Porque nada surge de uno mismo; aunque uno haga o afirme algo (lo que sea), siempre estamos inmersos en la historia que nos constituye, una historia viva, nunca antigua ni de museo. Recordando, me detuve en la conversación que sostuve con un amigo y exprofesor, Pablo Zúñiga, a propósito de los resultados electorales de las votaciones presidenciales y parlamentarias del pasado 16 de noviembre. No hay mucho que decir sobre lo evidente, es decir, sobre los hechos: la derecha se posicionó de manera muy amplia en la sociedad chilena. Pero insisto, no hay mucho que decir sobre los hechos, porque, en definitiva, los hechos, como cualquier afirmación, siempre se justifica a sí mismo.
Un hecho, o varios hechos, es lo que nos brinda certeza sobre el mundo. Por ejemplo, es un hecho que, independientemente de quién resulte electo —y esto es una afirmación compartida por muchos—, al día siguiente debemos ir a trabajar. Asimismo, es un hecho que el día de las votaciones hizo calor en Santiago. Cada persona tiene sus propios hechos: algunos son hijos o hijas, tienen o tendrán hijos, viven en algún lugar, trabajan en otro, no trabajan, o son estudiantes de un colegio u otro, y así sucesivamente. Pero, más allá de la diversidad de hechos, nos movemos en función de ellos, ya sean hechos permanentes (como la casa en la que se vive) o hechos transitorios (como los resultados de las votaciones), que, independientemente de su duración, nos constituyen y nos constituirán.
Cuando expresamos cualquiera de estos hechos, hacemos una declaración y afirmación sobre ellos. Sin embargo, como cualquier declaración de hechos, estos no solo determinan nuestra realidad (vivo aquí, estudio aquí, trabajo aquí, ganó Jeannette Jara las primarias porque, en definitiva, no ganó Kast; no trabajo en otro lugar, no estudio en ese otro colegio y no vivo en ese otro sector), sino que también, cualquier afirmación siempre se justifica a sí misma. Por ejemplo, los matemáticos de Talca que resolvieron un problema derivado de la teoría de Nash —“Una mente brillante”, con Russell Crowe—, un problema que llevaba 70 años sin resolverse, si por algún motivo deben justificarse, tendrán que recurrir a las mismas condiciones teóricas que explican el problema. Y si se les pregunta por qué debe ser así, deberán volver a explicar las condiciones que generan el problema anterior a Nash. Y así sucesivamente.
Si, por ejemplo, decimos que Dios es amor, y preguntamos por qué es amor, la respuesta será: porque la Biblia lo dice; y si insistimos en profundizar la justificación, se dirá que porque Juan, uno de los discípulos... Si preguntamos por qué los presidencialismos son inestables (Chile es un caso atípico), el cientista político deberá recurrir a toda la literatura para explicar el motivo, y si insistimos en el porqué, volverá a explicar las condiciones propias de la ciencia política que sustentan su respuesta.
En definitiva, los hechos, como cualquier afirmación, siempre se justifican por sí mismos. Lo importante no es simplemente reconocer que todo hecho y afirmación se justifican por sí mismos, sino la capacidad de proporcionar niveles más profundos de justificación mediante una explicación más elaborada de las relaciones involucradas, la cual cada uno de nosotros posee: nuestra historia. No se trata de una herramienta externa que explique cómo se construyeron esos hechos, sino de que es la propia historia la que se revela para cada individuo. Y esto lo transforma todo.
También es un hecho que la Concertación implementó importantes políticas públicas, sin las cuales, y hasta cierto punto, nuestra vida —la vida de una gran mayoría— no podría desarrollarse con un nivel mínimo de suficiencia. Durante cada año de la Concertación se construyeron hospitales, se creó el AUGE y se amplió la cobertura para un mayor número de enfermedades, entre muchas otras acciones. Además, después de ese período político, se continuó aumentando el salario mínimo, mejorando las condiciones laborales y elevando las pensiones de los jubilados, junto con la reducción de la jornada laboral, entre otras medidas. Y sucede que los hechos se vuelven evidentes, se hacen “obvios”.
Es evidente que, cuando nos enfermamos, decimos: vamos al hospital. Es evidente que uno se conmueve al ver a un niño trabajando en la calle. Para muchos jóvenes de hoy, es claro que piensan en ingresar a la universidad porque perciben ese camino como fácil y, sobre todo, posible gracias a la gratuidad. Sin embargo, nada de esto es obvio per se, es decir, no ocurre por sí mismo. No es evidente que, en términos comparativos, tengamos mejores niveles de solución ante los problemas sociales que otros países. Lo lamento mucho por Argentina (antes y con Milei), pero también por otros países de nuestra región. No lo digo para consolar el espíritu, sino para reconocer la realidad y profundizar en ella. Pocos miran su propia casa y analizan qué tuvo que suceder para llegar a esa situación: siempre hay una historia detrás.
Para que ocurra el reconocimiento de algo, es necesario construir un relato, palabras que no solo se refieran a los hechos, sino que los justifiquen de manera más elaborada. Esto resulta complejo, porque vivimos la vida a través de hechos que constantemente rechazan la pausa y la reflexión; todo es para ayer, todo es rápido. Sin embargo, dado que nada en nosotros es natural, podemos actuar, actuar y actuar. Pero para ello, la mirada hacia uno mismo y su historia es fundamental.
Este fracaso electoral, se podría explicar, entre tantas otras cosas, por la falta de insistencia en ese relato. No es lo único, pero podría haberse acentuado más. Si bien el Estado no es el único lugar para conducir conductas, o tener mayor facilidad para establecer relaciones de poder, es un espacio aun visible y contundente para focalizar en esa arista. Son muchas cosas más, muchos intereses más. Pero bueno, el hecho es que hay una posibilidad importante de que el próximo presidente de Chile no sea Jeannette Jara.
Cristopher Ferreira Escobar. Cientista político
