Alicia cae por la madriguera detrás de un conejo que consulta su reloj y repite que llega tarde. La ministra de Ciencia parece haber caído por una madriguera parecida. El conejo, esta vez, se llama inteligencia artificial.
El entusiasmo está documentado y no tiene nada de secreto. Instaló un agente conversacional en el ministerio. Llamó públicamente a perder el miedo a la tecnología. Sostuvo en su cuenta pública que Chile no puede limitarse a consumir inteligencia artificial. En Ginebra la presentó como inteligencia aumentada, herramienta destinada a ampliar la capacidad humana. Un centro de estudios afín celebró que, valiéndose de sus contactos con OpenAI, prepara la capacitación masiva de funcionarios públicos. Intervino además en el artículo 8 de la megarreforma, que buscaba facilitar el entrenamiento de modelos mediante cambios a la ley de propiedad intelectual.
Ninguna de esas iniciativas merece reproche por sí sola. El problema aparece cuando una herramienta deja de ser una herramienta y se convierte en la perspectiva única desde la cual se decide qué merece ser pensado. En WonderAI todo problema admite una solución escalable y todo saber se mide por su capacidad de convertirse en producto. Lo que no cabe en esa lógica, sencillamente, no sirve.
Ese momento ya llegó. Los cambios al Fondecyt de fines de julio redefinieron las áreas prioritarias, y la exministra Aisén Etcheverry advirtió que las matemáticas, la filosofía y la historia pierden preferencia y financiamiento. Setenta por ciento de los recursos se concentra en un puñado de áreas estratégicas y el resto se reparte entre humanidades y ciencias sociales, con prioridad en materias definidas desde arriba. El Consejo de Rectores pidió reconsiderar la medida y no obtuvo respuesta favorable.
Conviene decir que la ministra rechaza la descripción anterior. Ha sostenido que nadie está cortando las humanidades y que el gobierno tiene de ellas, sencillamente, una comprensión diferente. La fórmula merece atención, porque la conocemos de otra parte. Cuando Alicia objeta que la palabra “gloria” no significa “un argumento que te deja aplastado”, Humpty Dumpty le responde desde su muro que una palabra significa exactamente lo que él decide que signifique, y que la única cuestión relevante consiste en saber quién manda. La ministra no niega el valor de las humanidades. Redefine lo que la expresión designa y en esa redefinición cabe la astronomía y no cabe la historia. Consultada por el peso de la ideología en tales prioridades, fue tajante. “Acá no hay ideología, solamente hay datos”.
Frente a esa afirmación cualquier lector de Dickens escuchará un eco. Thomas Gradgrind abre Hard Times exigiendo hechos a sus alumnos: “Ahora, lo que quiero son hechos. Enséñales a estos chicos y chicas nada más que hechos. Solo los hechos se quieren en la vida. Planta nada más, y erradica todo lo demás”. Esa sátira tiene ciento setenta años y sigue siendo un instrumento sumamente agudo para desarmar esta forma de pensar, porque ningún dato dice por sí mismo qué merece financiarse. Toda priorización es una decisión valorativa que se ha puesto el traje de la objetividad. Declarar que aquí no hay ideología equivale a admitir que la ideología ya ganó y prefiere no ser discutida. Coketown y Wonderland se parecen más de lo que sugieren sus atmósferas. En ambos lugares las reglas son inapelables y nadie explica de dónde vienen. La diferencia está en el disfraz. Wonderland viste su arbitrariedad de fantasía, mientras Coketown la viste de aritmética, y esa segunda vestimenta resulta bastante más difícil de discutir. La Reina de Corazones, al menos, tuvo la franqueza de anunciar el procedimiento. Sentencia primero, veredicto después.
Dickens puso en esa novela un segundo personaje que resulta todavía más útil. Josiah Bounderby, el banquero de Coketown, no habla de hechos, habla de sí mismo. Repite frente a todos que nació en una zanja, que nadie lo ayudó, que se hizo solo, es el clásico self-made man. De esa biografía fabrica una doctrina completa sobre el mérito y la convierte en una especie de espejo en el que pretende que todos los demás vean su propia responsabilidad por la pobreza. La ministra ha construido un relato personal muy similar al de Josiah Bounderby. Salió de Chile con quinientos dólares y trabajó como niñera y mesera antes de dirigir escuelas y fundar empresas tecnológicas. De esa experiencia concluyó que “uno de los mejores regalos que yo tuve fue haber sido pobre”. La historia es admirable, aunque una biografía no constituye la base para construir una política pública, menos todavía una que decide qué conocimiento merece existir en un país.
