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Meditaciones diletantes sobre el bolero. Por Claudio Lange

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Empieza por el nombre: la palabra bolero viene, quieras o no, lo comprendas o no, de bola. (A ti a averiguar las implicaciones).

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Lo mejor que se puede decir de los grandes boleros es que hacen parte de una preocupación práctica, cultural y universal por saber como cualquiera puede y debe mostrar con valor y dignidad más que sus heridas, su ininterrumpible y personal vulnerabilidad.

Convencido estoy además, que el gran descubrimiento que hizo el bolero, nacido de un apego exagerado e insoluto a la trascendencia, nutrido por ahogos de angustias en callejones sin salida, esfuerzo que va investigando las posibilidades de la mentira poética e intuiciones irrealizables, es decir, una incondicional irrealidad, es haber reencontrado la veta, que el poeta Bob Dylan de la antigüedad, el griego Anaximandro, cultivó, poner en palabras la misteriosa erótica de la piel humana, hincapié en la femenina, luminosa fruta, flor que se marchita y se arruga como una manzana.

Habidas otras lejanas sociedades entendidas en cutis (el plural de cutis es cutis) (de cursis nada) que los dividieron en ocho tipos que parecen haber, lo que a Anaximandro y que yo sepa a los demás poetas se les quedó en el tintero: digo que el bolero descubrió un término de justa orientación para circunscribir el embrujo que sólo ejerce la piel, nuestro órgano más grande, madre y fuente de todos los sentidos y de los sentires, sea por retina, tímpano, tacto, papilas, pituitaria, pellejo diosa del seducir, cuero, señal e imán de pura vida. En su climax ese vellocino encubre y muestra femeninas formas no sólo adolescentes, muslo, brazo, mano, labio, partes traseras: nadie como el bolero definió, homenajeó ese gran secreto a voces de la piel humana magnífica, cantándola de canela.

Luego pronto esa metáfora mítica vegetal fue reelaborada hasta hacerse metáfora de metáfora a medida de los mercachifles de la música y de la poesía, apareciendo en discursos cualquiera media pasión y doble desgracia, en valses y películas. La maravilla del nuevo término fue sobreexplotado como todo lo demás, explosionó, reventó el poético invento, que hoy nuevamente espera una reinvención.

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Resumen de un vistazo rápido a la canela en Wikipedia: “Canela, cinnamorum verum, planta procedente de Sri Lanka (Ceilán). El árbol conocido como canelo crece en clima lluvioso. Se aprovecha su corteza interna. Sus flores son hermafroditas, androceo y gineceo en la misma flor. La canela se usa en postres, tés, pasteles, dulces, arroz con leche. El licor Mamajuana de la República Dominicana (cuna como Cuba y México del bolero al que nos referimos aquí)- va a base de canela. Desde antiguo se cree en los poderes afrodisíacos de la canela y que ayuda contra la impotencia masculina.”

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En Chile, de donde yo vengo, boleros llamaban unos flecos en las cortas mangas de vestidos femeninos. Así en esta materia soy doblemente diletante.

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Nadie a los 76 años sin razones profundas se pone a investigar o a crear una obra que previsiblemente llegaría a tener más de mil páginas sobre un género musical complicado como el bolero, sea el bolero español, el operático bailable de Mauricio Ravel o el hispanoamericano. Menos, faltando por doquier la necesaria honestidad y ciencia para estas cosas, sin olvidar la ausencia de categorías, para hablar sin remilgos del bolero basura, del bolero eterno, del bolero hereje, del bolero misterio, del bolero opio, del bolero síntoma, del recalcitrante, del bolero sobre o subvalorado.

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En mis razones de intentar hablar sobre el bolero no tengo mucha claridad. Van a pesar de las contrariedades estos apuntes e impresiones, opiniones, hipótesis, fragmentos, inmaduras meditaciones. ¿Porqué? Porque vuelvo y me revuelvo sospechoso del buen y mal gusto (esas rancheras a la buena y a la mala del dios que nos parió).

Fíjense en la historia, o en las imágenes en las paredes de sus moradas. Comencé a sospechar que en el género bolero asoman y se encuentran las más fuertes aunque inapresables raíces de nuestros aparentemente insolubles problemas y que a través de su música piden nos guíen a de profundis perdidos.

(Si no fuera así tendría que haber guardado silencio).

