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Las cajas del hambre llenas de ideología. Por Jaime Vieyra-Poseck

Las ideologías no están de moda. Es más, están desprestigiadas; tanto que cuando se quiere desacreditar un hecho o un argumento, se dice que está “ideologizado”. La paradoja es que este postulado es una ideología de la anti-ideología.

La realidad es que todo lo que hacemos y decimos, de hecho, todo lo que somos no podría ser sin tener ―consciente o inconscientemente― una ideología. El Diccionario del Español Jurídico de la REA, define este término como: “Conjunto de ideas sobre la realidad social, política, cultural, económica, religiosa, etc., que pretende la conservación del sistema (ideologías conservadoras), su transformación (que puede ser radical y súbita, revolucionaria o paulatina -ideologías reformistas-) o la restauración de un sistema previamente existente (ideologías reaccionarias”).

Las ideologías están definiendo cómo se gestiona la pandemia y trasluciendo las estructuras socioeconómicas de los países. En Chile, el control de la pandemia es en la práctica inviable por la desigualdad estructural que margina del desarrollo económico a las grandes mayorías. El confinamiento total en Santiago, de 6 millones de habitantes, es impracticable para un 40% de la población porque deben salir cada día a ganarse el pan para el día siguiente. Así lo verifican dos estudios sobre la diferencia de movilidad de la población en la cuarentena según en qué comuna viven. La Fundación Ciencia & Vida y el Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV), del 7 de junio, muestra que en las comunas de menos recursos la movilidad es desde un 71% hasta un 93%; mientras en la de más ingresos llegan a un máximo de 38,80%. El estudio del Instituto de Sistemas Complejos de Ingeniería (ISCI) de la Universidad de Chile, ya había entregado las mismas conclusiones. La desigualdad social se reproduce en la lucha contra la pandemia. La sorprendente declaración del que está dirigiendo la gestión de la pandemia, el ministro de Salud, Jaime Mañalich, afirmando que desconocía las condiciones de pobreza que tiene Santiago, ilustra a la perfección el encapsulamiento de la élite en el gobierno dentro de una enajenación impermeable por sus tan enormes como obscenos privilegios a expensas de la pobreza de gran parte de la población.

Después de manifestaciones en estas comunas pidiendo ayuda para sostener la cuarentena, la canasta del hambre fue la solución de la Administración ultraconservadora, convirtiéndose en la máxima expresión de una ideología que ve a los pobres como un fenómeno innato a la condición humana; una masa manipulable culpable de ser pobre y que sólo se puede ayudar con la caridad: una canasta con víveres para que sobrevivan la pandemia y continúen después bajo o en el filo de la pobreza (muchos, teniendo trabajo). La caridad como política pública del Estado. Además, han entregado la canasta del hambre con una puesta en escena mediática tan grotesca como indecente con un único afán: que Sebastián Piñera suba en las encuestas. Así se indica en un instructivo que se ha filtrado indicando al detalle la coreografía y el relato para posesionarle como el principal “caritativo” de una operación con recursos públicos. La caridad, como bien lo saben los que la reparten, sólo alimenta el problema estructural, nunca lo soluciona. La ideología ultraconservadora chilena ve la pobreza sistémica como la forma natural para mantener los enormes privilegios de una élite ―un 1,05% en Chile― que se lleva el 54% de las ganancias totales del país.

La ecuación de esta ideología ultrareaccionaria es que para que haya caridad debe haber pobres, y para que haya pobres debe haber injusticia social, y para que haya injusticia social debe haber una ideología dominante que construye legal y conscientemente una sociedad donde la injusticia social es la base para la mantención y perpetuación de los privilegios de una minoría. Con la pandemia se traslucen las consecuencias de la injusticia social estructural que padece Chile: está matando mucha más gente en las poblaciones de menos ingresos.

Las ideologías no sólo no han terminado, sino que el mundo se mueve con la ideología ortodoxa del ultraneoliberalismo, sostenido con la ideología de la antiideología, cuyos postulados permite el libre albedrío del mercado como paradigma dogmático; mercantiliza los derechos económicos y sociales; es anti justicia social irredenta; destruye el Estado social como garante del bien común transformándolo en una institución sólo defensora de intereses corporativistas, y alienta un individualismo absolutista que atomiza el tejido social. Esta ideología socioeconómica ultraconservadora que, si es bien es cierto saca de la pobreza dura a millones de personas y cree la mayor acumulación de riqueza en la historia en una élite instaurando unas desigualdades socioeconómicas sin precedentes, ha producido a caballo de la desigualdad social, una regresión ideológica protofascista instalando en el poder a sus principales representantes, Donald Trump, en EE.UU. y Jair Bolsonaro, en Brasil; “la esperanza” de ese país, según Sebastián Piñera y amigo ilustre del principal partido de su gobierno.

La canasta del hambre en medio del drama de las tres mega crisis ―sanitaria, económica y social― ha terminado consagrándose en la metáfora trágica del sistema; llena no sólo con la ideología ultraconservadora de la exclusión socioeconómica, sino también desbordada de insoportable inmoralidad política.

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