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Marta Colvin (1907-1995) En el mes de su natalicio 113 años. Por Jorge Leal Labrin

El efecto de un rayo

Marta Colvin nació en la naturaleza de la ciudad de Chillán. Y desde sus observaciones fue creciendo su gusto por la escultura y el dibujo, pero aun así nadie podía suponer que iba a llegar tan lejos en ese vínculo del arte y la naturaleza. De esos paisajes infantiles nacieron otros, tallados por el viento o la imaginación de esta artista. En 1939 decide ingresar a la Escuela de Bellas Artes y estudiar escultura tallada en piedra con Lorenzo Domínguez. Pasará a ser ayudante del taller de escultura y luego profesora. En 1948, el gobierno de Francia le otorga una beca para estudiar dos años en París. La artista ya había recibido un reconocimiento por su obra en Chile. Sus estudios y relaciones con escultores de renombre le abrirán su espíritu y la visión del mundo. Sus primeros maestros en Europa fueron Henry Laurens y Ossip Zadkine. Por intermedio de ellos, conocerá a Brancusi y Arp. Será alumna también de Henry Moore. De ellos aprende mucho más que la técnica, que ya había adquirido en Chile con Lorenzo Domínguez y Julio Antonio Vásquez. Captará el verdadero espíritu de la escultura, a verla como algo vivo, como algo sonoro, como las vibraciones que emiten las piedras de Teotihuacán. Es así que Marta Colvin logrará liberar su espíritu de lo figurativo; creará una obra vital, configurando una naturaleza distinta. Después de su trabajo en Europa y de sus numerosas exposiciones como aquella de 1954 en la Galería Verneuil de París, entrará cada vez más intensamente en un diálogo con lo eterno, dando a su obra un sentido de humanidad.

Se ha dicho que su escultura está contagiada de un profundo sentido americanista. Marta Colvin, a través de su experiencia escultórica y de sus indagaciones, buscará hacer la síntesis, intentando atrapar el sentido de esas civilizaciones precolombinas que han despertado en ella un enorme interés. Su necesidad de reencuentro con América surge en los momentos que estudiaba en Francia y que Henry Moore le enseñara las analogías existentes entre la escultura y los roqueríos o las ruinas imperiales o las alturas cordilleranas del paisaje andino. Marta Colvin cuenta que Henry Moore, en una ocasión, muy sorprendido, le dijo que no lograba entender por qué los artistas latinoamericanos iban a estudiar a Europa, cuando él buscaba su inspiración en el arte americano prehispánico y que una de sus obras llamada Figuras Reclinadas, tenía afinidades con Chichén-Itzá.

Marta Colvin fue una artista que en vida tuvo un enorme reconocimiento. La Municipalidad de París le pide una escultura del busto de Benjamín Vicuña Mackenna que será instalada en la Plaza de América Latina. A su regreso a Chile, en 1956, recibirá muchísimos premios y galardones, lo que a ella no le impedirá seguir trabajando, buscando la naturaleza, simplificando, creando formas nuevas, buscando en lo primitivo como en la lava volcánica o en los vientos que corroen los paisajes del Pacífico. Marta Colvin parece encontrar la vitalidad en los paisajes de civilizaciones desaparecidas. Ahí parece estar presente la velocidad que expresa en sus obras, en esas formas abiertas y fugaces. Denys Chevalier, crítico francés, señala que la obra de Colvin se acerca a los grandes mitos eternos de la humanidad. Se encuentra en su obra el poder simbólico de la expresión que conjuga en mágicas imágenes ciertos temas de la geología andina con otros del atavismo celta, profundamente vivencial y activo en ella. Esta artista señala que aprendió con rigor la academia, lo suficiente para llegar a la abstracción con la que consigue hacer una apertura hacia otras realidades, dejando el mundo visible para internarse en lo invisible. Por medio de la abstracción, ella ha logrado la libertad creativa, aquella que aprendió con su maestro Zadkine. Marta Colvin, luego de obtener el premio de la Paz en la muestra iberoamericana, en Bolivia, en 1956, parte nuevamente a Europa, para participar en el Salón de la Joven Escultura, en 1959, que se realiza en el Museo Rodin de París, en el barrio de los Invalides. Presentará su obra ¨Manutara¨ que en pascuense significa ¨ Pájaro de la buena suerte ¨. Luego presentará esta misma obra en el London Country Council en Londres (Battersea Park) junto a esculturas contemporáneas y una antología escultórica de la escuela de París, en la que participan 9 escultores: Picasso, Arp, Zadkine, Etienne Martín, Sthaly, Richier, Blook, Iposteguy. En 1965 se le otorgará el premio Internacional de Escultura de la Bienal de Sao Paulo. Y en 1970 en Chile, el Premio Nacional de Arte. Su actividad escultórica, rica e intensa, estuvo siempre latente. Si uno quisiera graficar su expresión artística cabría pensar en algunas de las pinturas de Georges Mathieu, que al igual que Marta Colvin, intenta buscar en sus pinturas la velocidad del riesgo y que en las esculturas de ella, sin duda, también está presente. Ambos parecen levitar dejando escabullir sus espíritus. Ella adquiere el céfiro de una diosa que es infiel, es una diosa terrestre y lunar. ¨Ixchet¨ es el nombre de esta diosa de la Luna que acompaña a la artista. Se dice que preside los nacimientos y los partos. No es para nada extraño que ella intervenga en cada acto de creación de Marta Colvin.

Jorge LEAL LABRIN
Artista visual – Profesor de Historia del Arte y Estética
Máster en Arte - Universidad Paris I - Panthéon Sorbonne - París

Obra de Jorge Leal Labrin

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