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¿Las izquierdas sin argumentos? Por Adolfo Estrella

Los progresivos triunfos electorales en los últimos años de la extrema derecha en Chile y el simultáneo declive de todas las otras opciones políticas, exige ser leído más allá de los datos de las votaciones, so pena de repetir análisis sin energía interpretativa. Es imprescindible, analizar signos y no simples “señales” y proponer elementos de contexto. En este sentido, estos triunfos debemos entenderlos, en primer lugar, para salir del provincianismo analítico, como expresiones de un fenómeno mundial de persistente ascenso autoritario (con muchas variantes locales) y, en segundo lugar, como los síntomas de tendencias largas, de olas político-ideológicas que vienen acompañando y, al mismo tiempo, produciendo transformaciones de fondo del capitalismo en su fase neoliberal.

Es preciso reflexionar acerca de la situación de las izquierdas en Chile, en el contexto de la hegemonía del neoliberalismo globalizado, convertido en la “nueva razón del mundo”, según la expresión de Pierre Dardot y Christian Laval y de la restauración conservadora en marcha aquí en Chile. Porque es en este escenario donde el discurso, la ética y la organización de las izquierdas han perdido capacidad de conexión y convocatoria en sociedades descreídas, recelosas y ambivalentes con “la política”, pero cada vez más seducidas por los discursos y liderazgos de la extrema derecha. En particular, resulta dramático comprobar cómo la presencia de las izquierdas en los espacios antes llamados populares, es prácticamente inexistente. Poca duda puede caber acerca de la debacle de aquello que, en algún momento, se llamó “la izquierda” o “las izquierdas”. Con todas sus virtudes y todos sus defectos, éstas constituían un cuerpo doctrinario que, a pesar de su alta heterogeneidad interna, poseían una identidad y un proyecto de transformaciones sociales deseables y plausibles. Sin embargo, hoy por hoy, en todo el mundo es evidente que las izquierdas carecen de argumentos para convocarse a sí mismas y convocar a aquellos que supuestamente deberían conmoverse, sentirse identificados y movilizarse.

Los populismos autoritarios y los fascismos remozados llevan décadas llenando los huecos que en la sociedad van dejando vacíos las izquierdas en debilitadas, como dramáticamente lo comprobamos en Chile el domingo 7 de mayo. Incluso estos populismos y neofascismos se han apropiado de la rebeldía y de la épica de unas izquierdas abúlicas, tal como acertadamente señala Pablo Stefanoni. “Para algunos jóvenes, ser de derecha hoy es algo rebelde y cool”. Nos enfrentamos a la paradoja de que el voto a la ultraderecha es, a la vez, crítico al sistema y conservador de las estructuras de desigualdad. Las derechas extremas recogen los resentimientos y recelos de poblaciones asustadas y frustradas por el incumplimiento de las promesas de ascenso social, pero no expresan deseos emancipatorios e igualitarios universales.

Esta situación ha dejado a las izquierdas, a sus intelectuales y a sus organizaciones, desconcertadas, perplejas e impotentes. Sería relativamente fácil decir que las izquierdas, en esta segunda década del siglo XXI, todavía tienen buenas razones, pero no tienen buenos argumentos para convencer de sus razones. Es decir, que se trataría de sólo de un problema de comunicación, de estrategia, o de falta de un buen “relato” como se repite ahora, para restablecer los vínculos dañados y emplazar a la acción a las sociedades supuestamente devastadas por las políticas neoliberales.

Pero, la cosa es más complicada pues para una parte importante de la ciudadanía, las mismas razones de las izquierdas, la igualdad principalmente, no tienen el valor que en su momento tuvieron, ni sus actores (individuos, partidos, sindicatos...) legitimidad para esgrimirlas. El problema sería, entonces, más ético que narrativo, más axiológico que comunicacional, más de sentido de la política que de técnica persuasiva.