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La cosa partió como reencuentro fortuito con inciertas verdades enboleradas. Y con el misterio de cierta inmortalidad de unos pocos boleros. Y con la casualidad inolvidable de que fueron boleros los que al fin de cuentas hicieron puente entre blancos y negros, norte y sudamericanos, a través de la voz de Nat King Cole, que animado a ello por su amigo Lucho Gatica (el Sinatra chileno) se echó a cantarlos con vozarrón negro. Y por una primera vez (y para siempre) pudimos sentir hermoso el acento del norteamericano en castellano.

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Ahora mismo nombro al mayor representante, intérprete, autor y mito del bolero hispanoamericano, el mejicano Agustín Lara, venerado y aprovechado defensor de la estresada dignidad de las mujeres, putas o más o menos.

Entre los intérpretes de grupo sobresalen tres latinos neoyorquinos, autodenominados “Los Panchos”, aunque ninguno de ellos se llamase Pancho. Uno de ellos declaró una vez que eligieron ese nombre por admiración a Pancho Villa, al que por su parte llamaban “el centauro del norte”. (Nótense las implicancias) Uno de los tres Panchos punteaba como dios los boleros en una guitarra reformada por él, un Mark Knopfler o Eric Clapton cualquiera. (Me gustaría saber si Jimmy Hendrix alguna vez escuchó a los Panchos)

Hay muchos más, el perdonable roquero del bolero Antonio Prieto, un chileno que no le llegaría a las canillas al compatriota rancagüino Lucho Gatica. Este último se fue de Chile pronto, como hacen muchos de los grandes artistas de ese país. Logró triunfar en México, que en los años 40 y 50 del siglo XX con Cuba era el país de más fábrica bolerística.

A muchos conozco mal, a penas, a Mario Clavel, a Bola de Nieve. Otros los desconozco del todo, aun si de seguro van mencionados en las enciclopedias del bumbumbumduá, que por cierto no consulté.

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Mi trato (que es retrato) tardío con el bolero despertó en mí, confieso, sentimientos encontrados. En el bolero uno se suele perder como en una jungla inextricable entre identidades gay y machismos, deseos y retratos poco claros, por letras a medio decir, sentimientos enmascarados y costumbres irregulares. Todo el género parece una selva salpicada de sufrimiento y cinismos, poblada de grandes y mediocres vegetaciones semivivas y semimuertas. Esa selva, como cualquier otra, la cruzan huellas mortales, pestes y pestilencias, ausencias, saqueos, seres desaparecidos y reaparecidos, alimañas espantosas y mosquitos y asesinos por terrenos barrosos, pantanos petrificados. Me parecía a veces como si mi urgencia de un análisis mínimo de esa maraña selvática reoxidara dolorosamente mis propias viejas y caras (por baratas) ilusiones, guardadas y luego olvidadas, con el riesgo de perderlo todo, como al abrir los espacios bien sellados de viejas pirámides de Egipto.

Los escasos rayos de alegría que el bolero coló en mi vida se deben a mi convicción que son intentos de escapes tejidos en las grandes mentiras en que todos vivíamos y vivimos, entonces, allá y acá, y que por eso logran conservarse hasta hoy y mañana. No había entonces motivo suficiente para renunciar a esa luz aunque desfalleciente del bolero. Aunque sentí lo bolerístico omnipresente en nuestro manoseado y adhesivo autoengaño seudocultural, en la corrupción y erosión ya naturalizada, en la lisonja y el atropello que hace tiempo gusanea todo lo auténtico.

El bolero me parece ser un buen ejemplo de una aterciopelada cultura de derechas, mientras tango, cumbia, mambo parecen ser como más de izquierdas.

Ahora: yo no quiero, si de mi depende, vivir embalsamado, como en una burbuja, sea de tango, valsecito, cueca o bolero, ni tuerto ni manco, en un mundo sólo de rojo o sólo de blanco o de negro, sin azul ni amarillo, marrón o verde, en esas prisiones demenciales del fundamentalismo, artificiosas, falsas que gustan a los dogmatismos y a sólidas aristocracias y tiranías, en que campea – entre boleritos también- la ceguera, sordera y mudez de los tres monos afamados.

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Aunque pueda parecer que por integracionismo vivamos en un caos, se trata de podar la brutalidad de algunos árboles selváticos, controlar y reparar asuntos descarrilados, prevenir asesinatos, corregir impunidades, construir senderos ecológicos y musicológicos a través de esa selva, de asumir los fracasos comprobados de nuestra incultura latina. Se trata aquí que el bolero comunique finalmente lo que intentó decir, hablar de las humillaciones. Y de que nadie, ni bailes ni ritmos, negocios o codicias ni el resto de los vicios muchas veces autodenominados virtudes excluyan ni marginen: la limpia percepción, el sentir, el deseo, la locura sostenible, la contradicción eterna, el arte y la acción verdaderamente curadera.

