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Manuel Rodríguez, “El caminante de los Andes” Por Álvaro Vogel

En la montaña se ponen a prueba los valores de la gente. (Claudio Lucero, Montañista)

Dicen que era como un rayo
Cuando galopaba sobre su corcel
Y que al paso del jinete
Todos murmuraban su nombre: "Manuel"
(Canción de Patricio Manss)

La eterna leyenda de la vida de Manuel Rodríguez tiene más dudas que certezas. Cuando le arrebataron su existencia en Til Til, de inmediato se comenzó a cimentar un mito en torno a este grandioso prócer de la patria. Por supuesto, no pretendo derrumbar ninguna estatua, ni cuestionar su biografía, menos aún criticar sus series, cine y arte, ya que finalmente, la historiografía, el Estado y los distintos recovecos políticos de la historia de Chile lograron levantar a Manuel como un héroe nacional atemporal necesario para forjar el carácter de la nación. En palabras del historiador Eric Hobsbawm a propósito de los héroes, “La “tradición inventada” implica un grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que buscan inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado”.

Después de todo, la Figura del guerrillero es única en la historia nacional, al margen de que muchos de sus episodios no tengan un sustento completamente objetivo en fuentes escritas – aunque sí hay una larga tradición oral que no es menos importante—. No obstante, sus historias pasan a ser auténticas en el imaginario colectivo de variadas generaciones a tal punto que su vida se vuelve paradigmática.

Este pequeño ensayo trata de recrear un relato sobre las tantas veces que Manuel Rodríguez emprendió una aventura. Más precisamente, resaltaremos su faceta de explorador de rutas en los andes centrales, en un país privilegiado con cientos de kilómetros de cordillera. Sus andanzas terminaron siendo un servicio a la independencia, logrando unir Chile con Argentina por pasos fronterizos ocultos que agilizaron y crearon un factor sorpresa. Sus rápidos viajes fueron para divulgar información, o bien recibir un reporte de San Martín, y porque no, apoyar con su experiencia la epopeya del cruce de los Andes para expulsar a los españoles.

Para la confección sustancial de este escrito recurrí a una excepcional familia de montañistas que cuentan con la experiencia de cientos de noches bajo carpa, dominando una cumbre o debatiendo una primordial decisión tomada desde el campamento base. Mi reconocimiento entonces a la estirpe de los Roca - Lira, en especial a Jaime Roca Huerta, por su generosa sabiduría volcada a enseñarnos que las montañas se deben amar y respetar, además de una vida entera dedicada al montañismo. Valiosas fueron las orientaciones de Jaime Roca Lira y de Diego Vergara Lira quienes no dudaron en aportar sus conocimientos.

Hay muchos senderos que unen el territorio nacional con nuestros vecinos argentinos, tantos existen, que en la era actual aún tenemos 36 puntos fronterizos en disputa. Sin embargo, en los tiempos de la emancipación no todos podían ser transitados por diversos motivos. Además, los caminos realistas (usados por el ejército español) eran evitados por los patriotas, pues se exponían a ser descubiertos. En esta trama de comunicarse con el ejército allende los Andes, en especial con José de San Martín, a la postre un gran colaborador de nuestra independencia, primordial será la figura del “Arriero”. Los arrieros fueron la piedra angular para transitar por los pasos desconocidos y así prestar un valioso aporte como compañeros de cordada de Manuel Rodríguez y algunas veces del propio José Miguel Carrera.

Es necesario un conciso contexto antes de relatar las hazañas de alta montaña. Luego de un doloroso y breve periodo de aprendizaje donde la aristocracia criolla logró implementar una junta de gobierno en nombre del Rey para comenzar a forjar su destino, los españoles se dieron cuenta de que nuestra mayor debilidad como joven nación fueron “los rencores y las disputas internas”. Así, esta falta de unidad que se vio reflejada en las rivalidades entre la elite de Santiago y la de Concepción hizo que estas antipatías tomaran cuerpo en la batalla de Rancagua. Los realistas españoles frente a tal panorama, se sentaron en un palco y atacaron sin miramientos en el momento justo.

El desastre de Rancagua fue un punto de inflexión en la mente de Manuel, naciendo una motivación indispensable para que con vigor y mucha astucia forjara una respuesta contundente y valiente contra España. Es en ese preciso momento donde su leyenda se agiganta. Para eso debió con ingenio cruzar la cordillera en tiempos acotados con enorme esfuerzo y valor en una coyuntura donde no había margen de error; por ende, el servicio a la patria se sellaba con la vida de ser necesario. Manuel contaba con sacerdotes amigos en la iglesia de los Dominicos – hoy el registro civil de Las Condes y el famoso pueblito del mismo nombre – ahí tenía sus cabalgaduras listas para sus viajes. Trataremos de recrear el paso hacia Argentina, tomando en consideración que no había ropa térmica, celulares, GPS, carpas, líquidos hidratantes específicos y un largo etcétera, aunque sí la voluntad férrea de contemplar libre a la patria.

Dejaremos en esta revisión los pasos de largo aliento que requerían más de veinte días y nos centraremos en el cruce oculto y rápido que usaba el guerrillero. Lo que diremos no es excluyente, lo que significa que se puede haber utilizado otras rutas. Este camino era usado además por arrieros que iban a comprar animales de mejor calidad y aprovechar de ingresar alcohol a menor costo, pues aún regia el monopolio español que elevaba los precios de los productos traídos por mar. Por otro lado, algunos contrabandistas se adueñaban de los trayectos prestando servicios exprés de tránsito, a cambio, los aventureros debían viajar largos trechos con los ojos vendados para mantener la discreción.

