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Las ollas comunes: ejemplo de civilidad. Por Sonia Brito, Rodrigo Azócar, Lorena Basualto y Mahualen Ibanez

En momentos de crisis, es posible conocer la estatura moral de un pueblo: Chile, país solidario. Esta aseveración se evidencia toda vez que catástrofes como terremotos, aluviones, erupciones volcánicas, incendios, entre muchos otros arremeten el país. Los siniestros que azotan con cierta regularidad a Chile permiten que el espíritu comunitario arraigado de nuestro pueblo, se levante haciendo frente a los postulados neoliberales que se empeñan en desvalorar y aplacar toda búsqueda del bien común, promulgando una sociedad centrada en la acumulación y la desvinculación del sujeto con su propio contexto social. La aparición de acciones solidarias en respuesta a la necesidad urgente del otro, demuestra la reorganización de una sociedad civil castigada por las inequidades del sistema, constituyéndose las ollas comunes como el ícono de la fraternidad que afloran en medio de la catástrofe actual.

Es así, que esta crisis sin precedentes ha dinamizado la colaboración y ayuda mutua en todos los ámbitos de la vida de las personas. En todo el mundo y en todo Chile, se padecen los estragos de la pandemia COVID-19, evidenciando las inequidades que se instalan en tantos hogares y en tantas familias, ortorgándonos una oportunidad de reconstruir, desde el imperativo solidario, ese tejido social tan fuertemente perjudicado por las divisiones, las necesidades y las inequidades de esta sociedad profundamente desigual.

Chile tiene como grandeza la resiliencia, la organización social, la activación de las comunidades y de los territorios. Con el slogan “el pueblo ayuda al pueblo”, surgen iniciativas espontáneas y generosas, que despliegan la empatía y la alteridad profunda de tantas personas anónimas que se transforman en protagonistas y heroínas/héroes indispensables. Situación que va profundizando y solidificando la construcción de la comunidad y la idea de un pueblo consciente de su responsabilidad histórica en la superación de una situación catastrófica inconmensurable. Efectivamente, el sistema neoliberal realizó el chorreo, pero a la inversa, ahora que la pirámide se derrumba, recoge el capital y vuelve a levitar, dejando a millones de personas sumidas en un compás de espera. Entonces las palabras que vuelven a estremecer al pueblo son: hambre, dignidad, existencia.

La crisis sanitaria, vuelve a levantar la pregunta por el rol del Estado, pues coloca en tela de juicio su capacidad de responder con urgencia a las demandas y necesidades de la ciudadanía. Esto provoca tensiones políticas y múltiples efectos en la sociedad y en las familias, cuestionando la suficiencia de los gobiernos centrales y de los gobiernos locales, quienes se ven emplazados a tomar medidas flexibles e innovadoras para alcanzar con urgencia a los grupos de riesgo. Del éxito o el fracaso de este cometido, dependerá la aprobación o desaprobación que tienen las instituciones públicas y privadas en nuestro contexto actual. De todas formas, el galopante descrédito de las instituciones se evidenció en las demandas por la dignidad y la justicia evidenciadas crudamente en el “estallido social” iniciado en octubre de 2019, que hoy se encuentran latente y en tensa pausa producto de la pandemia por COVID-19. Esta crisis social, acrecienta la sensación de desprotección de las clases menos privilegiadas de nuestra sociedad, instalándose los prejuicios y estigmas que resurgen para justificar con desprecio la condición de vulnerabilidad de miles de familias.

Esta pandemia tiene una triple complejidad: la salud, la económica y lo social. Por un lado, la salud de la población se torna precaria cuando respirar depende del uso selectivo de los insumos médicos, vulnerando las condiciones de dignidad y derechos igualitarios del paciente, lo que cuestiona la cobertura y la eficacia de la salud pública. A su vez, una parte de la población está expuesta al contagio por la proximidad física producida por condiciones de hacinamiento en el transporte público o en sus propios hogares pues, la obligatoriedad de movilizarse hacia sus centros de trabajo, junto con la pérdida de empleos, la precariedad del salario y la informalidad de sus vínculos labores, les han impedido acceder a programas de apoyo, profundizando las condiciones de vulnerabilidad social de las familias. En tercer lugar, la profunda crisis humanitaria que se envidencia en las condiciones sociales, habitacionales, sanitarias y de empleo que sufren las familias, golpea más fuerte a los migrantes que, a la vulnerabilidad social que comparten con el resto de la ciudadanía, se debe agregar el resurgimiento de acciones racistas y xenófobas que se viralizan con rapidez a través de las redes sociales, profundizando el preconcepto y promoviendo, aún más, el aislamiento social. Por su parte, la violencia intrafamiliar y las acciones de odio hacia la comunidad LGBTI se acrecienta en la medida que las acciones de confinamiento van obligando a gran parte de la población local a permanecer en sus casas, poniendo a víctimas y victimarios en contacto próximo y cotidiano.

Es en este contexto donde surgen iniciativas espontáneas de tantas personas, movilizadas por la humanidad, el aprecio y la bondad, cuyo paradigma de civilidad son las ollas comunes. Esta gestión comunitaria, es un ejemplo, dado que, las personas van al encuentro, salen de la zona protegida y visitan a personas postradas, adultas/os mayores, familias con hijas/os pequeños para proveerles de alimentos. No es limosna, no es la entrega desprolija de dar lo que sobra, es compartir lo que se tiene, es reciprocidad, es el gesto de multiplicar los recursos, no es el plato de comida, es la alimentación. Son acciones que vienen motivadas por la memoria histórica vinculada a las grandes necesidades que se vivieron en tiempos de dictadura, en la organización social comunitaria que permitió ayudar a sobrellevar tiempos de hambre y represión, desde la valoración del vínculo con otro, aquél que comparte y que habita en el contexto próximo de la comunidad.

Este sentimiento colectivista, opera como un factor protector y como un satisfactor sinérgico, toda vez, que proporciona el alimento material y el sentido preventivo de la salud mental, es decir, es favorecedor del co-cuidado. A su vez, para poner en marcha las ollas comunes, se han activado redes comunicacionales y se han maximizado esfuerzos y recursos, además de organización de turnos, menús, familias destinatarias, funciones, tareas de recolección, acarreos y repartición. De esta manera, en la comunidad, se generan lazos que sobrepasan las redes familiares y permiten la construcción de una colectividad autogestionada, solidaria y digna (Prat, 2020).

La vuelta a Chile de la olla común, es reencontrarse con los rostros de la pobreza, pero también es un ícono de la neo-subversión pues, a través de ella, se busca promover los valores de la solidaridad y la fraternidad que hoy se encuentran en retirada en una sociedad cada vez más individualista y que acentúa el esfuerzo personal como único vehículo de promoción social. Sin embargo, la pandemia nos ha obligado a re-mirarnos, a re-conocernos y a re-valorarnos como sujetos/as sociales, dándonos la oportunidad de que la nueva normalidad nos permita ser protagonistas de la construcción de un país donde todas/os las/los ciudadanas/os puedan caminar juntas/os hacia mejores condiciones económicas, sociales y culturales.

Referencia:

Prat, A. (13 de mayo 2020). Vuelve a Chile la “olla común”, símbolo de la pobreza en tiempos de Pinochet. Agencia EFE. Recuperado de: https://www.efe.com/efe/america/sociedad/vuelve-a-chile-la-olla-comun-simbolo-de-pobreza-en-tiempos-pinochet/20000013-4245572#

Dra. Sonia Brito Rodríguez
Dr© Rodrigo Azócar González
Mg: Lorena Basualto Porra
Estudiante: Mahualen Ibanez Pic

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