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Después de una sesión de boleros escucha a Mozart y ya verás lo que digo. Hablo y escribo claro como amateur (amante).

Vivimos los finales del matrimonio imperial entre la industria, la banca y las masas que se rebelaron o acomodaron y fueron sometidas. Las masas se creían bellas, buenas, además creían en su matrimonio con empresas o partidos. Hoy ya ni se atreven a mirar en el espejo, tanto es el ridículo.

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A pesar de haber cantado en shows de radio, yo conocí poca gente del ambiente. Hoy tengo por delante todo para reescuchar. Sé también que hay más en los boleros de lo que yo sé. Pero las ínfulas de la precariedad y del vacío son demasiado evidentes en el bolero, en ese venenoso pan cotidiano que emerge del horno de los países que llamamos nuestros y donde con demasiada frecuencia ni gusto, ni salud ni responsabilidad aparecen en los genes.

Se habla de la justicia no habiendo, la igualdad es ya impensable, a penas imaginable. Los buenos esclavos, los malos y los que quieren ser buenos o malos no logran nada con los amos de ahora. La cultura es parte del problema: el sistema esclavista, como cantaba la primera poseía egipcia, sobrevive a todo.

Pero no todo ni nada es culpa de la bossa nova. O del bolero.

Canta un famoso bolero “solamente una vez amé en la vida”, dice que es siempre así. Como hay gente que dice que basta leer un libro (la Biblia, el Alcorán) en toda la vida. Charles Bukowski, gran poeta y bohemio en cambio afirma que en nuestra especie encontramos alrededor de treinta parejas ideales. Y que sucede que uno encuentre varias de ellas en la vida.

Entonces: ¿en qué quedamos?

Los boleros deparan sorprendentes, fanáticas afirmaciones, cultivan extremos de sublimación que confunden con poesía. (Crítica, autocrítica, autocensura son a veces y no son lo mismo.) Ficticias letras, frases hipócritas, mentiras radicales que se presentan como verdades últimas, historias mal inventadas fomentando desorientación, viciosidad, despertando intereses pasajeros, delectación, luego indignación, aburrimiento, olvido. Mucho quedará por descifrar en los boleros ya por su hilado varias veces al revés.

Rulfianamente funcionan en él las cosas. Como en el reino de la muerte.

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El período en que estamos nos quiere obligar a elegir entre males peores, entre el bruto y el exquisito cinismo, entre causas externas e internas que son idénticas. Los horrores diarios de las tempestades de ignorancia no la logra entender ni digerir ni la patafísica. Descubrimientos inútiles de contraciencias que analizan sin tocarlos los engaños legalizados, la dictadura progrediente de la violencia inmanente, la esquizofrenia que se apoderó de la normalidad. Estamos atrapados, encarcelados en apariencias y datos falsos.

El bolero es el intento fallido que inútilmente canta de escapar de una burbuja social.

Que quién plagia a tal, quién falsifica a cual; cuánto azufre o escarabajo molido va en vinos de todo origen controlado, cuánto antibiótico hay esa carne barata que comemos de animales eternamente infelices, inmunizándonos contra toda libertad y valentía. Las masas ya conocen la fuerza ajena y sus propias debilidades, no saben cambiar su manera propia de pensar y practican la omertá. Y aunque pudieran cambiar algo no lo hacen. Cantar es callar que los obedientes y los sublevados fracasaron. Ese triunfo juegan los megalómanos populistas de derechas e izquierdas. Que qué pasó: que la miel tiene sus papeles falsificados, está sin polen ni ya nada de abejas, ellas en vías de desaparición. Y qué decir de las condiciones de los peces entre plásticos a miles de metros de profundidad.

A este análisis (que yo llamo neovudú o de contraciencia permanente) quiero entonces someter aquí al bolero. En otros campos lo he practicado, sean culturas, religiones, identidades, idiomas y en tanto monumento tonto y solemne, en los mundos más inmundos.

En las inhumanas complicidades humanas, la comodidad del poder y la banalidad del atropello, en las comunidades del desdén, sus pérdidas y sus ganancias, lo invisible, inaudible, lo reprimido, lo pestilente es lo que toca revalorar, repensar, repesar.