Recuerdo que una de las razones que me llevó a estudiar filosofía fueron las clases de un profesor del Liceo Lastarria, en un electivo llamado "Tipos humanos en la literatura". Leíamos allí personajes que condensaban rasgos característicos de una época y de una manera de estar en el mundo, y así pasamos por la Celestina, el Quijote y varios otros. Aquel ejercicio enseñaba algo que ninguna estadística entrega, a saber, que ciertas figuras se repiten a lo largo del tiempo y que reconocerlas permite entender mejor el mundo que uno habita. Bounderby es una de ellas, y su descendiente contemporáneo circula entre nosotros con otro nombre. Me refiero al emprendedor que escala, que pivotea, que invierte, que habla de disrupción y de ecosistemas, que mide su vida en rondas de financiamiento y en activos digitales. Es una forma de vida perfectamente respetable y no es la única. Muchos no queremos levantar empresas ni protagonizar el sueño americano.
Muchos queremos pensar con calma la realidad que nos toca vivir, entenderla, discutirla y, sobre todo, dejar un porvenir mejor a nuestros propios hijos. Eso no es un error de cálculo. Es una concepción del bien, y una sociedad decente le reserva espacio.
Esa diferencia entre formas de vida remite a una diferencia más profunda, a saber, la que existe entre distintas maneras de entender qué significa pensar. Heidegger distinguió en Serenidad dos modos de pensar. Uno calcula, planifica y optimiza. Otro se detiene sobre el sentido de aquello que hacemos. Su temor no era la técnica. Era que el pensar calculador terminara siendo el único que reconocemos como pensar. Ortega formuló el mismo riesgo en clave universitaria, con su figura del bárbaro especialista.
Martha Nussbaum llevó esta discusión al terreno donde hoy se juega, y lo hizo a través de la misma novela. Justicia poética toma Hard Times como caso central para sostener que la imaginación literaria constituye un ingrediente necesario del juicio público. Quien ha aprendido a seguir la vida de un personaje ajeno adquiere una capacidad que ningún cálculo entrega, la de considerar a los demás como algo más que unidades en una función de utilidad. Richard Posner, fundador del análisis económico del derecho y probablemente el defensor más lúcido de la evaluación por costo y beneficio, la atacó frontalmente en “Against Ethical Criticism”. Sostuvo allí que la literatura no mejora moralmente a nadie y que las novelas escogidas por Nussbaum estaban preseleccionadas para confirmar posiciones que ella ya tenía. Nussbaum respondió al año siguiente en la misma revista. El intercambio conserva todo su interés, porque Posner ocupa exactamente el lugar que hoy ocupa el discurso de los datos. Su objeción no es que las humanidades sean falsas. Su objeción es que no rinden.
Y ahí está lo que verdaderamente relevante. No se trata solo de un ajuste presupuestario, se trata de qué clase de ciudadanos queremos ser. Cuando Alicia pregunta al Gato de Cheshire qué camino debe tomar, el gato le responde que ello depende enteramente de adónde quiera llegar. Alicia admite que le da igual y el gato concluye entonces que también da igual el camino. Una comunidad política capaz de fabricar instrumentos sofisticados, e incapaz de preguntar para qué sirven, queda entregada a quienes sí respondieron esa pregunta por ella, a saber, las compañías que desarrollan estos modelos y los gobiernos que compiten por alojar su infraestructura. La deliberación democrática no es un adorno que se financia cuando sobran recursos. Es la condición que permite discutir, entre otras cosas, si conviene facilitar el entrenamiento de modelos privados a costa del derecho de autor.
Conviene recordar que los efectos de estas decisiones no se verán en este gobierno. Un investigador se forma en diez o quince años. Una tradición de pensamiento se construye a lo largo de varias generaciones y se pierde en una sola. Cuando el país necesite comprender qué le ocurrió con la automatización del trabajo, con la concentración del poder tecnológico o con el deterioro de su conversación pública, tendrá los instrumentos y no tendrá a quién preguntarle. Esa ausencia no aparecerá en ningún indicador. Aparecerá en la calidad de las decisiones que tomemos entonces, y para entonces ya no habrá quien advierta que se están tomando mal.
Alicia atraviesa el país de las maravillas sin más recurso que su insistencia en que las cosas tengan sentido. Pregunta por qué, exige razones, se niega a aceptar que una sentencia preceda al veredicto. Ese gesto, y no otro, es el que hoy se declara prescindible. Un país que renuncia a formar personas capaces de hacerlo no se vuelve más eficiente, se vuelve más fácil de gobernar.
