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Lula y Brasil posneoliberal. Por Mario Vega H.

La reciente elección del Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, configura todo un hito dentro de la actual coyuntura a nivel latinoamericano, no solo porque pone término al complejo ciclo iniciado en 2018 con la elección del ultraderechista Jair Bolsonaro y su adverso legado político, marcado por la profundización de las desigualdades sociales, las dramáticas consecuencias de la pandemia de Covid-19, así como por conducir a su país a una situación de aislamiento internacional, sino porque representa un claro avance en favor del retroceso de las políticas económicas neoliberales, tal como lo hicieran anteriormente los gobiernos del Partido de los Trabalhadores (PT).

      En un reciente libro[1], el destacado intelectual brasileño Emir Sader ha señalado que América Latina se ha convertido en el eslabón más débil de la cadena del neoliberalismo, y quizás, del propio capitalismo y en la única región del mundo donde han alcanzado el poder gobiernos posneoliberales.[2] Esta luz de esperanza se levanta en una región en donde el experimento de la Escuela de Chicago lastró dramáticamente sus posibilidades de desarrollo cristalizadas mediante el llamado Consenso de Washington (1989). En contrapartida, durante los últimos años, hemos sido testigos de la construcción de alternativas de superación de las consecuencias de este modelo, sobre todo, a partir de la movilización social y de la deliberación ciudadana que han logrado incidir decisivamente en sus contextos. Como, asimismo, en algunos casos se ha evidenciado la intención de cooptarlos mediante la puesta en marcha de “guerras híbridas”[3] que combinan la desinformación, la judicialización de la política y la estigmatización de los proyectos políticos de cambio, amenaza que Brasil alcanzó dramáticas consecuencias durante el mandato de Dilma Rousseff que culminó con su destitución en 2016, así como el posterior encarcelamiento de Lula mediante una polémica sentencia.      

      El resultado de las elecciones brasileñas, aunque relativamente estrecho, se suma a los obtenidos por Gustavo Petro en Colombia y Gabriel Boric en Chile, configurando un bloque de gobiernos progresistas junto a sus pares de México y Argentina, sin duda, una señal de la incapacidad de la derecha a nivel regional para consolidar su hegemonía política que le impide configurarse en alternativa de mediano plazo principalmente debido a la agudización de las brechas sociales e inequidades derivadas de sus políticas de carácter regresivo. No obstante, el actual panorama de bajo crecimiento económico, incremento del endeudamiento, y de elevadas tasas de inflación y de desempleo, harán indispensable la coordinación y la cooperación entre aquellos Estados que asumen una mirada crítica de las consecuencias del actual capitalismo globalizado.

Lo anterior, significa asumir nuevas perspectivas que permitan viabilizar transformaciones desde enfoques de intervención integral sobre los desafíos productivos que experimentan nuestros países implementando, de igual modo, prácticas de renovación del contrato social trascendiendo el espacio asignado a lo público por el neoliberalismo. Así, Mariana Mazzucato, señala que “Con la adopción de estrategias industriales orientadas por misiones, los países de América Latina y el Caribe tienen una gran oportunidad para promover un crecimiento económico inclusivo y sostenible. (…) requiere que los Gobiernos asuman su papel en la configuración activa de los mercados y se alejen de las nociones anticuadas que ven una división tajante entre el Estado y las empresas, y también entre las políticas económicas, sociales y ambientales”[4].

Esta tarea encuentra en Chile pleno correlato con lo expuesto por el presidente Boric respecto de la necesidad de “revisar el rol del Estado no sólo en la generación de bienes públicos, sino como principal actor que resuelva los problemas pendientes que frenan el desarrollo del país, producto de la inacción del Estado y las desigualdades estructurales socioeconómicas, territoriales, educacionales, de pensiones”[5]. No obstante, el cumplimiento del programa de gobierno requiere, en este y en otros aspectos, de acuerdos parlamentarios que permitan su materialización, asunto complejo a partir del resultado del Plebiscito Constitucional del pasado septiembre y de la impetuosa posición asumida por la derecha la que se arroga la capacidad de veto sobre las iniciativas que buscan dar continuidad al proyecto de dotar a Chile de una nueva Carta Fundamental, herramienta indispensable para otorgar al Estado de capacidades para configurar una nueva democracia y un nuevo modelo productivo.

El elocuente triunfo de Lula, no estará lamentablemente exento de riesgos y de interesadas controversias derivadas de las maniobras de último minuto que pretenden ensombrecer la victoria electoral del candidato del PT como, por ejemplo, las recomendaciones entregadas por el ex asesor de Donald Trump, Steve Bannon en orden a no reconocer de manera inmediata la derrota de Bolsonaro, dilatándolo desmedidamente para crear un peligroso clima de tensión y de inestabilidad, señalando que «No es posible que el resultado de las urnas electrónicas sea correcto, es preciso auditar urna por urna, aunque esto demore seis meses, en ese período el presidente no debería aceptar salir»[6]. Sin lugar a dudas, otra expresión de las “guerras híbridas” perpetradas por sectores solo interesados en perpetuar sus aventuras político-electorales los enemigos de la República, modelo que, en nuestros días, por dilatada que sea su trayectoria, no está necesariamente exento de amenazas respecto de su continuidad, todavía menos en estos tiempos de incertidumbre, mientras es objeto del asedio de la demagogia y, como en Brasil, del militarismo.

De ello nos advierte el intelectual brasileño Joaquim Nabuco quien fue testigo directo de los hechos que condujeron a la cruenta guerra civil de 1891, al establecer un agudo paralelismo entre nuestros países: “¿Y Chile? ¿No tenía Chile la misma antigua estabilidad que nosotros, no gozaba de la misma libertad; ¿no asistía a la transmisión de la primera magistratura en el mayor orden y sosiego, como si aquella fuere hereditaria? ¿No había entre los cuarteles y el gobierno la misma valla sólida, impermeable, de conciencia de instinto, de superstición civil, si se nos admite el término, que el Brasil monárquico? Y Chile, ¿no era acaso una república?”[7]. En América Latina, históricamente, los proyectos políticos de transformación han debido sortear los obstáculos impuestos por élites obstinadas en la conservación de sus privilegios. En ello, la experiencia y consecuencia de Lula pueden aportar a orientar a otros gobiernos de la región que asumen la superación de la saga de individualismo y exclusión, y que observarán con atención el proceso de construcción del Brasil posneoliberal. 


[1] Sader, E. (2022). El enigma de América Latina. La izquierda del siglo XXI. Santiago: Pehuén Editores-La Casa Común.

[2] Cfr. Íbidem, pp. 39-41. 

[3] Korybko, A. (2018). Guerras híbridas: de las revoluciones de color a los golpes de Estado. Sao Paulo: Expresión Popular.

[4] Mazzucato, M. (2022). Cambio transformacional en América Latina y el Caribe Un enfoque de política orientada por misiones. Santiago: Comisión Económica para América Latina (CEPAL), p.14. Disponible en: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/48298/5/S2200734_es.pdf 

[5] Boric, G. (2021). Manifiesto Programático. Proceso de primarias, p.6. Disponible en: https://www.servel.cl/wp-content/uploads/2021/06/5_PROGRAMA_GABRIEL_BORIC.pdf 

[6] https://www.elmostrador.cl/noticias/mundo/2022/10/31/democracia-en-alerta-exasesor-estrella-de-trump-aconseja-a-bolsonaro-que-no-acepte-triunfo-de-lula-hasta-auditar-urna-por-urna/

[7] Nabuco, J. (2000). Balmaceda. Santiago: Editorial Universitaria, p.137.

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