(Se dice lengua hablando de lenguaje, por qué no paladar, dientes, labios? )

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Hace ya rato que estamos hartos de las bazofias culturales en curso. Pero a la vez estamos pringados con ellas. Ni nuestra peor vulgaridad escapa de su mal de ojo. Los desafíos tramposos, las traiciones a y de la razón, al privatizado sentido común tan negociado, los mitos propios y ajenos jamás comprendidos. Ya los griegos con su gnoti seautón (conócete a ti mismo) – vaya utopía tirada de las mechas- por lo menos sabíanse extranjeros, extraños a sí mismos. Pero no se dieron cuenta que los extranjeros, a los que la polis negaba la ciudadanía, eran ellos.

Rimbaud, se sabe, estuvo iluminado por ese redescubrimiento.

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Un experto cualquiera en arte islámico hoy puede vendernos impunemente, contándonos que en las mezquitas los artistas, decoradores y arquitectos buscaban representar la prefiguración del paraíso. Sin embargo allí brillan las tan mentadas 70 huríes por su ausencia, las que en el paraíso musulmán se supone que esperan, (según la aceptada aunque quizás incierta lectura del Alcorán), hermosas vírgenes eternas, pero que a diferencia de la madre del dios hecho hombre, gratificaban a los mártires siendo fornicantes expertas en las artes del placer, entre flores, pájaros, mieles y alcoholes. Hay que saber que la mayoría de los dioses aztecas, por dar otro ejemplo, se entendían como inevitables poderes malignos, a veces buenos a la vez. Enormes sacrificios se hacían así necesarios para disuadir tales ingenuos diosas y dioses del placer o vicio o juego nefasto de maltratar a la humanidad. Si hoy ya casi no sabemos cuáles dioses se llaman cómo, qué piden, porqué, cómo hay que tratar con ellos, buenos y malos, amantes e iracundos, si aún se llaman e invocan como Zeus, Negechén, Jahve, Indra, Krishna, Cristo, Allah, Zoroastro o Quetzalcoatl. O si reencarnaron para hacer y deshacer a gusto, bajo seudónimos de “gigaempresas” (Google, Facebook, Amazon, Apple, bancos “to big to fail”) inmortales mortales a su manera, para someternos, jugar con y contra nosotros). Antaño hubo siempre entes enemigos tan o más poderosos que los mismos dioses, gigantes, titanes y más que ellos, las llamadas fuerzas del destino, poderes de la casualidad (como causalidad), de la rueda de la fortuna, entes máximos, comandando lo humano, lo divino y lo transdivino hacia su aniquilación.

La repetida invención de un único dios padre, masculino, bueno, desestimó explicar los totalitarismos paradiluviales ni fundamentar la existencia del mal, lo injusto, la miseria, los amores infelices, imposibles. El dios único se puso aburrido y así inventó unas contrapartes entretenidas, el demonio, los seres humanos. Y comenzó a distraerse con un invento de guerras santas. Digo esto, porque también para el bolero el amor es lo que en el mundo toca el pito. El amor, la mujer llegan a ser más grandes que todo dios. La hembra juega a ser la fuerza del destino, adorada como diosa, tal como otrora por otros lados se la adoraba como Isis, Cibeles, Venus, Inana. Una mujer corriente en la religión bolera es bruja. O sacerdotisa. O divinidad.

La relación de los humanos con sus dioses siempre fue unilateral, repleta de odios, esperanzas, mandamientos, culpas, castigos, obediencias vanas, arrepentimientos, vergüenzas, ilusiones, sacrificios, rara vez de verdad indudable y correspondido.

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Para un tipo de meditaciones así se precisa una inusual lentitud, habiendo en todo terreno muchísimo que desaprender y de reinventar, rótulos, categorías. Hay que dar chance a asociaciones nuevas, ver luego si sirven y cómo aplicarlas. Sea a al bolero o a lo que parece poesía, religión, arte.

Buscamos, necesitamos una ciencia profunda de lo banal, del agua, aire, fuego y tierra, vida, clima, alimentos, igual que de las perecibles religiones, relaciones, nociones, organizaciones, artes, músicas y culturas.

Al tiempo que apurar la comprensión de las mezclas y las perversiones de todo, de los sentimientos con argumentos, del heroísmo con la mentira y el miedo y el dolor, de los martirios superfluos con lo criminal, de la imprescindible esclavitud con la droga y las victorias pírricas.

Eso es lo que a propósito de bolero aquí quiero esbozar.

