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Manual para el perfecto oportunista. Por Álvaro Ramis

Con cada cambio de gobierno reaparece una fauna conocida. Sin ser llamados, emergen personajes dispuestos a ofrecer sus servicios con una convicción conmovedora. Nadie los invitó, pero llegan igual, seguros de que la historia siempre necesita de ellos.

Al revisar sus trayectorias, la coherencia es notable: han servido a gobiernos de todos los signos. Cambian de discurso sin esfuerzo y permanecen de gestión en gestión, fieles a una sola causa, la única que nunca traicionan: su propio interés. Disfrazan ambiciones personales de ideales sociales y llaman “responsabilidad” a lo que no es más que instinto de conservación.

Navegan a favor de la corriente, en las aguas turbias de la ambigüedad, del posibilismo y de esa forma elegante de la inacción que llaman pasividad creativa. Dicen trabajar sin descanso, pero siempre a conveniencia propia; trabajan poco o nada por aquellos a quienes dicen representar.

El oportunista prospera en el voluntarismo político: ese momento en que el poder decide que la realidad debe ajustarse al relato. Cuando los hechos incomodan, se distorsionan; cuando estorban, se niegan; y si hace falta mentir, se miente. La mentira, repetida con método, termina por vaciar de sentido la acción pública.

Con la lupa siempre puesta en los otros, estos personajes moralizan, fiscalizan y condenan la corrupción ajena sin advertir la propia. Ven la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

Si se me permite un consejo al nuevo presidente: desconfíe de esa gente. De quienes llegan demasiado rápido, hablan demasiado bien de sí mismos y juran una lealtad que ya han ofrecido muchas veces antes a otros. Sin embargo, como ya ha elegido sumarlos a su gabinete, no queda mucho por esperar, salvo que el mal termine haciendo su efecto. La historia política es pródiga en ejemplos: el oportunista siempre sobrevive al principio, pero rara vez al desenlace.

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