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La violencia de Estado, en versión anti-inmigrante. Por María Fernanda Stang

En los últimos meses he vuelto, gracias al trabajo con un grupo de colegas, a la lectura siempre movilizadora de Judith Butler. El libro al que le hemos estado dando vueltas, motivadas por esta ola de derechas y ultraderechas que gana terreno en nuestras Américas, es Sin miedo: formas de resistencia a la violencia de hoy. Se trata de un grupo de conferencias de la autora en las que reflexiona sobre las formas y sentidos de la resistencia a las múltiples modalidades de violencia de nuestro tiempo, y respecto de las posibilidades de lo político en el marco de “un autoritarismo neoliberal” y “un fascismo securitario”, como los nombra.

En este trabajo, Butler hace un ejercicio de “traducción de momentos” que me ha parecido tan claro como remecedor. La autora se pregunta: “¿de qué modo perdura el tiempo de la dictadura y la violencia de Estado en nuestros días?”. La perplejidad que genera la respuesta que ella se da, justifica la extensión de esta cita: “He sugerido que se pueden escuchar ecos de ese tiempo anterior cuando los apologetas comienzan a explicar que los estudiantes eran en realidad terroristas [o los activistas de izquierda, dice en otro pasaje], y que el Estado solo trataba, en realidad, de proteger a la población en conjunto frente al terrorismo -vaya si nos es familiar este argumento-. En nuestros tiempos, las fronteras se cierran sobre la base de ese mismo argumento” (pág. 76, énfasis propio). Los migrantes son presentados hoy como terroristas, como violadores, como una sangría para la economía, dice Butler, o como narcotraficantes, secuestradores y delincuentes de todo tipo, podemos agregar nosotras. Lo escuchamos a este lado y al otro de la cordillera, lo oímos vociferado con gestos grandilocuentes desde ese país amurallado del Norte global.

Con estos argumentos, los gobernantes autoritarios de nuevo cuño (aunque con no pocas huellas de los que los precedieron) justifican la violencia de Estado que se materializa en razias por las ciudades; en merodeos por escuelas y centros de salud, para detener migrantes ilegalizados por ese mismo Estado que los violenta, o en la militarización de las fronteras. Esto ocurre ante una población que, en una importante mayoría, considera que efectivamente está siendo protegida con esas acciones, porque una buena parte de los medios de comunicación da credibilidad y amplifica el mensaje sobre estos “peligros” (así como en el pasado construían escenas que explicaban muertes y desapariciones). Y claro, no hay cabida para pensar esta violencia como “violencia de Estado”, porque el pensamiento de Estado -como dice Abdelmalek Sayad- excluye a los migrantes, tanto de su amparo como de las acusaciones que podría generar la ilegitimidad de su persecución sistemática. Esa eficacia del pensamiento de Estado es la que vuelve tan potente, por contraintuitiva, la traducción que hace Butler entre la violencia de Estado de las dictaduras y la violencia de estos Estados del capitalismo neoliberal contra las personas migrantes. Una traducción provocadora, razón para traerla a esta columna, con la intención de sacudir un poco esta ensordecedora cantinela anti-inmigrante, que por momentos nos tiene apabulladas.

María Fernanda Stang
Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU)
Universidad Católica Silva Henríquez

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