Nuevos conocimientos, técnicas y caminos aparentemente exteriores a la corta o larga obligan a transformaciones internas. Estas son siempre dolorosas. Ni la mejor vida acabará con el sacrificio. Sólo que entonces el límite de todo dolor será el del parto feliz.

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(No omitiré aquí que un apagón de luz borró del ordenador las primeras páginas de este texto. Pensé que el mensaje de ello era que no siguiera con el proyecto bolero. Luego, que algo me exigía narrar la experiencia vudú con un apagón. Ganas no faltan, lo dejo para otra ocasión.)

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El mundo está hasta las narices con los cacareos ignorantes en estos nuestros corrales culturales insalubres, hartos de las bazofias pro o contra cultura, pro o contra la libertad. Como si libertad no significara simplemente no estar poseído siempre y demasiado, como si cultura no significara tener valor y poder para recordar la auténtica posibilidad de elegir y usarlas públicamente.

(Alguien cree acaso que una nueva Constitución pueda hoy decretar vicio y patología las leyes que rigieron el pasado, el ganar y poseer al otro (dinero, poder, todo), o que vayan a legalizar poliandría y poligamia o que se vele por que las imágenes, pasos, voces, palabras sean legales sólo si propician amistad, belleza, justicia, verdad?)

“Amar es hacer aparecer” dijo Humberto Maturana. Eso es un punto de partida. Pero de pronto re-velar significa volver a ponerle un velo a lo divinamente o infernalmente real. Eso lo digo yo.

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Algún que otro bolero encendió en mí la sospecha, que muchas veces Ahí se trata de emanaciones de rancia incultura, mejor, de seudoculturas con acartonados perfumes clérigo-fascistas y de viejo sistema de castas, síntesis de podridos feudalismos machistas del cotidiano latinoamericano.

Que los embauques y discursos que nos rodean sean pro o contra culturales, pro o contra la razón, ya casi da igual. Casi, porque las vacuidades proculturales son muchas veces mucho más letales y erosionantes que la palabra del odio violento, ignorante y sin misericordia. (Léase por favor la carta de A. Camus a su amigo nazi.)

Cultura y barbarie son ejemplos de cultura o de barbarie, como se prefiera. Y de entretenerse con “the same but different”.

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Algunos de los textos de boleros que irán aquí referidos serán aproximativos. No deseo reescuchar más boleros. Otros o yo, cuando yo salga de mi hartazgo, pasaré a citarlos exactamente.

Pero antes: ¿qué nos pasa, cuando escuchamos esos encunados y disonantes arreglos, suaves e insólitos de exquisitas boleradas? Acaso sentimos que América Latina siempre ha querido estar a la vanguardia del respeto y la tolerancia del otro, de la mujer, de la homosexualidad?

(Lean por favor a Reynaldo Arenas)

Más de una letra de bolero reza y varía el tema del amor así: “Aun si ni dios ni tú ni yo queremos mi amor por ti te seguirá por la eternidad.”

Esta seudopoética es además una licencia hereje, atea, que afirma que hay una segunda, otra eternidad, más eterna que la divina.

En otro bolero “amar es tocar los dinteles de la gloria”.

Estos son unos primeros ejemplos de crípticas postulaciones en boleros que contrabandeando engañosas verdades sobre la religión del amor.

(Dijo Gore Vidal que donde se habla demasiado del amor, ronda un ladrón.)

Como si se tratara de una música que quiere empaparlo todo con los débiles perfumes a los cadáveres del amor, a la mierda desde el edén perdido.

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La palabra amor lleva en sí cuatro letras iguales a la palabra amistad. Siempre he cavilado, porqué los revolucionarios franceses prefirieron la fraternité a la amitié. Además la palabra amor conlleva amo, uno que necesita de siervos.

Un amor tal cantado por hombres que “no pued(en, o) vivir ni un minuto alejado de ti” publicita una relación de infeliz simbiosis, aclama una dependencia patógena, totalitaria, pueril, como la que cultivan y exigen los monoteísmos a sus feligreses y los dictadores a sus pueblos. Y que bien mirado representa probablemente en sí una etapa hacia el homicidio y el feminicidio.

Deshagámosnos de esas maneras bolerescas que acompañan nuestras marchitas ideas preconcebidas. Y especialmente sobre el bolero. Escuchémoslo, entendámoslo, veamos.

