Hace un tiempo, en una larga conversación que sostuve con la escritora española Irene Vallejo a propósito de su libro El infinito en un junco, hablamos de los libros y sus diversas formas como gravitantes en los procesos civilizatorios a nivel mundial a lo largo de la historia del norte y el sur, de occidente y oriente. Sean de ficción o no ficción, científicos o no, son artefactos, dispositivos, objetos-continente que nos permiten avanzar como humanidad y reconocer al otro y sus mundos en todas dimensiones; reconocer e identificar la democracia de los procesos totalitarios y fascistas.
Ya lo escribió Hannah Arendt, en un siglo XX convulsionado por masacres y polarización, sin imaginar quizás que sería solo el prólogo de un nuevo siglo en el que la ignorancia tomaría el micrófono para gritarle a todo el mundo que la banalidad del mal cumple mejor su rol si se expande no solo entre liderazgos sino que a pie de calle. No todo es productividad inmediata, no todo es metáfora o hipérbole (excelentes figuras literarias, por lo demás), y menos cuando se trata de pensar una sociedad, unos pueblos, unos Estados.
Los libros, desde que los juncos sirvieron de filigranas para capturar un tipo de mundo (también los dibujos en vasijas y muchas otras expresiones), han sido pensados para representar, albergar la memoria y proyectar futuros posibles e imposibles, para hacernos dialogar en democracia. Decir que los libros no producen trabajo es una falacia cuando su trabajo es sostener la vida al presionar por detener la deshumanización anclada en la inmediatez, la cancelación, la entronización de la caja del eco permanente y ese ruido eterno que lleva a los pueblos a no detenerse a pensar y a amar el conocimiento como eje central de la existencia.
Cuando se instala desde arriba la idea de que los libros adornan bibliotecas o mesas de centro, el peligro es mayor. La teoría y la creación van de la mano y esa articulación la mayoría de las veces se democratiza entre páginas de papel o digitales. Y eso hace que los pueblos y sus sociedades avancen. Cuando un país como Chile invierte en ciencia y cultura números tan bajos de su presupuesto anual (el Estado invierte lo mínimo en conocimiento, siendo el más bajo de la OCDE y con el gobierno de Kast eso se agudiza), cuando los libros se queman con declaraciones pensadas en redes sociales, todo cruje y la incertidumbre se asienta en el miedo. Los libros van a contrapelo del miedo, porque permiten sentir y pensar, mirarnos y reconocernos más allá de indicadores. Permiten proyectar ciudades, soluciones a problemas sobre la garantía de los derechos sociales, discutir sobre cómo densificamos la democracia, conducir a hallazgos científicos que nos cambian la vida y las formas de entenderla.
Los libros albergan preguntas sobre el desarrollo, la creatividad, la innovación, las emociones, para frenar esa banalidad del mal de la que Arendt ya nos advertía en el siglo XX, cuando la tragedia se instaló destruyendo todos los juncos y sus infinitos. Ese eco resuena hoy en el mundo y Chile no es ajeno. Es más, Chile sigue siendo parte del experimento del shock. Y, para que ese shock sea exitoso, esas fuerzas deshumanizantes saben que debe destruir la sola idea de pensar y pensarnos.
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Ximena Póo, Profesora Titular de la Facultad de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, doctora en Estudios Latinoeamericanos.
