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Los justos. Por Eduardo Valenzuela Chadwick

El pasado no termina de pasar y se conjuga aún al presente y aquí estamos aún como personas y como país, dando tumbos, de un extremo al otro, incapaces de saber quiénes somos y qué queremos, e incapaces de compartir una visión común entre los sectores y actores políticos, sociales y económicos. Esto nos ha llevado por ejemplo a la imposibilidad de consensuar una nueva constitución, que defina las reglas del juego para seguir adelante, construyendo la Nación. Es probable que el texto que se va a someter a referéndum en un mes sea rechazado. Si no lo es, es probable que advenga otro levantamiento social, como el de octubre del 19, con efectos devastadores, ya que el péndulo podrá volver a moverse hacia el polo opuesto, una vez que la intensión restaurativa, de Kast, sus lacayos y su amiga Evelyn, se materialice en leyes y prácticas. No hay ninguna razón que aquellos y aquellas que hicieron saltar todo por los aires hace apenas 4 años, no vuelvan a rebalsar el vaso estrecho hacia el cual se dirige esta intención restaurativa, que busca por ejemplo inferiorizar a las mujeres impidiéndoles el derecho al aborto, y con esto, negándoles una igualdad de derechos para construir sus vidas. El millón y medio de mujeres que gritaron en la plaza dignidad: ¡que se vayan los pololos!, y ese par de jóvenes mujeres en biquini que levantaron carteles como el de la foto con ¡no pongo la otra mejilla, pongo el culo y esa es mi venganza!, no callaran tan fácilmente como pretenden los demiurgos del nuevo texto y el sector duro que representan. Estas mujeres que se han empoderado en sus cuerpos, en sus casas y en su expresión, como por arte de magia, no van a aceptar volver a hacer sopita con las cascaras de papa, que les recomendaba la Lucía, para matar el hambre. ¡Por favor! Es para llorar, literalmente y también para la risa, literalmente.

¿Y en eso nos llevaremos aún cuantas generaciones, con cuanta destrucción y con cuánto tiempo perdido? Entonces como salimos de esta con la frente en alto y con un proyecto de país que nos dé un impulso que todos necesitamos individualmente y que el mundo necesita, ya que Chile, es y ha sido un laboratorio de muchas cosas, al menos desde los años 70. Y a Chile se le mira desde el exterior con una mirada atenta y llena de esperanza, aún. Para avanzar no hay otra alternativa que la del reconocimiento del otro, de la alteridad. Ese es el punto de partida. Y este es el ejercicio que queremos hacer desde esta columna, desde este medio de comunicación, que marca la presencia de una cierta Francia en la sociedad chilena, la de un sector progresista abierto al mundo y la del exilio chileno, del cual somos, autores y editores, voces diversas y miradas distanciadas que pueden ayudar a ver el bosque nativo.

Quería entonces hablar de mi amiga Angela Xavier de Brito, socióloga exiliada brasilera en Chile, hasta el golpe, y luego en Francia, hasta ahora. Ella me había contado su salida de Chile después del golpe. Y me parecía importante decir algo, pero a mi gusto su historia necesitaba ser reequilibrada, para evitar la teoría del empate. Había pensado comenzar mencionando el tema de la harina de desaparecidos producida por la Dina, en la pescadería que el Mamo administró después del golpe, o de la perrera, de la Quinta Normal, en cuyo crematorio de perros callejeros, se cremaron al parecer varios cientos de cuerpos de desaparecidos durante los primeros años del régimen, noticia reciente.

Resulta que Angela, después de haber huido de Brasil, hacia el paraíso socialista de Chile, terminó en el Estadio Nacional, denunciada por vecinos. Había estado primero en el Estadio Chile, con su marido de la época, en donde cruzaron a Victor Jara. Les tocó una canción con su guitarra y alguien vino a triturarle las manos con la culata de su fusil. Asistieron al : canta ahora chucha tu madre, con el que la brutalidad del régimen marcaba su sello. Canto que mal me sales, cuando tengo que cantar espanto, espanto como el que vivo, espanto con el que muero, espanto escribiría el poeta en un pedacito de papel, antes que lo asesinaran, pocos días después de esto. A Angela la llevaron luego al Estadio, en el que evitaban ser vistos por agentes brasileros, que habían conocido en las cárceles brasileras, y que identificaban a los militantes brasileros presos, era el comienzo informal de la operación Condor. En ese contexto, uno de los vigilantes habló con ella y una amiga y terminó llevándolas en su auto a su departamento (de Angela), corriendo el riesgo que se escaparan, para buscar los pasaportes que no habían podido traer cuando vinieron a buscarlas abruptamente los militares. Eso le permitió tener una identificación y venirse exiliada a Francia. Logró gracias un libro reciente sobre el Estadio Nacional, identificar a esta persona, el sargento Lopez, y quería escribirle a él o sus familiares, agradeciendo el coraje que tuvo, que les salvó la vida.

Entonces sin teoría del empate, fuera del círculo de las ideologías en la que cada uno se inscribe, algo tendría que hacerse en este país por los justos, como este suboficial mayor Rolando Lopez Alamos, que estaba a cargo de un sector del Estadio Nacional, o tantos otros que como él aunque no compartían la idología de los que protegieron, pusieron en riesgo sus familias y sus vidas, porque respetaban su humanidad. Reconocerlos sería una manera de avanzar y de evitar seguir dando tumbos, de un extremo al otro del tablero. Los justos, de donde vengan, supieron poner por delante del horror y de la violencia, la humanidad. Reconocerlos es abrir caminos de reencuentro, necesarios para avanzar y construir un futuro común con todos los sectores, con igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Este es el paso que se puede dar desde el sector progresista que nos reconocemos en el proyecto que Allende representó y en las revueltas que hicieron saltar por los aires el orden neoliberal impuesto por la dictadura militar y los chicago boys. Un orden que ya no tiene sustento en un mundo polarizado, en el que la mundialización liberal se la llevó el viento y en el que es necesario inventar nuevas formas de hacer sociedad y de proyectarse en el mundo.

Eduardo Valenzuela Chadwick
Sociólogo, director de Dialogues Citoyens. _Desde Francia

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