Porque el bolero transporta entre otras cosas pasiones inconfesables, , imaginaciones, convulsiones, experiencias dolorosas, inefables. Mintamos en serio, arguyó temprano el bolero, por fin y sin mezquindad, a más no poder, por último, inventemos todo, si cabe: los poetas son especialistas en cosas de mentir, algo bien hecho nada de fácil. Para ello nada mejor que componer, cantar y escuchar boleros.

Que por ahí también fueron al éxito muchos otros tipos de canciones.

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Un bolero afirma que perder la amada es peor que si el cielo se quedara sin estrellas y “si las flores perdieran su perfume y su color, no me importaría - mi importas tú y tú y tú y solamente tú.”

El egoísmo pueril aun a costa de la masacre: mejor no se puede expresar.

Porque el amor en el bolero tiende a ser autismo, ese amor es masacre.

En él, si no dónde, se expresaron vedados anhelos de apocalipsis. “Me hacen falta tus cartas más que la misma vida mía” (“Escríbeme, Escríbeme”). Otra frase mal nacida, que al fin sólo logrará nuestro aburrimiento y descrédito.

En toda tiranías circulan frases comunes que nadie se cree. Como en el bolero, donde pareciera que ni el que las escribió gozó sus más o menos bellas mentiras. No se las cree el que las canta ni el que las escucha, creándose esa situación extremadamente conocida. cuando como en duermevela se entra en una apoteosis de un status quo incomunicativo, de un nihilismo ejecutado, a tono con y en el subdesarrollo apaleado de acartonadas tiranías seudoreligiosas.

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El bolero presenta su técnica de cortejo por mareo de la razón por medio de la exageración.

Pareciera las más de las veces que sus letras al mismo tiempo buscaran con desesperación alcanzar lo hermético, para que nadie sepa lo que dicen.

Pero algo sabemos: Se trata de un negocio férreamente irracional. Dentro del marco social de insoportables privilegios y frustraciones. Así y sin arrugarse se puede cantar en feo que el universo entero no vale lo que una noche con la amada.

(Todo animal en celo lo sabe y arriesga lo aguantable por parearse).

Pero los que escriben y cantan boleros en nombre de nuestra especie sorprenden, intrigan, engañan (para vender: ¿qué?), con pocas excepciones asquean, aburren y pronto se olvidan.

Está dicho: la temática esencial del bolero está en el amor heterosexual que aparece por regla como una especie de sufrimiento providencial y fatal. Lo canta y recanta en general el lado masculino doliéndose públicamente. El placer de ver y oír al macho, la parte privilegiada del patriarcado, finalmente derrotado por la hembra, está presente en mucha música popular, country, tango, blues etc.

Subyace ahí la convicción, que el amor, profunda y última energía revolucionaria con fuerza de cambiarlo todo y de mejorar el mundo, lo que logra al final es empeorarlo todo aumentando el sufrimiento.

Y el macho dolido o derrotado clama compasión ante una hembra humana declarada diosa. Ella, se dijo, es más fuerte que la muerte, que el pecado y el castigo, más perdurable que la eternidad divina, más grande que el universo, cada una es sucedánea y superior a la Virgen María.

(Por favor léanse Don Segundo Sombra, estilando mitología macha de odio, adoración y desprecio por crueles mujeres. No vamos aquí a entrar a negar o a profundizar en los recursos en materia de crueldad de madres, hermanas, hijas, amantes, esposas y mujeres en general. En los buenos boleros para ello encontramos consuelo.)

El bolero, en todo caso, tiene las puertas abiertas de par en par a la mitología, a la exageración, al odio. En su total deshonestidad va lo bueno lo excelente lo malo y lo pésimo bien mezclado. En anzuelos lleva camuflada la carnada virtual. La hembra en general sobre o inexperta, privilegiada o sin conocer el trabajo remunerado, a la vez diosa superior a toda energía creativa no es más, al fin, como para cualquier cabrón, que un pez a pescar.

El bolero es una carnicería hipócrita, también de ahí su fascinación.

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Las partes comunes vedadas en historias entre mujer y hombre (amor pedófilo, amor homosexual, variedades de prácticas sexuales) tampoco asoman en el bolero. Sería pedirle peras al olmo: el bolero quiere ser political correct y es desde ya demasiado cobarde para lo demás. Sólo apenas y a veces en metáforas, en vapores esporádicos, revuelcos imaginarios se asoman esos temas. Corriendo los años 40 y 50 en Hispanoamérica entre otras cosas más habría echado a perder el negocio.

