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Los Miserables, entre la justicia social y la dignidad humana, Chile “nos” Vamos. Por Hans Schuster

Cuando la pandemia pone en juego a quienes tienen el control de la crisis, la literatura y el arte nos permiten acercarnos a lo evidente, aquello que, en la medida en que el foco amplía la imagen de los gobiernos ante el Covid-19, no sólo se hace presente el problema que está en el fondo de las políticas públicas latinoamericanas, en su gran mayoría hechas para el beneficio de unos pocos, sino que vuelven a surgir los inconvenientes implicados en la crisis de ciudadanía, dado que no hay quien los represente. De allí que sea un poder activo el acto de conciencia que empodera a los lectores de los tiempos, y que, tras las medidas coercitivas, en el caso de Chile, se considere hasta normalizado el toque de queda.

No obstante, Los Miserables como personajes de la novela romántica de Víctor Hugo, publicada en 1862, nos presentan en sus argumentos los giros sobre el bien y el mal, el uso de la ley, la política, la ética, la justicia y los buenos oficios de ciertos personajes religiosos que nos recuerdan a nuestro Mariano Puga, sacerdote y activista por los derechos humanos.

El motivo del contexto de los personajes de Los Miserables, es vivir la Rebelión Francesa de junio (1832) y sus posteriores cambios políticos. Además, el autor propone un análisis de los estereotipos de aquel momento y muestra su oposición ante la represión y la pena de muerte. Por ello, la novela es una gran defensa de los oprimidos sea cual sea el lugar o situación socio histórica cultural que vivan.

El Romanticismo se caracterizó por criticar la sociedad desde adentro y develar la protesta ante el mundo burgués dando cuenta del interés por la naturaleza; lo regional y lo local se ponen de manifiesto reconociendo que las costumbres sirven también para aumentar la mitología acumulada en el recuerdo de las épocas pasadas, lo cual se ve abandonado de pasiones y con ello se rechaza lo imaginario y lo fantástico, al punto que se dará paso al realismo.

En nuestra oscura dosis de realismo; Corpesca, SQM, Penta, tres de los diez grupos económicos del país con sus partidos involucrados (UDI, RN, DC, PS por nombrar a los paladines de su defensa, acuerdo al que llegaron para que no se investigara el origen de las platas a la política) cuyos juicios dejan ver que la justicia chilena ni es sorda, ni ciega, ni muda ya que los cursos de ética reflejan precisamente la ética de los jueces, cuyo sentido de la justicia se ve cruzada por la defensa y/o ocultamiento a los casos de corrupción, como sucede con CNA, JUNAEB, FRAGATAS, IMPUESTOS INTERNOS, para no decir nada de PACO GATE, o MILICO GATE, cuyo raspado de las ollas sigue siendo evidente.

El Estado fallido, con letra chica, desbordado en las expectativas de las personas con largas filas para conseguir las claves de lo que sea, registro civil, bancos, AFP, las colas en pandemia dejan ver a los miserables, ante un sistema que pareciera querer dilatar todo con tal de dar muestras de su poder e ineficiencia, al modo de los criterios de las grandes empresas y empresarios que demoran hasta el cansancio el cumplimiento de derechos del consumidor o los derechos de sus propios trabajadores, no entendiendo que para los gerentes que hoy están en el Estado, somos todos ciudadanos y que les llegó la hora de dar explicaciones por todo el mal acumulado, malas políticas públicas, mala gobernanza, mal uso de recursos públicos, en la maldad que desde hace tiempo tiene los nombres y apellidos de: legisladores, jueces, fiscales, subsecretarios, ministros y excelencias, de todo gusto de quienes desde las sombras mantienen los buenos oficios para los otros miserables.

El respeto hipócrita de la justicia, tiene libres a los coludidos y corruptos, en tanto que se condena a quienes los denuncian o los apartan de sus filas, como en el caso milico gate, paco gate o fragatas, la construcción de la realidad con pruebas falsas y el polémico software “Antorcha” (Caso Huracán), el caso Catrillanca, o la ambición del ciudadano Desbordes que le llevó a recibir el regalo envenenado, su pasaje en el Titanic, y todavía no sabemos qué dice en torno a los delitos en las FFAA, o los disparos genocidas de las carabinas cruzadas, mientras enalorbalaba la bandera de la derecha social, en tanto que en los tribunales de justicia apareció el escrito que dice, “Solicito a su señoría fije día y hora con el fin de formalizar la investigación en la presente causa, invitando al imputado, senador de la República Manuel José Ossandón Irarrázabal por la participación y responsabilidad que le cabe en delitos consumados y reiterados de tráfico de influencias”, dice el escrito, tras un año de investigación a cargo de la Fiscalía que dirige Manuel Guerra. El jefe regional llegó a la convicción de que existen antecedentes para imputar al senador RN de ilícitos relativos a actos de corrupción en su calidad de funcionario público. Veamos que sucede con los paladines de la “Derecha social”, y ya llegará nuestro turno de saber quiénes son los miserables, quienes acusan o el acusado.

Pero volvamos a la novela. El autor confesó que se había inspirado en Vidocq -criminal francés que se redimió y acabó inaugurando la Policía Nacional Francesa- para crear a los dos protagonistas y que la historia de su país le había iluminado para situar el contexto histórico, de manera de afrontar la realidad en lugar de huir de ella. La realidad es retratada tal como aparece y, por medio de la novela, se intenta criticar la sociedad desde dentro. Si recordamos un poquito, gracias al Romanticismo su época posterior se verá caracterizada por profundas transformaciones sociales: éxodo rural a las ciudades, gran crecimiento demográfico, una burguesía cada vez más conservadora. Es la época de la Revolución Industrial en Inglaterra y algo después en otros países europeos, una época en la que se da un progreso técnico con nuevos inventos y un gran desarrollo de la industria y el comercio nunca visto. Algo parecido a nuestras actuales revoluciones tecnológicas que, gracias a ellas y a las redes sociales, podemos en el día a día comenzar a reconocer quienes son hoy por hoy Los Miserables. Si no, es cuestión de preguntar a los camioneros cuál es el verdadero sentido de sus demandas, o preguntarle al gobierno por el paso a paso del des confinamiento, o las comunidades la forma en que se hace presente el estado en el Wallmapu y a nuestros propios vecinos y vecinas en más de tres millones de cesantes.

Tal vez por eso, tenga tanto sentido recordar una novela que pone en juego la dignidad humana, develando las oscuridades del poder, sobre todo ad portas de un plebiscito, que intentará ser coaptado por los partidos y partidarios de los otros miserables. Novela que termina señalando por analogía, la lápida de un sistema:

“Ningún nombre se lee en ella. Solo hace muchos años una mano escribió allí con lápiz estos cuatro versos, que se fueron volviendo poco a poco ilegibles a causa de la lluvia y del polvo, y que probablemente no existirán ya: Duerme. La suerte persiguióle ruda,
Murió al perder la prenda de su alma.
Larga la expiación, la pena aguda
Fue: y así obtuvo la celeste palma,”

Estamos inclinados a pensar que los sucesos traerán grandes cambios y volverán a florecer los espíritus generosos y solidarios, como ha ocurrido con la pandemia, en donde en las ollas comunes se lee: Sólo el pueblo ayuda al pueblo.

Hans Schuster
Escritor

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