Ya estás muerta… y el Toro Blanco te lleva en su lomo…
No se puede usar ningún eufemismo en ciertas ocasiones y esta es una de ellas; por ejemplo, decir que se “fue” a algún lugar o que ahora está en “paz” porque está con mi padre o que Dios la cuida o que muchos la van a extrañar y tantas cosas similares que se dicen en estos momentos. No soporto esa forma de ser ante la muerte, menos la de un humano singular, un humano como lo fue mi madre, Nelsa Lolas, porque no se entiende lo que somos y menos lo que fue ella y lo que significa su muerte. Ella murió y en cierta forma ya no tenía posibilidad de seguir viviendo en un mundo como el nuestro, en un mundo que hemos convertido sin afecto alguno, en donde todo se ha vuelto capitalización permanente y, por tanto, éxito, utilidad y valor agregado.
Mi madre ya no quería estar en un mundo lejos de “su” mundo, de “su” Quiriquina 18 en Playa Ancha y todo lo que ello significaba para ella. Desde la pandemia que hemos vivido todos, ella se hizo un lugar muy especial para vivir; era un símbolo de su resistencia ante tanta estupidez por medio de su cuerpo e inteligencia. ¡No me muevo de aquí! Debió ser su lema. No hay persona más inteligente que haya conocido nunca, y he conocido muchas, porque sin estudios formales de nada era brillante para aprender, querer aprender y analizar las cosas, las que sean. Y eso molestaba e incordiaba a muchos, desde su juventud en San Felipe hasta estos tiempos de enfermedad y soledad en Santiago. No quería estar en otra parte que en su casa, algo que no se entendía para mucha gente que la conocía, pero no la sabía comprender en su cuerpo, porque en ella su mundo de Quiriquina 18, Playa Ancha, resplandecía junto al fantasma de mi padre muerto que todo lo inundaba en su casa. Se podría decir que mi padre vivía con ella y dormía cada día con ella y la cuidaba en su vieja cama: la mejor cama que ha tenido para dormir, porque dormía con mi padre feliz, relajada y cuidada.
En esa destartalada casa-feliz porque construía cada día un mundo para estar bien y recibir al otro con sus cazuelas y puré arvejado, con sus cuentos que narraba una y otra vez, de mis abuelos, de la noche de bodas, de cosas de sus hijos, de su casa, de la gente que quería... Muchos de los cuentos estaban transformados por ella y, en esa transformación, los cuentos vivían, y el Toro Blanco los pudo llevar a distintos lugares.
Y así lo hizo…
Veía tantas películas de todo tipo; algunas veces las repetía porque era una obsesiva, como yo, y porque poco a poco perdía su memoria y se aferraba a lo que conocía. Eran sus puntos de anclaje simbólicos para estar bien: era muy inteligente. No se sentía aislada ni abandonada en Playa Ancha, siempre conectada a Facebook, a las noticias de la televisión (le importaba mucho la política), a su nieta Constanza en Alemania, a la gente que quería y siempre recibiendo a mis amigos como Pato, al Ítalo, mi primo que ella quería mucho, a la tía Raquel (que era su hermana para ella), a Vicky, a sus hijos cuando llegaban a verla con sus familias, o solos, pero ella no quería salir de su casa… Su casa era el límite de su cuerpo, de su vida, de su mundo, de su apertura e inteligencia que le dieron tanto y que le posibilitaron ser una mujer de vanguardia en un cerro popular de Valparaíso.
Un día llevé a Antonio Negri a Chile, a Valparaíso, a la casa de mi madre: para los que no lo saben, fue uno de los pensadores italianos más importantes de los últimos tiempos y de gran compromiso político.
A Negri lo llevé a ver a mi madre; quería conocerla. Me dijo que a un pensador se le conocía por quien lo había gestado. Y así lo hice, pero antes le conté a ella para que estuviera preparada. A mi madre no le gustaban las sorpresas (no se le podía traer a alguien si ella no quería o no sabía, menos sacarla de su casa); ella siempre prefería estar preparada ante lo desconocido, y esa es en parte la razón de su muerte siendo joven; no alcanzó a cumplir 82 años (pues ya no estaba preparada para la nueva forma de vida capitalista). Y fuimos con Negri a ver a mi madre, viuda de mi padre desde hace años.