El bolero festeja la transfiguración, la adoración (y solapadamente la condena) de y por la mujer supuestamente amada. Sin sensatez ni límite su adoración se acredita simplemente como reverso del odio y del solapado desprecio por ella.

La mistificación y adoración de la mujer sirve a los dos de la pareja como opio seudoliberador, a la vez a los fines del macho y anestesiando la desconfianza y autodesconfianza de parte del sexo femenino. El bolero sirve en primer lugar, muchos lo han dicho, para bailar apretado, para seducir, para esclavizar y esclavizarse, drogar y drogarse mutuamente. Ritos japoneses de lucha entre los amantes donde termina uno maniatando al otro, (bondage), están emparentados con el fanático discurso amoroso del bolero.

Se trata de llevar a la cama a la hembra reprogramada y drogada por el bolero (como se cazaba a bolea), raptada y pillada en las trampas ideales del bolero, con su palabrería incomprensible, ideal, ocultista y exagerada.

El bolero es el revés del canto de las sirenas donde eran ellas las que raptaban a los hombres a su fornicación mortal.

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Los boleros martillean su mensaje de que el amor que cantan reconoce a la amada como diosa. El amor en el bolero libera cantando, como las drogas, petrificando a la larga.

La divinización (de la mujer) exige su adoración. Adoración viene de dorar, que es con oro. El bolero es la falsa moneda de oro que hace que sus adherentes se sientan ricos un momento, es un negocio con falso oro. El bolero trata de saber dorar la píldora.

Al mismo tiempo parece que quisiera rescatar la parte pasiva del hombre. El bolero contiene un feminismo aparente del macho que finge y amenaza con enloquecer o morir en caso de fracaso.

Esto es una invitación a ser malpensado frente al bolero. “Voy a apagar la luz para pensar en ti.” ¿Pensar?

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Busco definir de otra forma la situación que encontramos. La mujer adorada se vuelve diosa, vale más que todo. Todo lo demás es despreciable, incomparable a ella, aun el paraíso cristiano, carente de mujeres sexuadas y sin el disfrute que ellas son capaces de regalar aquí. La mujer predivina y la divinizada están claramente en el más acá.

La arcaica diosa matriarcal totipotente se manifiesta al que la ve (desde Petrarca verla y amarla y caer preso de ella son una cosa), y todo cambia, más aún si uno es amado por ella, aquí y ahora, por la diosa encarnada en el más acá. Así de pronto adorar a una mujer significa tratarla como se lo merece toda auténtica diosa, en el más acá o el más allá.

La adorada es la poderosísima y pura presencia de la gran diosa abscondita.

“Más allá del cielo infinito, más allá de la vida, más allá estás tú, más allá, para mí.”

Sin ese desparpajo pero con más candor poético puede aparecer la equivalencia entre mujer y diosa igualmente en un valsesito. (Diría que el valsesito es sólo un bolero con otro ritmo).

“Como a dios, sin verte, te adoré”
Y a lo bolero: “Te haré un altar…”
“Mujer, mujer divina”.

El bolero clásico sobre este asunto dice (texto aproximado): “Teniéndote a ti en vida no necesito cielo ni más allá. La gloria, consuelo de mortales, no me falta, porque la gloria está aquí, eres tú.

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El bolero expresa con tesón una tendencia: no poder compaginar amor con moral católica. Gatica y sus colegas iban con sus boleros como no tan castos medievales trovadores invitando a dueñas y señoras a militar en el partido de lo nostálgico matriarcal. Lo que se corresponde con su imitación del barroco presente hasta en los mejores boleros.

“Tal vez a (hasta) tu oído llegue la melodía salvaje del eco de la pena de estar sin ti.” “¿La melodía salvaje del eco de la pena…”?

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Fatalmente en ese fláccido mundo hecho de imitación de pasiones y estilos, de fotocopias de lo arcaico, el lenguaje del bolero neo o seudobarroco calza con la chillona repristinación de lo matriarcal. Y también con el de tener derecho, de querer, de no poder abandonar la vieja esperanza de un amor mutuo y correspondido.

El bolero vive las derrotas de su intento de restauración de una nueva vieja fe.

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El bolero por su éxito, su exagerada irracionalidad y su barroquismo pronto se vio transformado en una especie de basurero manierista a tope con sentimientos inciertos, inexistentes, en canción de procesión seudoreligiosa festejando con el balbuceo tautológico del amor:

“Tienes en el ritmo de tu ser todo el palpitar de una canción…”

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Me permito improvisar aquí mis breves asociaciones sobre el barroco.

