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Lo parcial no es total: ojo con el antiestatismo. Por Antonio Baeza Henríquez

Las dos derechas, la liberal y la conservadora, coinciden en no considerar la utilidad del Estado en la gestión de los intereses comunes. Hacen crecer el mito de la ineficiencia ’natural’ que sería inherente al Estado, una conclusión falaz, dado que se asume que algo que existe sería por tanto algo totalizante, lo que es falso. Y no se hace ese razonamiento en cuanto a personeros políticos o prácticas empresariales de su facción. Allí dan beneficio a la duda.

Un padre que adeuda millones en pensión alimenticia cuenta con ello y no el Estado. Se repite un clásico repetido, en todo caso. Las dos derechas hablan en términos de un fantasma que han denominado ’estatismo’ condenando lo que en realidad hay que sanear. Es cierto, en el Estado se va muchísimo dinero que no se usa de manera óptima, pero en Chile eso ocurre sobre todo en el sector Defensa. Por cierto que hay cargos de altas asesorías que responden a cuotas de la élite política, pero se hace pagar por ellos a la inmensa red de empleados públicos, algunos de ellos militantes de partidos políticos en sus bases como bien el derecho a ello se lo permite. Se sataniza la seguridad laboral, cayendo al simplismo de considerar como ’apernamiento’ la permanencia prolongada y segura de quien además suele contar con sindicatos en sus divisiones y tener, en suma, poder de negociar con su empleador. Y en cierto, hay apernamiento, pero nuevamente quienes intentan ’totalizar lo parcial’ omiten que, además de que se trata de fenómenos con presencia parcial, son ellos mismos quienes lideran en cantidad y flagrancia esas prácticas tanto dentro del Estado como fuera de sí, en sus empresas o en la interacción con la sociedad civil.

El Estado no es un padre; no debe concebirse ni mucho menos constituirse así. Tampoco merece esa caricatura. Se trata de una institución que puede mejorarse sustantivamente en la forma en que opera y en su confiabilidad. De ser así, bien administrado puede traer prosperidad duradera y desarrollo a un país. El Estado es una herramienta de la sociedad, no un padre protector sino que un dispositivo de autoprotección. Incluso el sector privado se puede ver beneficiado de una dirección estratégica de un Estado eficiente y visionario, limpio de corrupción. Pero si realmente se quiere combatir la corrupción, ella debe ser erradicada cultural y penalmente desde ambos sectores, abandonando la idea de considerar que en el mundo privado ’todo vale’, sino que sometiéndolo al necesario escrutinio de probidad. Nuevamente, las derechas incurren en flagrancia: Desde el mundo privado y dentro del Estado corrompen al mismo, para luego culpar al Estado mismo de su propia corrupción, casi diciendo: «Si yo pude hacerla, es porque el Estado lo permite, ’y así todos los Estados posibles de aquí a la eternidad lo harán’». La totalización de lo que es parcial. Las derechas coinciden, por cierto y además, en que los intereses de los gigantes del sector privado se camuflen en ’consejos autónomos’ que, en realidad, son mesas cerradas de decisión que se fundamentan, nuevamente, en evitar la administración estatal -por ejemplo, de los derechos de agua- a la simplista consideración del ’Estado como forma fundamental del mal’.

Escuchar a las dos derechas conversar entre ellas es asistir al espectáculo del criterio mercantil que ante todo protege a quien lucra de gastar y que, además, considera que quienes lucran son los únicos que son capaces de administrar bien el dinero porque, de hecho, acumular e invertir gastando lo mínimo es la única manera de ’darle buen uso’ a los beneficios producidos por el trabajo humano y que son apropiados por quien especula jugando bien o mal a la bolsa con un monto que no vale lo que vale simplemente por ser moneda sino que porque, en algún momento, se puede cambiar por algún bien o servicio que ha de cubrir una necesidad humana directa o indirectamente relacionada con la supervivencia y la calidad de vida. El valor económico producido por los suelos, las fuerzas de la naturaleza, las máquinas y el esfuerzo humano puede ser usado también para financiamiento de necesidades de la población y del desarrollo humano, tecnológico y económico, entendiendo economía desde un criterio de bienestar y acceso democrático a la posibilidad de emprender. Por eso: No ceder ante el discurso de la tacañería. Sí a la optimización, pero también sí a un Estado robusto que sea plataforma para el futuro.

Antonio Baeza Henríquez, E.B.
Escritor y músico. Psicólogo, investigador en Literatura

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