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Los cambios que no fueron y la disputa por el estallido social. Por Sebastián Rubio Salazar

El pasado 18 de octubre se cumplieron 4 años del estallido social. En este sentido, la revuelta como acontecimiento histórico es algo que está en constante discusión. Discusión que no es más que una disputa por las memorias e imaginarios desde los cuales nos acercamos a dicho momento. Ahora bien, durante la revuelta se pudieron apreciar una serie de identidades que lucharon por un reconocimiento social. Identidades que históricamente fueron marginadas desde la institucionalidad y que vieron una oportunidad histórica de cambio. Desde feministas hasta jubilados salieron a las calles a pedir algo que debería ser un piso mínimo de toda sociedad, dignidad.

Ahora bien, surgen las interrogantes, ¿por qué después de un estallido se termina con un proceso constitucional liderado por sectores conservadores?, ¿cuáles fueron los errores de la izquierda y centroizquierda en la derrota? Las respuestas a estas preguntas son muchas y el análisis es complejo, pero me gustaría citar a Walter Benjamín para desarrollar una pequeña reflexión: “detrás de cada fascismo hay una revolución fallida”. Extrapolando esta frase al contexto nacional: “detrás de cada contexto reaccionario hay un proceso de cambio social fallido”. Es decir, la incapacidad de la izquierda para llevar a cabo de manera eficiente el proceso de transformación, junto con el fortalecimiento de discursos conservadores por parte de la derecha, dieron como resultado lo que muchos denominan como “restauración conservadora”.

En este sentido, se debe señalar que el deseo de cambió no es garantía de transformación. La izquierda y centroizquierda nacional no supieron enfrentar este gran desafío, fueron incapaces de leer el contexto social y, por tanto, de disputar de manera eficiente la hegemonía. Tanta fue la desconexión que la gente terminó viendo a la Convención Constitucional como otra élite política. Por su parte, la subjetividad neoliberal y conservadora de nuestro país siguió latente en diferentes sectores de nuestra sociedad, aflorando con fuerza en diferentes momentos.

Estamos ante un momento de “restauración conservadora”. Todo el horizonte de cambios que abrió el estallido está siendo atacado por los sectores conservadores de nuestro país -con mucho éxito por lo demás-. A 4 años de lo ocurrido, el presidente Sebastián Piñera -el mismo que durante la revuelta habló de guerra- junto con personajes de derecha han recalcado lo profundamente “antidemocrático” del estallido, incluso hablando de “golpe de Estado”. Se está tratando de dar una característica antidemocrática a un levantamiento social masivo, que buscaba expresar demandas que habían sido marginadas históricamente. En otras palabras, se ataca un principio básico de las sociedades modernas y es la capacidad del pueblo de levantarse contra las injusticias. El mismo retroceso se puede observar en los derechos ambientales, los derechos sexuales y reproductivos o los derechos de las disidencias sexuales, obviados o no profundizados en el proyecto constitucional que se votará a fines del 2023.

La derecha hizo de manera efectiva su papel, defendió con uñas y dientes el statu quo. Este sector político siguió una lógica histórica, reprodujeron discursos hegemónicos (familia, propiedad privada, unidad nacional, seguridad, etc.) y utilizaron el miedo como estrategia política (se expropiarán fondos, te quitaran la casa, habrá dos justicias, seremos Venezuela, etc.).

Para concluir, el debate sobre el estallido social solamente demuestra lo señalado por el historiador italiano Enzo Traverso: “la historia es un campo de batalla”. Ahora bien, esta frase no se debe entender como falta de veracidad en la disciplina histórica. Solo asume que la historia está en constante disputa y siempre se debe escuchar a los intelectuales que comprenden la complejidad de los procesos históricos. Si bien, el fracaso del proyecto constitucional significó el surgimiento de una “restauración conservadora”, esto no debe permitir la deshistorización del pasado. Desde mi opinión, creo que al desarrollar narrativas sobre la revuelta se deben dejar de asumir posturas que simplifican lo ocurrido. De esta forma, el discurso que caracteriza y centra el estallido solamente en la violencia y los desmanes, omiten las profundas causas del porqué de la insurrección popular. También asumir que la derrota de la izquierda y centroizquierda fue solo por la desinformación tampoco da cuenta de los errores que cometió dicho sector.

Sebastián Rubio Salazar
Licenciado en Historia de la Universidad Diego Portales

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