Este año he presenciado dos escenas que no he podido sacar de mi mente. Dos momentos cotidianos, casi “comunes” en el Chile actual, pero profundamente reveladores del país que estamos construyendo, me permito reflexionar a propósito de estas próximas elecciones presidenciales y el tema de la delincuencia.
La primera ocurrió en pleno Paseo Puente. Un hombre roba, corre, lo atrapan las mismas personas que por allí circulan. Hasta ahí, nada que sorprenda a nadie. Pero lo siguiente sí debería conmovernos, varias personas lo reducen y, ya en el suelo, comienzan a golpearlo una y otra vez. No para detenerlo, no para resguardar nada, sino con furia, con rabia , con frustración y hasta con algo que parecía más bien gusto. Yo intervengo. No porque crea que no cometió un delito, sino porque en ningún país que aspire a la justicia puede considerarse legítimo que diez personas o más, golpeen a un cuerpo inmóvil. Bastaban segundos para que lo mataran.
¿Qué nos está pasando?
La segunda escena la viví este fin de semana en un supermercado. Un guardia golpeaba con una luma a un hombre que había robado cuatro quesos crema. Le dio en la cabeza con tal fuerza que la sangre corrió por el piso. Le pedí que se detuviera. No me escuchó. Le pegaba lumazos sin parar, no en el estómago, no en las piernas y mucho menos con el motivo de reducir y llamar a Carabineros. Le pegaba en la cabeza con tal violencia que pensé que lo mataría en el lugar. El hombre se fue tambaleando, con la cabeza cubierta de sangre, mientras los quesos robados quedaron teñidos de rojo en el piso del supermercado. Y la gente observaba en silencio, como si presenciar un posible homicidio fuera normal. Como si fuera merecido, solo con el argumento que es un delincuente y por ende lo merece. ¿Qué estamos haciendo tan mal?
No faltara algún señor o señora que mientras me lee pensara “claro, como no le están robando a ella” “ si la violaran a ella también querría pena de muerte” entre otras comunes expresiones, que se van al caso único, porque al parecer ¿así es más fácil vivir no? Pero detengamos a pensar un poco más, hay varios factores sociales implicados. Lo que yo vi, los que muchos ven a diario no es solo violencia, sino algo más profundo, un país que esta siendo fracturado por la desigualdad social, donde el resentimiento social se confunde con justicia y donde la precariedad se transforma en espectáculo.
Chile sigue siendo uno de los países más desiguales de la OCDE, su coeficiente de Gini ronda el 0,46–0,48, muy por encima de otros países del bloque, y el ingreso del 10 % más rico es 19 veces el del 10 % más pobre, según informes recientes de la OCDE. Esa brecha no es solo un número, es una experiencia vital. Es la sensación de que para algunos todo está garantizado y para otros nada lo está. Es el caldo de cultivo perfecto para justificar la violencia como desahogo.
La desigualdad también opera en las oportunidades. La misma OCDE advierte que en Chile “ciertas ventajas y desventajas económicas se heredan”, lo que significa que no todos parten desde el mismo punto y que la movilidad social es mucho más limitada de lo que el discurso meritocrático promete. UNICEF, en su último informe SITAN 2025, confirma que las brechas educativas entre estudiantes de diferentes estratos son profundas y persistentes. Lo mismo ocurre en la segregación territorial, investigaciones recientes muestran que Santiago está marcado por fronteras sociales invisibles, donde el origen determina el acceso a salud, educación, seguridad y empleo. Hagan el ejercicio de tomar una micro desde una periferia de Santiago hasta el barrio alto y viceversa. Es un buen ejercicio.
A esto se suma la informalidad laboral, el sistema de Naciones Unidas reportó para 2024 una tasa de informalidad del 26,4 %. Eso no solo implica ingresos inestables, sino vivir sin colchón, sin red, sin margen para sobrellevar un imprevisto. En ese escenario, robar comida puede no ser una elección, sino una salida desesperada.
Pero estas cifras explican solo una parte. La otra es cultural, la tolerancia creciente al castigo público. Estamos viendo cómo la impotencia social se transforma en violencia desbordada, donde cualquiera puede convertirse en juez, policía y verdugo. Se instala la idea de que quien delinque deja de ser persona, que su dolor no importa, que su vida vale menos. Y algo muy peligroso sucede cuando esa lógica se naturaliza, se abre la puerta para justificar cualquier forma de crueldad.
Yo intervine en esas dos escenas. No porque sea valiente. No porque sea ingenua o que defienda personas que delinquen, Intervine porque me aterra pensar que Chile sea un país, que de vuelta la cara, donde nos hagamos los lesos, donde el otro no importe. La línea que separa la convivencia democrática de la venganza es frágil, y hoy la estamos borrando de a poco con cada discurso público de “Bala o Cárcel”, claramente es imperante realizar acciones en torno a la seguridad ciudadana, pero no nos podemos ir solo a los efectos, hay muchas causas que revisar y analizar.
Las sociedades que eligen la violencia como forma de control no se vuelven más seguras. Se vuelven más rotas. Y aunque cueste verlo en medio del miedo, aún estamos a tiempo de elegir otro camino, uno que entienda que la justicia no puede ser reemplazada por la furia, y que la dignidad humana no puede depender de lo que alguien tenga en los bolsillos, del barrio donde nació o del número de quesos crema que intentó llevarse.
Comienzo reflexionar sobre las causas estructurales, sobre como fortalecer el sistema judicial, pensar de forma preventiva también, o ¿para qué sirven las cárceles? ¿Cuáles son sus objetivos? ¿Hablamos de reinserción? ¿Cómo lo hacemos? ¿no esta funcionando?, son varios temas que desglosar, pero no podemos perder el foco del respeto de los Derechos Humanos. Y aunque no lo parezca, aún estamos a tiempo de elegir de qué lado queremos estar. No basta solo con hablar de “mano dura”, no se puede pretender solo justicia penal, cuando nos negamos a hablar de justicia social. Sino miremos el ejemplo de EEUU, con armas al acceso de cualquiera y los horrores que ello a permitido.
Valentina Elisa Hernández Segura
Trabajadora Social
Mg Intervención Social Mención Familia
Académica Universitaria