Yo soy de allí, de ese lugar siempre lo seré (aunque ahora esté en Polignano a Mare); lo llevo tatuado en mi cuerpo, en mi inconsciente, como dirían los psicoanalistas. Playa Ancha es el cerro más popular de Valparaíso y uno de los lugares radicalmente únicos de Chile y de todo el planeta (cuando se exagera, hay que saber que se exagera: mi madre era muy exagerada, así como el abuelo Raúl Lolas). Desde ese orgullo “independentista” de ser playanchino, a esa gran “fisonomía” del cerro, como un bastión que protege la gran bahía de Valparaíso de los temporales de viento y agua que la azotan constantemente desde el inmenso océano Pacífico, como ha ocurrido hace poco (y lo vivimos cuando éramos niños y muy pobres en esa casa). En ese lugar que en su materialidad da hacia un océano en donde el Toro Blanco perdió el poncho en una de sus aventuras, de aguas oscuras, nunca ha sido azul y nunca ha sido pacífico, con ese viento que todo se lo lleva, en esa altura impresionante donde los caminos miran al cielo, y sentimos vértigo mirar hacia abajo, existe un tejido humano que me marcó desde niño como un tejido del NosOtros, es decir, de las diferencias, de los “puercos espines” de todo tipo: y mi madre sanfelipeña y social devino playanchina enamorada. De estas formas de mezclas y mezclas, se da una unidad que es maravillosa para enfrentar la vida, dado que ni la pobreza, ni los temporales, ni los terremotos, ni la dictadura pudieron con la fuerza de la República independiente de Playa Ancha, ni con mi madre: ella nunca se sintió sola en Quiriquina 18. ¿Nadie sabe lo que puede este cerro de Valparaíso? Y lo digo yo, Ricardo Espinoza Lolas (y también en nombre de Constanza, que sabe de estas cosas: ella vivió encuentros únicos con mis padres y sus abuelos en esa casa). A este lugar y a ver a mi madre, que se ha vuelto un personaje mítico, la gran cocinera de las mejores cazuelas, llevé a Toni Negri un mediodía del mes de abril del año 2017.
Como saben, Negri era muy alto y mi madre, les cuento, era muy baja, pero mucho (y los que no la vieron en sus últimos meses de vida, ella estaba más pequeña que nunca). Ya el encuentro fue como un film de Fellini. Ella vivía, porque ahora debemos hablar en pasado, donde yo viví toda mi vida, en una casa pobre de un barrio muy pobre. En donde ella era feliz, cuidada por el “fantasma” de mi padre, sus vecinos y familiares. Siempre dije que jamás saldría viva de su hogar y de ese barrio y así fue. Toni alucinaba mientras subíamos en auto para llegar a la casa, en lo alto, muy alto de Playa Ancha, cerca del Morro, entre la Marina Mercante y los acantilados, donde solo te saluda el horizonte y el viento permanente. El lugar es indescriptible: mi madre lo decía siempre. Los ojos del pensador italiano eran expresión de ese lugar y de mi madre pequeña que lo miraba atónita hacia arriba. Se abrazaron y él le hablaba en un italiano lento para darse a entender, moviendo las manos. Mi madre se enteraba poco, pero simulaba como si le entendiera. Ella es muy coqueta y se reía con él, y yo, poco a poco, les hacía de traductor.
Al entrar a la casa desde el jardín, la vio en su materialidad brutal; está vieja la casa de mi madre, y se dio cuenta de lo obvio, esto es, la cantidad de fotos que tenía de mi padre, otras de mi hermano y mías, algunas de sus nietos, pero la presencia de mi padre era y es total en ese hogar: era su Barca del NosOtros (mi madre con mi padre “fantasma”; ahora los dos son mis fantasmas). Él le preguntó por mi padre y ella se emocionó y le narró mil cosas de él. Ahora la escena era de un film de De Sica. Toni alucinaba con la vida de este carnicero, a quien le gustaba bailar, comer cazuela y jugar al fútbol, que no terminó ni la secundaria, que vivió duramente la dictadura y nunca dejó de trabajar hasta que se murió de forma abrupta. Negri me miraba de reojo, como un mítico Toro Blanco; luego me dijo, cuando estábamos solos, que yo tenía mucho de la forma de ser de mis padres. Mi madre estaba nerviosa ante su presencia, pero se le fue pasando. Incluso los dejé solos; ellos ya se entendían muy bien, ya no necesitaban traductor alguno para comunicarse. Desde la habitación, la que era donde dormía cuando era joven y allí dormí hasta febrero de este año cuando la traje unos días de vuelta a su casa para que se repusiera (me tendí en la cama), los escuchaba hablar, reír, cuchichear para que no me enterara, pero oía hasta sus silencios. Mi madre le contó de mi abuelo palestino Raúl, de mí cuando era niño, eso me dio mucha vergüenza, de mis novias, de mis dolores físicos (siempre he sido algo enfermizo), de la pobreza que vivimos años, no teníamos ni para comer, mil cosas que ahora recuerdo mientras se las cuento a Uds. y me da nostalgia al escribirlas y plasmarlas en estas páginas finales en torno a mi madre muerta. Toni estaba muy consternado y la escuchaba, comía galletas, tomaba vino y también le tomó la mano: lo vi claramente al salir de la habitación.
