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Locura. Por Ricardo Espinoza Lolas

Me dijo que lo desconocía, su mirada era distinta, perdida, su tono para hablar extraño, estaba agresivo, algo fuera de sí, paranoico, no podía dormir, logolálico, incluso en algún momento de la noche, en la madrugada, le causó miedo. ¿Estaba poseído? ¿Por quién? Pero no estamos en tiempos de posesiones de ninguna especie. ¿Alguna enfermedad mental? ¿Cuál? ¿Quién la diagnostica? ¿Un psiquiatra, un psicólogo, un psicoanalista, el sentido “común”? Porque tampoco es tiempo de sacerdotes, ni de brujos, ni chamanes, ni magos, etc. ¿Estará loco?, pero ¿por qué enloqueció? ¿Qué lo causó? ¿Cómo tan repentino? ¿Será un brote psicótico? ¿Eso es la locura?... Humanos, nada más que humanos somos.

Es interesante que la locura indica una cierta salida de un lugar “propio” (locus), esto es, el loco está “fuera de lugar”; el loco es el “ab-surdo” por excelencia, porque no está en su orden, en su modo, en su “esencia”, sino que es como un errante que divaga por fuera de ese orden que lo normaliza y que lo coloca en el lugar preciso de lo social para que sea un humano de bien y por el bien de todos y de la ideología de turno. Y la locura ha tenido a lo largo de la historia múltiples matices, pero siempre indica esa excentricidad, ese éxtasis que rompe con lo establecido, con el establishment, con cierta normalización operativa que funda todos los juegos de lo simbólico. Por eso hay ciertos pensadores más proclives a ver la locura casi como una construcción ideológica para eliminar a todo tipo de “disidente” que como un “monstruo” afecta la propia normatividad de lo simbólico que nos rige y da sentido; aunque siempre hay otros pensadores que se inclinan por una naturalización con “dato científico” en mano, diría, de tipo patológica que implicaría realmente un desorden a nivel orgánico de tal o cual humano por ciertas rasgos desde hereditarios a sociales que finalmente causan una cierta descompensación psicoorgánica que estaría siendo lo que causa tal locura y disrupción peligrosa social.

Y si no fuera ni lo uno ni lo otro o, dicho de otra forma, si esa excentricidad, que nos puede llevar a lo más radical de un abismo: de una alucinación o de la angustia o ciertas decisiones extremas o de múltiples excentricidades sociales o de la propia creación estética, fuera un modo humano de ser, de todo humano, a saber, de unos humanos diferenciales que no se dejan atrapar en determinaciones que lo quieran encarcelar en laberinto alguno. Y si la locura, como señalé, no se tratara ni de naturaleza ni de cultura, sino de lo real mismo y, en tanto real, de lo humano y, por ende, lo político, implicaría que lo humano es siempre una inestabilidad en los mismos contornos, de todo tipo, que nos determinan de tal o cual manera. Y si fuera así: ¡todos estamos locos! (alguna vez Lacan lo señaló de viejo). Y gracias a los dioses esa locura, como aparente inestabilidad, se nos vuelve es la inestabilidad propia de todos los animales humanos para poder luego estructurar vidas de unos con otros en ese mismo equilibrio frágil que es el humano en medio de lo real.

Si, es así, la locura acontece no solamente en tal o cual loco determinado (célebre o no, conocido o no, positivo o no), sino en todos nosotros como animales humanos de suyo malhechos y, por lo mismo, bendecidos por ser malhechos, esto es, no hay clausura alguna al animal humano que lo determine de forma acabada y perfecta y esto permite que en su inestabilidad constitutiva, en esos límites que lo estructuran, esté el “baile” mismo de lo real configurándonos de modo inestable para ser, en la medida de lo posible, algo estables socio-históricos y creadores de instituciones de vida. Veamos dos ejemplos, la finitud del humano y su sexualidad. El humano en tanto animal es mortal, o sea, es una estructura de suyo caduca y esto es así, inevitable, como nos recuerda magistralmente Thanos en Avengers. Endgame. Esa inevitabilidad es la propia fragilidad del humano en tanto animal, una estructura frágil, precaria, contingente, azarosa, sin necesidad alguna que tiene que ser “a pesar de” sí mismo. Esa finitud del animal humano ya implica que está loco de entrada, por el mero hecho de ser animal, porque está fuera de sí; es una necesidad no necesaria, solamente contingente y ese error del animal humano, esa inestabilidad, lo descentra de suyo como humano y nunca va a operar la simbolización de modo universal, necesaria ni a priori, contra lo que piensa cierta filosofía, psicoanálisis, feminismo y teoría crítica actual.

Y cómo será lo imperfecto de su estructura caduca humana que de suyo tampoco no es nada en y por sí mismo, sino todo lo contrario, siempre se es con el otro y radicalmente otro que es en mí mismo y me constituye. Y en esta constitución, se da el movimiento de la “mediación evanescente”, esto es, algo otro que nos media y nos permite tomar distancia para disolver la falsa soberanía de “creer”, porque es una creencia infundada, de que somos seres perfectos, acabados, necesarios, universales; algo así como un tipo de ángeles, “Hijos de Dios”. Y de allí que pulsemos los unos a los otros; es el mismo carácter de real el que nos indica, en nuestra abismal contingencia y caducidad, que tenemos que compenetrarnos los unos con los otros para ser, es la sexualidad. Luego la locura nos constituye desde nuestra propia sexualidad, porque ella indica que no hay lugar propio, sino siempre ulterior, oblicuo e indirecto en tanto que otro que nos constituye para ser más o menos estables en el mar de la inestabilidad. Somos locos y por eso somos políticos, sociales, amistosos y, formalmente, amamos. La locura es propia del amor. Y eso lo sabemos todos, porque de alguna forma hemos amados y al escribir esto, Ud., mi lector, sabe de lo que hablo.

Para amar o estamos locos o no amamos. El amor se funda en la locura misma de nuestra sexualidad y finitud por ser animales humanos, esto es, estructuras de suyo caducas y contingentes. Nuestra excentricidad constitutiva es la que nos mueve a amar, a amarnos y en ello que la locura sea un modo radical de estar con el otro. Para amar hay que amar la locura del otro y en ello nuestra propia locura es lo que, ese otro, ama de uno mismo (fue Winnicott el que se enteró de esto, pues estaba medio loco).

Por tanto, la locura aunque nos lleva a veces por caminos insondables y, para ellos, hay todo tipo de mecanismos que nos pueden ayudar para que ella sea benefactora y de vida y no destructora de uno mismo y, por ende, de un entorno socio histórico, debemos darnos cuenta de que no debemos confundir la locura ni con una naturalización ridícula de lo orgánico, ni menos creer que ella se expresa en juegos infantiles disruptivos. Estamos locos y por eso somos bailarines y creadores y todo intento por normalizarnos es uno de los errores más graves que podemos cometer contra nosotros mismos. Nos volvemos en piezas de un puzle que nunca encaja y nos inventamos como neuróticos sufrientes que no encajamos en nada, ni menos podemos amar; he allí el error mortal. ¿Y si la neurosis, con sus dos expresiones negativas de la perversión y la psicosis, sea parte de un modelo epistemológico de lo real, y por ende, de lo humano que ya no da más de sí y está totalmente agotado?

Es necesario pensar al humano en su animalidad y así su contingencia no necesaria se nos vuelve en la radical fortaleza de ser como somos, esto es, locos y así es como bailamos los unos con los otros y podemos repensar modelos políticos que estén a la altura de nuestra inestabilidad originaria que nos permitirá ser más robustos en comunidad.

Playa Ancha, 15 de agosto de 2023

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