno derecho. Decidir, filtrar, generar, corregir, inventar. Y lo hace con tal naturalidad que la línea entre documental y artificio se difumina hasta desaparecer. Se habla de deepfakes como si fuera una anomalía, pero en verdad ya convivimos con una cultura entera de la falsificación normalizada. No solo vemos candidatos que no existen, también escuchamos voces clonadas que pronuncian discursos que jamás se dieron, contemplamos videos que sitúan a un político en escenarios irreales, y nos habituamos a que la duda sea el estado natural del ciudadano.

La pregunta ética es ineludible: ¿qué tipo de democracia puede sostenerse sobre cimientos de imágenes falsas? ¿Cómo deliberar en un espacio donde la sospecha permanente devora cualquier confianza? La política requiere de un mínimo de fe compartida: creer que lo que se nos dice y muestra tiene un anclaje en lo real. Si todo se convierte en montaje, entonces la política deviene espectáculo vacío. Guy Debord lo anticipó con crudeza: vivimos en la sociedad del espectáculo, donde lo que cuenta no es el ser, sino el parecer. Y la IA ha llevado ese parecer al extremo de lo absoluto: no solo parecer, sino fabricar apariencias imposibles.

En este escenario, la verdad ya no es un hecho, sino un acuerdo frágil, un pacto comunitario que se sostiene en la confianza mutua. Pero las redes sociales erosionan ese pacto al convertir cada pantalla en un laboratorio de sospechas. La ciudadanía vive entre dos fuegos: por un lado, la abundancia de imágenes que parecen certidumbre; por otro, la conciencia de que esas imágenes pueden ser falsas. Es la paradoja de nuestro tiempo: nunca vimos tanto en tan poco tiempo, y nunca confiamos tan poco en lo mucho que vemos.

El campo electoral se transforma así en un territorio cognitivo, donde lo que está en disputa no son solo los votos, sino la propia posibilidad de creer en algo. Las pupilas de los recomendados recorren pantallas cargadas de estímulos, se degradan en rostros suavizados por la IA, mientras tanto, las plataformas recolectan datos, entrenan algoritmos y afinan la maquinaria de la atención. El elector ya no es solo ciudadano: es insumo, dato, material cognitivo en disputa.

Frente a ello, urge una pedagogía crítica de la visualidad. No basta con decir “verifique la fuente” o “confíe en los medios serios”; la profundidad de la manipulación exige un nuevo alfabetismo visual.

Enseñar a leer imágenes, a sospechar de la nitidez perfecta, a reconocer las huellas del artificio, se convierte en una tarea cívica tanto o más relevante que enseñar a leer palabras. La democracia del futuro dependerá de esa capacidad crítica de los ciudadanos para distinguir lo que es verdad de lo que es ilusión algorítmica. Pero incluso esa pedagogía encontrará límites. Porque la IA evoluciona más rápido que nuestra conciencia crítica. Lo que hoy reconocemos como falso, mañana será indistinguible. Y allí se abre un horizonte inquietante: el de la política post-verdad, en que no importa ya si algo ocurrió, sino si la imagen tiene la fuerza suficiente para movilizar afectos. Una política donde la emoción sustituye a la evidencia, y donde la pupila del votante reacciona más a la intensidad del montaje que a la solidez de los hechos.

En este paisaje, los investigadores tenemos una tarea doble, desentrañar las estrategias de manipulación visual y, al mismo tiempo, construir herramientas que devuelvan a la ciudadanía cierta soberanía cognitiva. El eye tracking , las mediciones de carga cognitiva, la exploración de cómo la pupila se dilata ante imágenes falsas, no son solo curiosidades académicas, son formas de mapear cómo la mentira visual penetra la mente. El desafío es político y epistemológico: comprender para resistir.

Al final, la pregunta que aparece en toda campaña presidencial es ¿podemos confiar en lo que vemos? Si la respuesta es no, entonces estamos ante una crisis de la democracia más profunda que cualquier crisis económica o institucional. Porque sin confianza visual, sin un mínimo suelo de realidad compartida, la política se convierte en un carnaval de fantasmas. La IA puede fabricar kilómetros de rostros perfectos, pero ninguno de ellos nos conducirá a un proyecto colectivo si la comunidad ha perdido la capacidad de creer en algo real.

La verdad, pixelada y frágil, todavía puede defenderse. Pero no será defendida por los algoritmos, ni por las plataformas, ni por los candidatos. Será defendida por la capacidad crítica de quienes miran, por la voluntad de sospechar y, aun así, sostener un compromiso con lo real. En tiempos donde la mentira se disfraza de imagen perfecta, el mayor acto de resistencia es exigir imperfecciones: arrugas, errores, voces quebradas. Es en esas grietas de lo humano donde todavía palpita la verdad.

Dr. Alejandro Arros Aravena,
Laboratorio de Investigación en Espacio, Visualidad e Imagen.
Universidad del Bíobío

Compartir este artículo