Debilitamiento

Al parecer, es la misma “razón de la igualdad”, núcleo identitario y programático de las izquierdas, desde su nacimiento como fuerza política a mediados del siglo IXX europeos, lo que ahora está debilitado o desaparecido, según como se quiera ver. La “causa” y el proyecto de la igualdad ha perdido relevancia colectiva. No interesa proclamar la igualdad con otros a los cuales no se valora o, directamente, se desprecia. Interesa más diferenciarse de los más próximos, “comprando desigualdad”, por ejemplo, en el sistema educativo, que imaginar y propugnar una sociedad más igualitaria. La igualdad se reduce a mis iguales particulares no a los iguales universales. Al no haber una utopía de la igualdad universal posible el presente se ha vaciado de deseo emancipatorio. En el presente no hay ninguna prefiguración de un futuro distinto, libre, fraterno e igualitario.

La razón ética de la igualdad, entendida como la igual consideración y respeto de los ciudadanos en todos los ámbitos de la vida social, a todas luces está muy debilitada como sentido común. Para una parte importante de la ciudadanía, no es tan obvio, que seamos todos iguales en consideración y respeto. Hay una evidente atenuación o incluso desaparición del universalismo de la igualdad.

Creemos que hay varios factores, muy vinculados entre sí, que se correlacionan con esta devaluación de la igualdad y la preferencia por la desigualdad, según la expresión de François Dubet. Señalemos algunos de ellos: a) el impacto de una movilidad ascendente real, al modo neoliberal; b) aceptación de la doctrina liberal de la “igualdad de oportunidades”; c) la imposibilidad de no ser neoliberal; d) la pérdida de credibilidad de las “argumentaciones largas”; e) deslegitimación de las organizaciones de izquierda por su compromiso con las políticas neoliberales.

a) Movilidad ascendente al modo neoliberal El capitalismo neoliberal de las últimas décadas a través del aumento del consumo, de la oferta de créditos, de la creación de mercados educativos, de la expansión tecnológica etc. produjo en un importante desplazamiento “hacia arriba” en las pirámides sociales en muchos países entre ellos, y modélicamente, Chile. Efectivamente, “salieron de la pobreza” segmentos importantes de la población. Sin embargo, estos recorridos de salida siempre fueron frágiles, intermitentes, efímeros; siempre estuvieron y están amenazados por nuevos descensos. Las promesas nunca se cumplieron, nunca se ha podido llegar a un punto de estabilidad y tranquilidad social, existencial y psicológica. Esto ha creado poblaciones endeudadas, temerosas e insatisfechas y en cuyo comportamiento social y político se mezcla resentimiento con rebeldía, recelo con solidaridad, particularismo con universalismo, presencia y ausencia del espacio político. Esta lógica de la movilidad ascendente es estructural, no depende sólo de la voluntad y motivación de los actores sociales: intentar ascender es la única manera de no descender. La imagen es la de individuos tratando de subir en sentido contrario en una escalera mecánica que siempre empuja hacia abajo. Detenerse significa descender, perder lo mucho o poco logrado, no permanecer en un lugar estable.

b) aceptación e incorporación de la doctrina liberal de la “igualdad de oportunidades” Para las izquierdas, llamémoslas tradicionales, la justicia social se expresaba como igualdad de posiciones sociales que es lo propio de una justicia social “socialista”, en sentido amplio. Esto significa una reducción de las distancias entre los lugares que los sujetos ocupan en la estructura social. Se trata, afirma Francoise Dubet, de “reducir las desigualdades de los ingresos, de las condiciones, de vida de los accesos a los servicios, de la seguridad”. El objetivo es que las “distintas posiciones sociales estén, en la estructura social, más próximas las unas de las otras, a costa de que la movilidad social de los individuos no es ya una prioridad”. Sólo durante las postrimerías del siglo veinte las izquierdas adoptaron el enfoque de la “igualdad de oportunidades” que es el propio de una justicia social liberal, también en sentido amplio. La igualdad de oportunidades afirma que quiere “igualar la cancha” pero manteniendo la estructura piramidal, es decir, desigual, de la sociedad. No pretende disminuir las distancias sociales, sino de promover la movilidad mejorando las condiciones de partida. La incorporación de la ideología de igualdad de oportunidades ha contribuido a desdibujar la identidad de las izquierdas, cuyo campo valórico y programático desde su nacimiento estuvo asociado a la igualdad de posiciones.

