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Las viudas de Boric: una hipérbole crítica a la política del chivo expiatorio. Por Verónica Zúñiga Carrasco

Judith Butler ha planteado, en diversas obras (2000, 2004, 2007, 2022), que la noción de “chivo expiatorio” es un mecanismo que se utiliza en la política para ocultar problemas de gobernanza. Según Butler, en tiempos de crisis, como la pandemia de COVID-19, surge una tendencia a buscar un culpable específico para canalizar los miedos e incertidumbres de la sociedad. Este fenómeno se manifiesta en el uso de un chivo expiatorio, el cual puede ser un grupo o individuo que absorbe las frustraciones colectivas.

Este mecanismo se hace evidente en Chile y, más específicamente, en la actual administración, donde la gestión de Gabriel Boric se ha convertido en dicho chivo expiatorio. A medida que la administración de Kast enfrenta críticas, obstáculos y descontento por su propia gestión, recurre a señalar los errores del gobierno anterior, desviando la atención de sus propias falencias. En lugar de abordar las causas estructurales de problemas complejos, como la desigualdad, la inseguridad, la crisis económica y el déficit fiscal, se responsabiliza a “lo otro”. Así, la administración de Kast utiliza a Boric como responsable abstracto de la inestabilidad actual, lo que deslegitima la necesidad de una autocrítica genuina y evita que el gobierno enfrente sus propias dificultades.

Butler también critica la inclusión superficial de voces en el debate político. En vez de promover un diálogo genuino y los acuerdos, se busca dar la apariencia de diversidad mientras la administración se exime de la responsabilidad ante problemas más profundos. Al centrar su discurso en criticar a Boric, el gobierno distorsiona el debate político, limitando la discusión sobre las verdaderas problemáticas que enfrenta el pueblo. De este modo, se presenta como un gobierno preocupado por la gestión, pero en realidad no está respondiendo a las necesidades más urgentes de la población.

En este contexto, la teoría mimética y el chivo expiatorio de René Girard (1986) sugieren que la esencia del deseo humano se caracteriza por una imitación paradójica y ambivalente. Girard señala que, en política, esta tendencia hacia la culpa puede intensificar la violencia simbólica, llevándonos a un ciclo de confrontación entre grupos que se reflejan en sus modelos de rivalidad. En este sentido, Boric se convierte no solo en un símbolo de culpa, sino también en una figura que evidencia la división que se construye en torno a él.

Esta estrategia tiene consecuencias que trascienden el ámbito político, afectando también la percepción pública. Al responsabilizar a la administración anterior de las dificultades actuales, se crea una narrativa que puede llevar a la división y a la marginación de sectores que podrían beneficiarse de un diálogo constructivo. Según Butler, esto perpetúa un ciclo de violencia simbólica y fragmentación social, que impide la cooperación y el entendimiento mutuo. Las críticas a la gestión de Boric suelen girar en torno a narrativas de fracaso que ignoran los contextos más amplios que han llevado a la situación actual.

No podemos ignorar que la administración actual ha adoptado el enfoque del chivo expiatorio al centrar su discurso en Boric para desviar la atención de sus propios problemas de gobernanza. Este mecanismo no solo es injusto, sino que también tiene el potencial de agudizar la fragmentación social y alimentar una narrativa que oculta la complejidad de las desigualdades estructurales en el país. En lugar de promover la cooperación y el entendimiento, esta estrategia lleva a una mayor polarización y a un desvío de discusiones críticas necesarias para el bienestar social.

Este patrón, de un uso sistemático de Boric como chivo expiatorio, no se limita a tácticas políticas, sino que revela una estrategia que falta a la verdad y socava el tejido de la gobernanza. Al convertir a Boric en un blanco, se evita confrontar las propias fallas y se perpetúa un ciclo de irresponsabilidad política. Al presentarlo como responsable de la inestabilidad actual, se anula la necesidad de una autocrítica real y se elude el abordaje de los desafíos que enfrenta Chile.

El efecto de la culpa en la narrativa política no es menor, ya que esta puede aumentar la división en lugar de crear cohesión. Esto es particularmente relevante en la política chilena actual, donde se observa un entorno hostil, alimentado por discursos de desconfianza entre distintos sectores de la sociedad. No solo se está creando una división política, sino que también se ponen en peligro los lazos sociales fundamentales para la cohesión de cualquier comunidad.

El enfoque de la administración en el uso del chivo expiatorio Boric es, por tanto, una medida corrosiva que refuerza la fragmentación social y socava la necesidad de diálogo para enfrentar los problemas complejos que presenta Chile. La falta de una propuesta política clara por parte del nuevo gobierno es alarmante. Esta descalificación sistemática de un adversario político solo lleva a la creación de nuevas fracturas sociales. En vez de reconocer logros anteriores y buscar un diálogo constructivo, el actual gobierno se aferra a un enfoque que puede amplificar la polarización en lugar de resolverla.

Se debe encontrar el camino. La política chilena debe, sin lugar a dudas, centrase en el diálogo y la construcción de consensos. La renuncia a la culpa en favor de la colaboración podría ser el primer paso para sanar las fracturas sociales. Un enfoque que integre lecciones del pasado con una visión propositiva para el futuro puede ser clave para un desarrollo sostenido. El diálogo no debe verse como una debilidad, sino como una fuerza; un modo de buscar soluciones conjuntas en lugar de perpetuar polarizaciones dañinas.

Finalmente, si el nuevo gobierno continúa esta ruta de búsqueda de culpables, no solo arriesga su legitimidad, sino que aleja a la sociedad chilena de una posible reconciliación y avance conjunto. La perspectiva de Girard sobre las dinámicas de chivo expiatorio nos invita a replantear nuestras interacciones políticas hacia un futuro más integrado y colaborativo, donde la mímesis no sea un factor de división, sino una oportunidad para la construcción colectiva.

Las “viudas de Boric” que continúan culpabilizando al ex presidente no solo oscurecen el camino hacia soluciones efectivas, sino que también reflejan una tendencia preocupante de deslegitimación en la esfera política. Una política efectiva debe centrar sus esfuerzos en la construcción de lazos de confianza y la promoción de un diálogo inclusivo que pueda abordar los desafíos que enfrenta Chile de manera integral.

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