Max Valdés nos arrastra a los bordes del apocalipsis en este texto curioso, delirante, a medio camino entre la novela y el drama, distópico y antiutópico. Los seres humanos están abandonados a su suerte en un mundo donde la compasión no existe, las balas llueven juntos con los engaños, las promesas y las ilusiones. Cualquier semejanza con nuestro mundo ultra neoliberal es mera casualidad.
El planeta está devastado por un conflicto múltiple donde se mezclan diversas hecatombes: naturales como el calentamiento global, plagas, militares insurgentes, guerras, dictaduras, ineficacia, extinción de animales, hambres y carencias de todo tipo (vivienda, alimento, agua, servicios). Impera con precariedad un estado jibarizado, burocrático corrupto e ineficaz. Los sobrevivientes vagan por los restos de la ciudad en busca de comida, bebida y refugio: sus máximas aspiraciones en esta era de inseguridad extrema. Cada hora puede ser la última: esa la única regla clara. Se vive en el estrecho margen que existe entre el momento de tu maldito y fortuito alumbramiento, al instante en que la guadaña de la Parca siegue el hilo de tu vida precaria.
¿Cuál es la realidad y cuál la representación dramática en esta obra que tiene mucho sabor a Ionesco? Este es la tensión a partir de la cual se construye la trama. Una pareja de jóvenes actores -Carlos y Claudia- ha logrado sobrevivir al holocausto y lucha para prologar su existencia amenazada constantemente. La relación entre ellos es compleja y distante, ya casi no los liga el amor, sino la necesidad de un compañero de viaje que le brinde alguna protección que nadie más ofrecerá.
En ese camino conocen a una misteriosa pareja de ancianos, nominados absurda y grotescamente Didi y Gogo, ambos privilegiados millonarios, uno de ellos, dramaturgo, que reclutan a Claudia y Carlos como actores para una obra de teatro cuyo texto les entregan. Les proporcionarán abundantes medios de subsistencia para que puedan montarla, habitando en el barrio cívico, un sector prohibido por el gobierno. Que los ancianos benefactores tengan acceso a esa zona los hace sospechosos de ser cómplices del régimen; sin embargo la tentación del acceso a tales privilegios resulta irresistible para los jóvenes actores, que venderían su alma al diablo con tal de gozar de tales privilegios, inimaginables en el apocalipsis dominante.
Mientras van montando la obra a través de los cinco actos de la novela, los lectores percibimos como el mundo continúa su acelerada decadencia. Las asonadas represivas y los disparos arrecian, junto con las fiscalizaciones absurdas y obsesivas del edificio donde se alojan por concesión de los ancianos. En los sótanos de la edificación, una zona de difícil acceso, habitan seres ignotos, no sabemos sin monstruos, refugiados o disidentes.
En la obra teatral, Claudia representa el rol de una enfermera en un hospital y Carlos el de un corrupto funcionario del estado. Los viejos desempeñan papeles de burócratas autoritarios y persecutores del estado. Así se va desarrollando una tensión progresiva que deviene en decadencia, sin que el rumbo de las cosas tome en ningún momento una inflexión de mejora, metáfora de la crisis que vivimos en el mundo real. En ese sentido se trata de una distopía que se asemeja demasiado a nuestra realidad. Aquí vemos asimilando el título de la obra: la violencia de las horas. La brutalidad aumenta continuamente impulsada por la connivencia entre los ricos y el poder represor estatal.
Así la novela nos representa un mundo en cuyas tinieblas reconocemos las lúgubres prácticas de la cruenta y extensa dictadura pinochetista y el oscuro periodo de la pandemia del Corona Virus.
El tono dramático de esta obra distópica nos hace rememorar la creación teatral de Juan Radrigán por su cruda y descarnada denuncia social. Max Valdés nos ofrece esta alegoría distópica que nos hace reflexionar profundamente sobre la clase de oscuro destino que estamos fraguando los seres humanos para el planeta y, por ende, para nosotros mismos.
La violencia de las horas, novela, editorial Vicio Impune, 2025, 126 pp
