Históricamente, el éxito y el fracaso en los espacios de poder se han presentado como resultado del mérito, la capacidad individual o las circunstancias políticas. Sin embargo, tras esa aparente neutralidad muchas veces se esconde una mecánica de desgaste que no es accidental. Mientras las mujeres conquistan espacios que antes les fueron negados, surge una pregunta incómoda: ¿su ascenso siempre representa una victoria real o, en algunos casos, también puede ser una estrategia para administrar el desastre?
La literatura ha llamado “acantilado de cristal” a un nuevo fenómeno. Si el concepto de “techo de cristal” nombra la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a la cima, el acantilado de cristal describe lo que ocurre cuando finalmente llegan, pero en condiciones más riesgosas, precarias o inestables. Es decir, cuando son nombradas en puestos de alta exposición justo cuando las instituciones enfrentan crisis profundas, derrotas probables o escenarios de alto costo político.
A diferencia de muchos hombres, que suelen recibir respaldo institucional, redes de protección y margen para convertir las crisis en trampolines políticos, a las mujeres se las ubica con frecuencia en la primera línea para defender decisiones impopulares, explicar relatos débiles o sostener costos de decisiones que ellas no siempre definieron. Un ejemplo claro es Theresa May a propósito de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Tras el referéndum del Brexit, le tocó negociar, sostener el desgaste, enfrentar derrotas parlamentarias y cargar con el costo político de una crisis que no empezó con ella. Luego, Boris Johnson llegó con una consigna simple —“Get Brexit Done”— y encontró un escenario propicio para concretar su idea donde buena parte del costo político ya había sido pagado por May.
Esta dinámica revela una lógica tan eficaz como cruel: la instrumentalización del liderazgo femenino. En muchos casos, las mujeres no son llevadas a la primera línea para consolidar su poder, sino para actuar como fusibles. Mientras resisten la presión, el costo de la crisis se personaliza en ellas. El foco se desplaza desde las decisiones estructurales hacia el desempeño individual de “la mujer”: si comunica bien, si tiene -buen o mal- carácter, si fue débil, si fue soberbia, si estuvo o no “a la altura”.
En este contexto, cuando una mujer cae, o cae el relato que sostiene, el sistema suele atribuirlo a una supuesta falta de capacidad y la responsabilidad se personaliza. Cuando sobrevive, lo hace fuertemente desgastada y con una imagen pública erosionada. En ambos casos, el camino queda despejado para que otro liderazgo, muchas veces masculino, retome el control una vez que el costo más alto ya fue pagado.
El problema, entonces, no se agota en las críticas a la apariencia, al tono de voz o a la vida privada, aunque estas sigan degradando el debate democrático. La dimensión más profunda es el uso de mujeres para administrar el desgaste antes de reordenar el poder en un entorno ya pacificado. Este mecanismo envía un mensaje brutal a futuras lideresas: entrar en política exige estar dispuestas a ser sobreexpuestas, sobre exigidas y, eventualmente, descartadas.
No se trata de absolver a las mujeres de sus errores. Como cualquier actor público, deben responder por su gestión. Pero cuando el patrón de exposición, golpe y reemplazo se repite, ya no hablamos solo de casos individuales, sino de una forma de operar invisibilizada como todas las formas de operar que oprimen al género femenino.
Abrir espacios no es inclusión si se hace sin poder real, respaldo político efectivo, ni condiciones para llegar y sobre todo permanecer. Una democracia paritaria no puede limitarse a contar cuántas mujeres llegan al poder -aunque la paridad es sumamente importante-; también debe preguntarse cuándo llegan, cómo llegan, con qué apoyo, para qué son convocadas y quién se beneficia si caen.
Porque, a veces, elevar a una mujer a la cima no es un acto de justicia sino simplemente una forma sofisticada de trasladar los costos del juego del poder, para luego justificar su desplazamiento.
Alejandra Ramos Arcos, periodista y Mónica Vargas Aguirre, Dra. en Ciencias Sociales.