Nos comimos una cazuela, muy rica. Toni alucinaba con el plato. Le gustó mucho su primera cazuela a Negri, a lo mejor, la única en su vida; estaba feliz comiendo y charlando de cualquier cosa. Mi madre ya estaba muy natural y relajada. Toni observó toda la casa con detención, la cocina, el baño, las habitaciones viejas, y se daba cuenta de esa pobreza digna en la que vive mi madre y, en cierta forma, en la que viví yo y sigo viviendo toda mi vida. Yo no he salido nunca de esa casa, menos ahora; viviré siempre en ella, de modo simbólico. Es ella la que busco en los lugares en los que he vivido. Nos fuimos. El encuentro fue de tres horas; teníamos que irnos a dar unas conferencias. Mi madre, feliz, encontró muy guapo a Toni y le dio un buen beso en la mejilla. Él fue muy cariñoso con ella en el trato y la despedida. Al ir en el coche bajando, literalmente bajando desde la casa de mi madre al plan de Valparaíso, muy pensativo me dijo: “Ni en Nápoles he visto algo así”. ¿A qué te refieres?, le pregunté. Y él me señaló que ese lugar en su materialidad física, en ese enclave humano y con una persona como mi madre, la cazuela que saboreó, le parecía extraordinario. Me dijo: “Tienes que cuidarla hasta que se muera. Ella eres tú y también tu padre. Ya sé de dónde vienes, entiendo tus libros, lo que me dices, tu pensamiento”. Yo conducía el auto y lo escuchaba, lo miraba de reojo; él estaba estremecido... y me apretó fuerte el brazo derecho.
… Ella quería ser amada, como todos nosotros (y era el momento para ello en la fragilidad de su vida), y que no la molestaran con nada más (ella necesitaba que la respetaran en sus decisiones) y que no la webearan más: tenía mal genio (le incomodaba tanta gente y gente que no conocía) … En febrero me reí mucho con mi madre en su casa, en Quiriquina 18, de tantas cosas… Me costó sacarla a pasear, pero fuimos dos veces con Anna a Viña del Mar y al restaurante Cap Ducal… Se comió toda la comida y no paraba de hablar de sus temas… En el fondo, ya tenía pánico a la muerte… Intentaba huir de ella… Conoció a un par de amigos y ella se mostraba como una fiera, una mujer de mundo, fuerte, parlanchina, luchadora… Mi madre…
Mi madre ha muerto… todo lo que me dijo y conversamos estos últimos meses lo tengo grabado y tatuado en mí… Conversaciones a veces muy tristes por la condición en que ella misma se veía, por el modo en que estaba envejeciendo al final de su vida, por ser un estorbo para muchos. Mi madre tuvo plena conciencia de que se moría, no como mi padre, que se durmió y no despertó más… Me dijo varias veces en mayo que esperaba que mi padre la viniera a buscar porque ya no quería seguir aquí, en este nuevo mundo en Santiago en el que ahora vivía desde hacía un año. Era tan inteligente que, estirada en la cama (ya no se levantaba, porque no quería, no tenía ganas para hacerlo), hablando por videollamada, ironizaba con ella, conmigo, con un humor a veces ácido y negro y otras veces con risas muy chistosas… y otras tantas pensando en los que quería, como mis abuelos, mi padre, su hermano, sus hijos, nietos… y tanta gente que me nombraba. Ella no quería estar aquí… Dejó de leer sus grandes libros de historias de ficción, de ver sus películas que amaba, simulaba un buen trato con el otro formal, se alejó de la política, ella, que era muy palestina y de gran justicia social (tema que le interesaba: odiaba a Kast, Trump, Netanyahu) y se desconectó de su gran amigo Facebook (miren los últimos posteos que hizo en su entrañable red social).
Ahora empezó su último viaje, que era la mejor película que le podía dar un like, pero no ante nadie, sino solo ante sí misma… Era su viaje a la muerte… digna entre las dignas… Y lo charlamos varias veces, también… de lo que significaba la muerte y de todo lo que había hecho en su larga vida; nunca olvidó San Felipe ni sus viajes a Europa y Buenos Aires, no pudo ir a Polignano a Mare que era su deseo final… y en eso estaba muy feliz de sus hijos, nietos… A mí me hablaba mucho de Anna y estaba muy contenta de que estuviera conmigo; se dio cuenta de su fineza en el trato, de su ser poeta, la nombraba con su doble “n” de forma genial… Siempre me habló hasta el final del Pato, de mi gran amigo… Me preguntaba mucho por él hasta hace muy poco… Siempre de Constanza y del mundo de mi hija: Alemania, Ian y ciencias, de su vida como mujer, de su orgullo por ella… de los hijos de mi hermano, que adoraba con sus travesuras y juegos: Julián, Julieta y Olivia… Me dio alguna vez las gracias por ayudarla a asumir la muerte… Otra me dio consejos para ser feliz con Anna… Otras veces la escuché en silencio diciendo ella tremendas verdades de la vida, su vida... con mucho dolor y rabia… Le molestaba tanto depender de otros… la condición en la que estaba y que todo su cuerpo le dolía… Ella solo al final quería estar bien, defendiéndose de tanta mierda y esperar que mi padre la viniera a buscar…
Ricardo desde Polignano a Mare, en un día de verano sin luz alguna en que nada es azul y todo se ha vuelto gris…
29 de julio de 2026
