Para hablar de violencia en Chile y comprender su verdadera magnitud, primero es imperativo detenernos a reflexionar y hacernos las siguientes preguntas:
¿No es violencia el sistema económico imperante en Chile?
¿No es violencia la desigualdad?
¿No es violencia la injusticia?
¿No es violencia aplicar la subida del precio del petróleo a la gente?
¿No es violencia la marginación y la marginalidad?
¿No es violencia la pobreza?
¿No es violencia los indultos?
¿No es violencia la baja de impuestos a la gran empresa de 27% a 23%?
¿No es violencia echar a una persona de su puesto de trabajo estando enferma de cáncer?
¿No es violencia que adultos mayores con dolores óseos y enfermos tengan que trabajar para poder llevar comida a casa?
¿No es violencia los "cómplices silenciosos" de los partidos de derecha que siguen haciendo genuflexiones ante la feroz y malvada dictadura en Chile, que dejó miles de desaparecidos?
Siempre he estado en contra de la violencia en todas sus formas. Mi visión se inspira en la figura del expresidente Salvador Allende, quien sigue siendo, hasta el día de hoy, un símbolo de los más altos niveles de democracia; una democracia entendida en su sentido más puro: gobernar para los más, en función de esos más. Su papel en el gobierno de la Unidad Popular fue de tal magnitud que los líderes mundiales más reconocidos le dedicaban horas de estudio. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a una tergiversación del concepto de violencia, utilizada como arma arrojadiza por quienes históricamente han defendido un sistema que la perpetúa desde sus cimientos.
De un tiempo a esta parte, resulta evidente que la imagen proyectada por los partidos de derecha —como el Partido Republicano, la UDI y Renovación Nacional— no es el simple resultado de un error de juicio político. Es, más bien, el reflejo de una profunda incapacidad psicológica para reconocer su propio aislamiento frente a la sociedad civil. Esto es especialmente notorio cuando su "ideal" se reduce meramente a formas de administrar el poder. Estos sectores acusan a los partidos progresistas de "ideologizar todo", mientras ellos se erigen como los perpetuos defensores de un sistema donde solo les importa la economía política, no la política económica. Acusan de violencia a todo aquel que reclama por sus derechos en paz, porque ellos solo necesitan apoyarse en la inercia del sistema para mantener sus privilegios.
Un claro ejemplo es José Antonio Kast, a quien gobernar se le dibuja como una tarea fácil. Basa su ideología en un supuesto "programa de emergencia" que, en la práctica, carece de sustancia real. Kast parece creer que ha recibido un mandato para aplicar un gobierno de shock neoliberal. Para ello, se rodea de personas novatas en política, fuera de los partidos tradicionales e ignorantes en administración pública, cuyo único mérito es ser incondicionalmente leales a él. Todo este proyecto se empuja desde un gesto severo, autoritario y con una nula sensibilidad social.
Las grietas de este modelo no son nuevas. Los saqueos ocurridos tras el gran terremoto dejaron en evidencia el precario vínculo entre las normas, las reglas, la conducta, la cultura y la naturaleza humana de nuestra gente. Fue un síntoma claro del manifiesto abandono por parte de los partidos políticos que, en la actualidad, siguen estando en deuda con el pueblo de Chile. Por ello, cuando las élites afirmaron que el "estallido social" les causó sorpresa, que "no lo vieron venir", demostraron un análisis profundamente equivocado. Demás está decir que ese 1% de ricos, los grandes empresarios y la clase que sustenta el poder en nuestro país, viven fuera de la realidad, ignorando por completo la vida de privaciones que respira y sufre el 85% de la población.
Pero para entender la violencia cotidiana que hoy azota a nuestros barrios, hay que mirar hacia atrás y comprender el espacio vacío que se generó a la fuerza. La violencia actual en nuestra sociedad se debe en gran medida al espacio que dejaron todos aquellos dirigentes sociales en las poblaciones. Aquellos hombres y mujeres que daban cuenta e informaban a los pobladores, que eran vistos como una verdadera "institucionalidad de Estado" al ayudar a dar solución a los problemas reales de la gente. Con la dictadura, todos esos dirigentes —comunistas, socialistas y de diversas fuerzas de izquierda— fueron perseguidos brutalmente, diezmando a las poblaciones de sus líderes naturales.
Hoy, ese espacio, esos terrenos de nadie que quedaron huérfanos de organización social y empatía estatal, los ha ocupado el narcotráfico, haciendo su voluntad. La verdadera violencia, por tanto, no nació ayer; lleva décadas administrándose desde los despachos, amparándose en la desigualdad, en miradas gélidas sin sensibilidad social y cristalizándose en el abandono crónico de los que menos tienen.
