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Las crisis y Edgar Morin. Por Nicolás Gómez Núñez

Llegué a comprender el diagnóstico de Edgar Morin mediante el uso de los contenidos del libro: “Breve historia de la barbarie en Occidente”, porque me permitió hilvanar las rutinas de una mujer que se había legalizado como microempresaria y que podía atribuirse un don: “no sé si llamarlo don, sé qué es, en el que tú puedes estar cociendo y, a la vez, estás dictando el abecedario, por el otro lado, etiquetando, y vamos respondiendo historia, el sistema solar y, al otro lado, tienes la olla puesta, y que no se te pase la comida”, decía ella en una entrevista.

Esa sociedad hiperdiponible que se encuentra en Chile y en Latinoamérica, había causado estragos en las categorías de los investigadores, incluyendo a Enrique de la Garza con el cual quedaron pendiente conversaciones e intercambios de libros, porque terminó imponiéndose el desempeño múltiple que explica las trayectorias en esta parte del mundo, donde lo marginal se vuelve central en las teorías y la informalidad es clave para demostrar la eficiencia y viabilidad de un plan de negocio de una gran empresa.

Pero esa situación tiene otra cara, el uso de zoplicona. Para entender hay que seguir las pistas de otras disciplinas. Esa manera ecléctica de conducir el método también la confirmé al leer a Morin. Según el Instituto de Salud Pública de Chile (ISP), cada año se venden más de dos millones ochocientas mil cajas de zoplicona, por lo cual, está en la sexta posición de medicamentos consumidos por el mercado.

Y el mercado es gente común y corriente que debe tener un sueño inducido, son mujeres que están criando a sus hijos, que no volvieron a gozar del sueño de antaño profundo y pacífico. Ahora es un estado latente de alerta, no es un “dormir limpio, que tú despiertes con esta sensación de descanso”, como leí en un registro de campo.

Y ahí estaba el concepto de policrisis de Morin, se trata de un estado creado por el modelo de sociedad en el que vivimos, el cual dibuja un escenario donde se relacionan múltiples crisis que degradan las condiciones donde se reproduce la vida. Este fenómeno desarticula las organizaciones que sostienen simbólicamente la convivencia, provoca fracturas en la vida cotidiana y exclusión de los procesos de participación política.

Más aún, cuando a la fuerza se han unificado los diversos mundos en una única manera de habitar, o de sobrevivir, y el cuerpo biológico lo resiente. Entonces, nos damos cuenta que hay sabiduría en esa composición de músculos, sangre y huesos que invita a pensar que está mal, que no es natural aspirar a un crecimiento indefinido, a trabajar más horas de las sensatas y a competir despiadadamente. Frente a este escenario, los estudios sobre comunidades cívicas destacan la importancia de las redes de cooperación que permiten la participación activa en los asuntos públicos, y la relevancia de las acciones colectivas que resignifican los errores, limitan los privilegios y regulan los excesos. Edgar Morin deja un legado inquietante, un aspecto destacable es que no hizo silencio cuando tuvo los datos en sus manos, así su vida vuelve sobre la misma certeza: la ciencia devela la barbarie y es la única herramienta que nos saca de la ignorancia.

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Nicolás Gómez Núñez, académico e investigador de la Carrera de Sociología, Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones, Universidad Central de Chile

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Federica Matta

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