Manuel Rodríguez viajaba comúnmente hasta Argentina. ¿Cómo y qué ruta transitaba? Comenzaba por el estero de Molina, previo paso por el cajón del río Mapocho, así podía ganar y continuar por el estero del Cepo para llegar a las vegas de Piedra Numerada; desde ahí se encamina el sendero en serpenteante ascenso hasta el portezuelo “del Cepo” ubicado al norte del cerro del mismo nombre. Las alturas ya sobrepasan los 4000 metros. Montando un caballo con una velocidad estimada de 4 km por hora para bajar al estero “Paramillos”. Ya en este punto, Rodríguez y los arrieros estaban en cajón del río Olivares.

Con ello quedaba a la vista el majestuoso salto de Olivares para atacar una altura bastante respetable en el paso “Las Pircas” que, si bien era todo un desafío en los Andes centrales por su escarpada forma, fue una ruta directa que va a permitir la conexión con Argentina. Este es un camino que se podía emprender en dos días hasta el límite no antes de ascender 5000 metros de aventuras. Una vez en Argentina las cosas eran relativamente más fáciles, pues era un país independiente y ya en el valle el caballo duplicaba su velocidad de marcha.

Hay que mencionar que estas rutas fueron transitadas por pocas personas. En cambio, los caminos largos donde cruzó el Ejército Libertador de los Andes, al ser amplios en extensión, requerían otro tipo de planificación en cuanto a su uso y al traslado de caballos, mulas, comida, agua, cañones, fusiles y mucha pólvora. Por ahora no tenemos el tiempo para analizar esta arista y se aleja de la temática, pero habría sido imposible el cruce de tantos pertrechos sin la ayuda de los esclavos que murieron por cientos – aunque les ofrecieron la libertad a cambio—.

Este camino secreto no solamente lo usó Manuel, también su íntimo amigo José Miguel Carrera solía transitarlo. Bernardo O´Higgins en cambio, en conjunto con San Martín, se desplazaban por el “Planchón” ubicado al interior de Curicó. Ramón Freire, otro gran caudillo de antaño, usaba, por ejemplo, el paso de los Patos al norte del Aconcagua. El éxodo de muchos habitantes del sector central hacia Argentina por miedo a las represalias de Mariano Osorio y Casimiro Marco del Pont, es un tema poco estudiado y podemos conjeturar que pagaron o pidieron ayuda a los arrieros y en algunos casos a los contrabandistas para arrancar al vecino país por los pasos ya mencionados a los cuales agregaremos: Uspallata, Tupungato, Piuquenes y ya más lejano Nieves negras.

Los caminos fronterizos ya mencionados no quedaban registrados de forma definitiva en esos tiempos —salvo en algún diario militar—. En el siglo XX se comenzaron a implementar las anotaciones legales de quienes llegaban por vez primera a las cumbres. Para tener una idea, el paso oculto de Rodríguez no fue fácil de coronar. Hubo intentos y fracasos. Recién en 1924 quedó un catastro oficial de tránsito por dichos lugares con sus correspondientes hitos (demarcaciones). Los nuevos grupos de arrieros en pleno siglo XXI siguen siendo un patrón primordial para albergar los secretos de la cordillera. Las tradiciones orales entre generaciones hacen de las familias de arrieros una pieza fundamental en la historia no oficial que puede cobrar una relevancia insospechada ante la ausencia de fuentes escritas. Además, estos asombrosos personajes, en algunos aspectos, como su vestimenta y rutas, no difieren mucho de cómo vivieron en la colonia, esto, tomando en cuenta la oferta actual de tecnología de punta que existe en ropa e implementos. Estamos realmente frente a protagonistas imprescindibles.

Como epilogo de estas caminatas dignas de una novela de Salgari, Jaime Roca Huerta nos recuerda y enseña algo no menor: “El agua”, no siempre es potable para el consumo humano y de los animales, ya que hay muchos minerales que contaminan los cursos y afluentes; no obstante, hay pequeños manantiales que alimentan los ríos, eran aquellos que debían ser buscados por los aventureros. Además, estos caballos y mulas fueron una herramienta viva maravillosa en cuanto al aguante y al peso de carga que podrían trasladar. Finalmente, hay que comprender que los caballos y mulas no podían galopar hasta alcanzar el valle. Presumimos que los viajes de Manolito contaban con apoyo de caballos frescos en puntos específicos, pues más que su pellejo se jugaba el futuro de Chile.

Por sobre las variadas interpretaciones históricas, la vida de Manuel Rodríguez sigue siendo una fuente inagotable de inspiraciones. Sin duda, su figura y legado ocupan un lugar privilegiado en el podio de la patria. Ojalá que su ejemplo sea seguido en los momentos actuales, donde más que nunca necesitamos arquetipos veraces ante la tan alicaída clase política que administra los designios de Estado.

Dedicamos este trabajo a los padres de la patria, a los andinistas, guías de montaña y muy especialmente a los arrieros, quienes son piezas claves y legítimas de la historia, puesto que sostuvieron en silencio uno de los procesos más relevantes de la patria, “La independencia”.

Álvaro Vogel. Historiador.

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