c) imposiblidad de no ser neoliberal La lógica de movilidad ascendente, es estructural, no se puede sino seguir sus imperativos. No es una cuestión de opción. No se puede dejar de ser neoliberal dentro de estructuras sociales neoliberales. Y esta lógica es siempre desigualitaria, se sostiene por una psicología y una ética individualistas que “naturalmente” presiona hacia lo no solidario. Es imposible escapar del cálculo egoísta y de las lógicas disyuntivas, yo o tú, dentro de estructuras competitivas. Domina una subjetividad neoliberal que incluye lógicas de permanente diferenciación y jerarquización en relación a otros, abundantes, visibles y cercanos, a los que se les asignan marcas de clase negativas y peligrosas: flaites, inmigrantes, delincuentes...Las viejas solidaridades de clase están rotas. La figura social que encarna la narrativa de las oportunidades y, al mismo tiempo las frustraciones del ascenso social, es la del emprendedor, versión actualizada del self made man y componente central de la gran masa del precariado mayoritario en nuestras sociedades. d) la pérdida de credibilidad de las “argumentaciones largas”.

La argumentación clásica de las izquierdas para proponer su proyecto emancipatorio se asentaba, por una parte, en la crítica a la desigualdad y, por lo tanto, la propuesta de una utopía de la igualdad y, por otra parte, en una argumentación “larga”, de contexto, que explicaba las causas de esa desigualdad y los modos políticos, culturales y económicos de hacerle frente. La crítica a la desigualdad afirmaba que esta estaba en la base de todas las injusticias, discriminaciones, segregaciones y explotaciones que sufría la mayoría de la población. Sobre la crítica a la desigualdad se construyó una épica, una ética e, incluso una estética, que justificaba y sostenía la acción de un segmento social que encarnaba los deseos de emancipación de todos los desposeídos. Esta utopía de la igualdad universal en la actualidad no está presente en poblaciones presionadas por la movilidad ascendente y condenadas a competir por los pocos espacios disponibles en las diferentes pirámides sociales. La desigualdad percibida y experimentada, es distinta a las antiguas discriminaciones y a las antiguas injusticias: tiene que ver mucho más con “hacia arriba” (los altos sueldos de algunos) más que con lo que veo “hacia abajo” (los pobres tienen bajos sueldos, pero reciben subsidios etc.) Mi indignación es porque con mucho esfuerzo gano quinientos mil pesos, mi jefe gana cinco o más millones y los parlamentarios quince, y no porque otros ganen trescientos mil o menos. Por otra parte, la crítica a la desigualdad y a los problemas sociales que estaba basada en “argumentaciones largas”, de contexto. Por ejemplo, la delincuencia se explicaba por la falta de educación, la marginación urbana, la desestructuración de las familias, la falta de capital social y otros factores. Y se disponía de los datos presentes e históricos que avalaban estas argumentaciones largas. En la actualidad, estas argumentaciones no quieren ser escuchadas por una ciudadanía que sólo prestan oídos a “argumentaciones cortas”, simples, simplistas, incluso, pero efectivas. El problema es que una parte importante de las izquierdas ha asumido estas argumentaciones cortas contribuyendo aún más de desdibujar su identidad. Por ejemplo: se afirma que la delincuencia es un resultado de las motivaciones y decisiones que derivan en malos comportamientos individuales de los sujetos. No hay delincuencia, hay delincuentes. Y estos son mayoritariamente extranjeros. Y las soluciones están claras: encarcelamiento y refuerzo de la legislación punitiva. Todo esto contribuye a intensificar una cultura del miedo de muy difícil desactivación. Esta hipertrofia de la inseguridad, llamada “securatismo” presiona para desmoronar el triángulo republicano (libertad, igualdad y fraternidad) haciendo de la seguridad el centro de las preocupaciones sociales. Incluso cunde el silencio y la servidumbre voluntaria frente las paulatinas restricciones de las libertades para reducir una inseguridad que el mismo sistema ha producido a lo largo de décadas. El securatismo es una ideología que simplifica al máximo la explicación sobre las tensiones y problema sociales y fuerza a las sociedades a renunciar a la libertad a cambio de una seguridad siempre ficticia.

