"La propensión del hombre
a mezclar sus fantasías y proyecciones,
sus deseos y designios,
sus abstracciones e ideologías,
con los hechos comunes
de la experiencia diaria
se convirtieron (...)
en importantes fuentes
para su inmensa creatividad"
(L. Mumford. El mito de la máquina)
Ya estamos en los meses de vendimias momento fundamental para la viticultura dado que se produce la maduración de la fruta y su cosecha para la elaboración y/o la creación de los vinos. Somos un país productor de mostos y poseemos algún rasgo de identidad cultural al respecto, a veces nos autocomprendemos como conocedores, por cierto sin mucha coherencia responsable de esto, aunque incluso de lejos, desde otros países se cree que así es.
Lo cierto es que Chile tiene una larga historia que data desde la Colonia y que se mantiene activa hasta nuestro días. Hay hechos que varios historiadores han relevado, principalmente desde investigaciones de archivos que vienen siendo publicadas con bastante interés en los últimos años. Sin embargo, el vino no sólo posee un valor histórico, esto no es tan relevante frente a la significación cultural que éste tiene. Es un terreno fértil el espacio de debates y consensos que se pueden ir colocando en el espacio público.
Para esto son útiles algunas metáforas y relatos que recurran a distintos lenguajes posibles para revitalizar la pertinencia retórica que ayude a una comprensión del valor de este producto que colabora a una visión de lo que somos.
Habitualmente hablamos en sentido general, extendiendo esa creencia de que el vino chileno es bueno. Algunos justifican desde este prejuicio la seudo convicción de que el vino chileno es excelente en comparación a los vinos de otros países productores, el cual a la vez sería de bajo costo para el consumidor, y que por lo tanto podemos beber cualquier cosa que se nos presente en la mesa. Podemos preguntarnos, es esto suficiente para justificar la calidad de nuestros vinos.
Otro criterio de determinación sobre la bondad del vino se remite al criterio del gusto, aquí confluyen vías diversas, por ejemplo su sabor, sus aromas, llevándonos a terrenos estéticos o simplemente gastronómicos. Aquí la cosa es compleja, cómo determinar objetivamente lo que es bueno desde experiencias determinadas por nuestro sentido. Varias de las comprensiones actuales sobre este producto tratar de dar justificaciones desde estos ámbitos.
El punto que aquí comparto se diferencia de los criterios anteriores, sin la pretensión de instalar una visión dogmática, que me parece de momento innecesaria. Quiero pensar que el vino es un producto de la cultura humana y que en nuestro territorio tenemos distintos tipos que no pueden ser comparados entre sí. En ellos creo que hay visiones radicales que los oponen, entre unos y otros, marcando una diferencia sustantiva en el producto. Reflexiones de este tipo requieren de un escenario discursivo que lamentablemente aún no poseemos.
Quiero ilustrar este planteamiento para la diferenciación, siguiendo una reflexión anterior que señalé sobre la tensión existente entre el "criollismo" y el "modernismo", a lo que Edgar Carter me sugería la visualización más que sería la posmoderna.
La cuestión que quiero ahora dejar referida es de orden más bien antropológico cultural, permitiéndome una clasificación en la cual se podría ir haciendo un listado sobre el tipo de vino que se busca producir, yendo desde elaboraciones convencionales hacias las más creativas se presenta esta somera clasificación.
Las primeras serían las elaboraciones que siguen prácticas que aluden a una concepción evolutiva en la cual la comprensión obedece al modelo del homo faber que puede verse como una simple aplicación de un método técnico que puede ir variando junto a los procesos tecnológicos (podemos sospechar de vinos hechos por IA). Una superación a este simple método se enmarcaría en una comprensión que podríamos señalar como la del homo sapiens que a la simple aplicación técnica se le amplía con teorías, es decir tomando conciencia de mayores recursos enológicos. Finalmente, otro modelo comprensivo nos permite recurrir a la imagen del homo ludens, acá la creación adquiere la libertad del juego abriendo espacio a la incertidumbre aportando la aparición de lo genuino.
Volviendo a Mumford que cité al comienzo de esta columna, planteo que antes de ser homo faber y homo sapiens fuimos homo ludens. Parte de nuestro ser sigue manteniendo esta convicción, cuestión que explica la fascinación por lo mistérico o el alivio que puede provocar, en ocasiones, la manifestación de nuestra irracioanalidad. Nuestros productos y creaciones adquieren un fundamento cultural que no tendría que parecernos ajeno, ni menos censurable. El vino chileno desde una perspectiva posmoderna presenta distintos fragmentos para fortalecer una interpretación identitaria en su búsqueda de destino.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra
