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La violencia política hoy. Por Francisco Elgueta

Dentro de la clase oprimida, para muchos, la violencia es una expresión más de la cultura patriarcal que se pretende abolir, ergo, debe ser rechazada. Para otros, la violencia en todas sus formas es repudiable, ya sea por razones religiosas o humanistas. Como sea, se aprecia un cierto consenso de que se trata de algo negativo, a priori indeseable.

El problema se presenta cuando la clase opresora no sólo la ejerce sistemáticamente, sino que la emplea sin ningún remordimiento y total impunidad. Prueba de ello son las múltiples matanzas protagonizadas por el ejército o carabineros en contra del Pueblo chileno, persistentemente repetidas durante los dos siglos de historia republicana, o los centenares de muertos, desaparecidos, torturados, violados y mutilados de estas últimas semanas, como prueba más directa.

Entonces, mientras la clase opresora ejerce violencia política sistemática, (con financiamiento estable, entrenamiento y acceso a la adquisición, porte y uso de variados tipos de armas), la clase oprimida no puede pretender vencer con la sola fuerza de la razón, en una relación de sumo desigual.

Hasta el considerado santo y doctor de la iglesia católica, Tomás de Aquino, reconoce en su «Suma Teológica» el derecho a la rebelión en contra de gobiernos tiránicos, citando para ello el pasaje bíblico en que Jesús se rebela violentamente, y expulsa a latigazos a los comerciantes y cambistas del templo. Así también, lo reconoce explícitamente la “Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano” de 1793, e implícitamente en su preámbulo, la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” de 1948, suscrita por Chile. Pues bien, al hablar de violencia política desde la clase oprimida, uno de los problemas principales que se presenta, es el de precisar qué tipo de violencia es aceptable y cuál no lo es.

Cabe advertir al lector que en este artículo no se tratará acerca de la violencia política ejercida desde el Estado o desde la clase opresora. Definamos por violencia política (VP) a aquella que implica la selección de ciertas tácticas, en el contexto de una lucha dirigida desde una organización política, cuya estrategia es diseñada anteponiendo un interés, que podemos llamar colectivo, por sobre el individual, y optimizando sus recursos para la ejecución de acciones que puedan resultar útiles en el logro de sus objetivos, según la escala del conflicto.

De esta manera, las expresiones violentas espontáneas, aunque en ocasiones pueden servir a la persecución de fines políticos, por su visceralidad e irracionalidad son excluidas del término. Saber qué, cuándo, dónde y cómo hacer, es decir, la planificación racional y previa de una acción, es un requisito básico para hablar de VP.

Sin embargo es justo destacar un fenómeno que en el contexto actual, brilla cómo un baluarte en la lucha que se libra en concentraciones y manifestaciones, la “primera línea”. Cabe precisar que en términos objetivos, la primera línea no es un grupo organizado de gente, sino el espacio físico que se genera entre las fuerzas represivas y los manifestantes, lugar donde los jóvenes, predominantemente, ayudan a contener el avance de la policía. De esta manera, los jóvenes que luchan en la primera línea, logran extender la duración de la protesta. Desde un punto de vista subjetivo, la primera línea viene a ser una verdadera barricada humana, un escudo protector.

De esta forma, y a pesar de ser ésta una expresión espontánea, las personas que participan en la “primera línea” han contribuido a recuperar el sentido del uso de la VP, ganándose el respeto y admiración popular, lo que a su vez les ha permitido avanzar en su coordinación interna, elevando su actuar a la categoría de violencia política a pequeña escala, sin serla por esencia.

Por otro lado, es necesario distinguir a la VP de la delincuencia común. No toda expresión violenta es política per se al fragor de una revuelta popular, es más, parte importante de las expresiones que surgen en dicho contexto, como las que hemos visto estas semanas (planificadas o no), sirven más a intereses individuales que colectivos (por ejemplo los saqueos), como también están las que no sirviendo a intereses individuales, tampoco lo hacen a los intereses colectivos o incluso van en contra de éstos (como la quema de estaciones del metro). En síntesis, del análisis relativo a su finalidad directa, es necesario distinguir entre las conductas de aprovechamiento individual y las que poco o nada sirven a los intereses colectivos, de aquellas que constituyen VP propiamente tal.

Cabe puntualizar que la VP se ejerce en distintos niveles, no es comparable el contexto de una revolución armada, al de una protesta. Sin duda ambas tienen semejanzas, pero sobre todo grandes diferencias, la clave está en la escala del conflicto.

Por otro lado, y atendiendo a la reciente discusión que se ha suscitado, sobre todo en el mundo político a partir de los proyectos de ley anti saqueos, anti encapuchados y anti barridas, entre otros que ha presentado al congreso el ejecutivo, queda en claro que el tema de la violencia, enmarcada dentro de las manifestaciones desarrolladas estas semanas, representa un problema serio para el gobierno, a pesar de tener el lado ancho del embudo. Es que cuando el pueblo despierta, el establishment tiembla, pero ojo, no se debe olvidar el enorme poder y peligrosidad del enemigo. La ingenuidad es el peor amigo del pueblo.

Concluyendo:

1. Los hechos de violencia apreciados durante el estallido social, responden más a dinámicas propias del contexto que a acciones de violencia política propiamente tal. Esto, principalmente por la falta la planificación, dirección y ejecución a cargo de una o más organizaciones políticas. Punto aparte merece el análisis de una eventual estrategia vinculada a un proyecto político, al parecer, hoy inexistente.

2. Por último, se puede señalar que uno de los aprendizajes que se podría sacar de estas semanas de movilizaciones, y atendido el nivel de brutalidad con que las fuerzas represivas están actuando, es la necesidad imperiosa de que el pueblo se organice y tome conciencia, acerca de la urgencia de contar con una orgánica política que lo estructure, dote de un órgano encargado de defenderlo por la fuerza, si es necesario, y a la escala que las circunstancias concretas lo ameriten.

FRANCISCO ELGUETA
Diciembre 2019

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