e) deslegitimación de las organizaciones de izquierda, por su compromiso con las políticas neoliberales Un parte importante de las izquierdas, en particular las de referentes socialdemócrata, pero también un segmento relevante de las otrora autodefinidas como “revolucionarias”, han sido eficaces gestoras de la implantación del neoliberalismo como modo de existencia social durante los últimos treinta años. Sus victorias en las disputas por el centro les permitieron ganar gobiernos desde los años noventa (Clinton, Blair, la Concertación en Chile...) pero a costa de desdibujarse ideológicamente y pasar a ser considerada como parte del problema y no de la solución. Por esa identificación con el neoliberalismo y el no cumplimiento de sus promesas de ascenso social no es de extrañar que hayan sido vistas como parte del establishement y sean objeto de impugnaciones y rebeldías. Estas izquierdas han sido consideradas dominantes, castigadoras, excluyentes y administradoras de lo políticamente correcto, no como expresiones de proyectos emancipadores. Una consecuencia directa de la ideología del securatismo es el desplazamiento de las viejas oposiciones verticales, de clase, entre ricos y pobres, dominantes y dominados etc. en desplazamientos horizontales: ciudadanos honestos vs delincuentes. Se modifica sustancialmente el ellos/ nosotros quedando las izquierdas desprovistas de anclajes sociales donde asentar su antiguo proyecto igualitario.

f) aparición de otras formas sociales de grupalidad y solidaridades “híbridas” Sin embargo, a pesar del individualismo reinante, aparecen en espacio popular formas de organización social híbridas y perversas que responder a los deseos de acogida y protección comunitaria. Las llamadas “tomas VIP” ejemplifican el debilitamiento y la deslegitimación del poder estatal en lo relativo al control de los territorios, y la penetración de otros poderes, como el narcotráfico, en los sectores antes llamados “populares”. Así como el comercio informal creciente muestra la emergencia de microeconomías populares dentro de un “neoliberalismo desde abajo”, según la expresión de Verónica Gago y que requiere de otras claves de interpretación. Cada vez más se consolidan zonas sociales “oscuras” desprotegidas y libradas a su suerte en un escenario de gran debilidad del tejido social. Las antiguas organizaciones populares se encuentran muy debilitadas y compiten con formas de organización también “desde abajo” pero mercantiles y/o delictivas que ofrecen soluciones rápidas a necesidades imperiosas. Las izquierdas y sus organizaciones políticas han desaparecido de esos espacios o sobreviven como simples remedos de lo que alguna vez fueron o quisieron ser.

Todo lo anterior dibuja un escenario trágico para las izquierdas e incluso para la propia causa humana y no hay recetas fáciles para salir de aquí. Pero la primera acción para salir de un agujero es dejar de cavar, dice el aforismo Zen, que en este caso significa dejar de ser comparsa de políticas, discursos y actores políticos que no tienen nada que ver con un proyecto igualitario. El punto de partida de la acción política ahora para las izquierdas debería ser la asunción de una fuerte derrota y, al mismo tiempo, la revitalización de una imaginación utópica que recoja el valor de la igualdad en la enrarecida atmósfera de la “pesadilla neoliberal”, desandando muchos de los caminos que han llevado hasta aquí.

Adolfo Estrella es sociólogo. Mayo 2023

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