Ya es un hecho, la informalidad laboral se dispara y el desempleo crece, mientras que la tasa de desocupación de la mujer trabajadora llega al 10%. La discusión sigue atrapada donde mismo, en una disputa que pareciera de fundamentos ideológicos dado el nivel de desencuentro, y Chile sigue ahí, esperando crecer en un ambiente donde lo único que crece es la falta de trabajo y el descontento.
Es momento de considerar otros factores que no se están mirando, como la migración.
Parece contradictorio, quizás por la simple, rápida y equivocada respuesta de que “el migrante nos quita el trabajo”. Prejuiciosa y desinformadamente se asume como un elemento que resta, pero ocurre que la migración puede generar todo lo contrario: crecimiento. Y “el crecimiento genera empleo”, algo lo hemos escuchado como mantra estos días.
Existe suficiente evidencia para demostrar que la migración segura, ordenada y regular dinamiza la economía y lleva a las naciones hacia el desarrollo. El ejemplo de Canadá quizás es el más conocido, alinearon el proceso migratorio como estrategia productiva, pero también está la migración planificada de Australia o el proceso alemán que consiguió incidir en la productividad y revitalizar una sociedad envejecida. Sin embargo, para el caso de Chile, con una política de control de la frontera basada en una zanja, o la ausencia de una política de integración para los más de 300 mil habitantes en situación administrativa irregular, lógicamente tendremos como resultado un alza en la informalidad dentro del mercado laboral.
Corresponde asumir la migración también como un factor de crecimiento, que genera emprendimiento y empleabilidad. Eso no significa negar la realidad. La migración sí puede generar tensiones en ciertos segmentos del mercado laboral, especialmente cuando se concentra rápidamente en determinados territorios, como el caso de Estación Central que aumentó su población migrante en un 200% en los últimos años. También existe fricción en trabajos de baja calificación o entrada rápida, como la construcción, el comercio ambulante, el reparto, el aseo o las labores temporales. Allí puede aumentar la competencia por vacantes y presionar salarios a la baja, sobre todo si no existe fiscalización, pues el dumping laboral no lo produce el inmigrante; lo produce quien lucra con la ausencia de reglas.
Pero todo esto es abordable con adecuadas políticas de integración, pues, la eficacia de la migración como aporte al desarrollo, dependerá de la decisión política de gestionarla para hacer crecer el país. Si la vemos como un problema en vez de una oportunidad, las consecuencias son claras y están a la vista los datos.
En tiempos de incertidumbre económica, sueldos ajustados y empleos frágiles, es una explicación fácil apuntar al migrante, y para problemas complejos, debemos ser capaces de generar soluciones complejas. Al trabajador chileno no le quita el trabajo quien llega buscando una oportunidad, se lo quita primeramente la informalidad, la precarización laboral, el abuso empresarial, el bajo crecimiento y un Estado que llega tarde.
Cada persona que llega y se integra formalmente consume, arrienda, compra alimentos, usa transporte, paga servicios, abre negocios, estudia, emprende y tributa. Eso mueve el comercio, revitaliza los barrios y genera nuevas necesidades económicas. Muchos pequeños almacenes, restaurantes, servicios de reparto, peluquerías, talleres y emprendimientos nacen (y podrían nacer) precisamente allí donde antes había abandono.
Negar ese aporte sería tan errado como negar los conflictos.
Ordenar la migración es necesario, defender el empleo también, pero ambas tareas solo se logran avanzando en una política migratoria que oriente al desarrollo. Debemos asumir que la migración segura, ordenada y regular ya permitió el crecimiento de otros países, y también podría ser una clave para el desarrollo de Chile.
Claudio Jiménez Rojas
Máster en Migraciones Internacionales
