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Lugares equivocados. Por Gustavo Gac-Artigas

Me encontraba en el lugar equivocado, me encontraba en el país correcto, Francia, en la ciudad correcta, París, aquella a la que 50 años antes había llegado como refugiado político expulsado desde la cárcel de Rancagua por la dictadura.

Momento de emociones surgiendo del pasado, asaltándome en cada curva de las calles de París, cayendo de las nubes, hermosas nubes que ayer, que hoy cubren el cielo de París, nubes de ensueño, nubes que estremecen por su belleza, por su historia.

Se cumplían 50 años del golpe de Estado en Chile, me encontré con jóvenes chilenos en la Sorbona durante un congreso, me encontré con la nueva historia, ellos se encontraron con la vieja historia, la historia pasada contada por un sobreviviente, ambos lados preguntábamos.

Yo, yo quería saber qué estaba pasando en mi lejana tierra, sentir el olor de mis tomates, aquellos del exilio, tomates podridos en el tiempo, tomates creciendo en una nueva mata para alimentar mi pueblo.

Ellos, ellos querían saber cómo se sobrevivía al horror, como podía reír, qué sentí aquel 11 de septiembre de 1973, cómo asumí la derrota, cómo había logrado sobrepasar la amargura, para ellos todo era nuevo. Uno de ellos tenía un tío a quien le habían asesinado sus amigos, un tío que vivía en la amargura, un tío enfermo de dictadura, de dolor no superado, de llaga abierta y supurando, y yo leyendo poemas. Un país soñando, despertando, y yo, leyendo poemas.

Los viejos muros de piedra de la Sorbona nos escuchaban, los viejos muros de la Sorbona nos observaban, los viejos muros de la Sorbona se preguntaban sin sacar conclusiones ¿cómo la historia se encuentra a lo largo del tiempo para interrogarse?

En Chile algunos viejos hábitos se repetían: la maldita tentación de saquear el Estado en beneficio propio, la corrupción despertaban a la sombra de la ambición de algunos, pocos, es cierto, pero existen, y yo libertario me pronuncio por la cárcel, para que nunca más nos lleven al nunca más del horror; se empieza con poco, se termina con el país, las nubes del cielo parisino nos recordaban: el poder puede corromper, la carne es débil, la avaricia es fuerte.

Tanto ellos como yo nos encontrábamos tan lejos pero tan lejos de esa realidad en el lugar equivocado.

En el congreso se hablaba de nuevas tendencias en las humanidades, nuevas tendencias 55 años después de que París se inflamara, de que el corazón de la juventud parisina se inflamara, de que el teatro abandonara las salas para reencontrar su público en las calles, de que la ópera cantara teniendo como escenografía París en llamas, de que los adoquines pasaran de acariciar los hermosos pies de las jóvenes estudiantes a manos justicieras que los arrojaban contra el casco de los policías, de que los obreros salieran de las grandes industrias automovilísticas para marchar tomados de la mano con los estudiantes.

El microscopio y el pensamiento buscaron la razón de ser del ser humano, las universidades abrieron sus ventanas para dejar penetrar un aire renovador, las puertas y leyes cayeron para dejar circular el pensamiento, para dejar que los escritos salieran en busca de sus lectores.

Yo, yo me encontraba en la Sorbona escuchando a lo lejos las sirenas de los vehículos policiales que llevaban a las fuerzas del orden a controlar las bestias, como los llamaba el sindicato de policías, controlarlas allá afuera, lejos de los viejos muros y estatuas pensativas.

En Nanterre, en las afueras de París la cólera había estallado, como antaño, esta vez por el asesinato de un adolescente, Nahel, a manos de la policía, la cólera se despertaba en Francia y en París, y nosotros conversando de nuevas tendencias en las humanidades cuando las nuevas-viejas tendencias gritaban su cólera, su dolor en las calles de París. La respuesta: la protesta disminuye con los métodos de antaño: 874 detenidos la segunda noche, 994 detenidos en la tercera noche, las cárceles y los palos imponen la justicia de un sistema injusto. "es la República la que prevalecerá, no los insurrectos", dijo el ministro del interior.

La violencia horroriza, pero el horror no es el mismo dependiendo de a qué sector de la sociedad perteneces.

Al salir de París me preguntaba, 50 años, 55 años, y me encontré nuevamente sumergido en la historia, pero esta vez en el lugar equivocado.

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Gustavo Gac-Artigas es escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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