Lo barroco fue el estilo artístico de la Contrarreforma, movimiento planificado archicatólico que pronto vio fracasar su guerra contra los nuevos movimientos religiosos de Lutero, Calvino y otros. España, la campeona católica, perdió ante los protestantes sus Países Bajos, vio hundirse pronto su mal llamada Invencible Armada que buscaba recatolizar Gran Bretaña. Un cronista español del XVII llegó a anotar, que el dios católico dio a España para misionar a los “indios”, para consolarla por sus pérdidas al protestantismo (al judaísmo, al Islam).

Hay un lío de modernidad en lo barroco, la moda rígida, el naturalismo descarnado girando alrededor de la muerte y del horror vacui, una sexualidad demonizada, un espíritu vanguardista y experimental parecen eternizarse hasta marcar incluso al bolero, reapareciendo lo barroco siempre de nuevo en borbotones de inteligencias, añoranzas y melancolías. Barroca es toda mezcla de grandes proyectos y grandes ruinas y fracasos.

Hasta que llega el momento en que de tanto alegorizar y darle vueltas a las cosas ya no se sabe distinguir lo que es el corazón y lo que es el alma.

“Alma llena de amargura”..? ¿Cómo sería un ataque o un paro del alma?

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Mucho en el bolero acontece a orillas del mar. En el bolero sucede, como si se quisiera y no se pudiera hacer cantar cabalmente la secreta naturaleza anfibia nuestra.

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La mujer, como la inventa el bolero, es pura música divina. Es, mejor dicho, como el universo mismo.

“Mujer divina, tienes vibración de sonatina…”

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A quien se le ocurre por qué y cómo cantar (y escribir) “que las mariposas son más bellas que las flores”? Qué mezquindad. Qué avaricia. Qué mal gusto.

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El bolero vendió con éxito su doblemente falso culto a la mujer. El amor como religión de la mujer amada que hace sufrir. (La mala madre). (¡En cuántas connotaciones habría que entrar aquí!)

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Las casas editoras vendían, como pasa, y gracias al éxito del género (y a la sonsera del público), cualquiera basura, grababan aboleradas idioteces, siempre que fueran capaces de destartalar cualquier conexión sobria de las pasiones con la realidad, con el lenguaje, la razón. Qué hacer con una estúpida letra de bolero que reza “me entrego a ti completamente cada vez más.” O con: “Y te juro por mi amor que te adoraré.”

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La fábrica tal cual de los boleros estaba basada en la insanta cuaternidad del poeta dudoso, de músicos y cantantes disponibles a cualquier cosa, la casa grabadora con sus ganancias a destajo y un público drogado por la fuerza de la miseria y el desatino.

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En un bolero se canta “Espérame en el cielo corazón, si te vas primero…” Un amante imagina que ella se muere antes que él. Acaso lo desea. (Si fuera así, que lo diga). Luego dice: “Allí en el cielo (juntos de nuevo) entre nubes de algodón haremos (entonces) nuestro nido.”

¡Incomparablemente grande es Walt Disney!

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También se canta en el bolero aquí y allá del amor por la mujer que ya va o que va a terminar en la calle. “Quisiera saber quién te besa y quién te abriga.”

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Aquí el dolor es amor es dolor. Condena perpetua, eterna maldición. Como en toda religión verdadera.

Así vamos babosos militantes por los pantanos del sadomasoquismo. Está escrito que ambos sexos juntos han de ir por allí y que durará eternidad de eternidades.

El bolero jamás dirá que todo es mentira, o que el mundo es una porquería. Eso es capaz de decirlo sólo el tango.

Lo que el bolero más bien decanta es: “Hoy quiero saborear este dolor.” Y. O: “Llorar contigo será mi salvación”.

En la otra punta de la sumisión y la entrega está el sadismo, violento o velado. (Lo veremos con claridad ahora en la tonada venta de los ojos.)

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Cualquier criatura con natural autoestima por definición no es alcanzable, si no se entrega o regala al amor por propio gusto. Una mujer, ni ángel ni diosa, que no tiene deseo y libre albedrío será sólo aparentemente accesible para cualquiera (que la desee poseer). Y su posesión será virtual, una ilusión dolorosa para los dos, esclavitud, condicionamiento, programación. Pero amor ahí no hay por ningún lado y de ningún color. Toda sumisión forzada o por engaño derrapa pronto hacia la vejación, amancebamiento, droga, asesinato, estabilizándose acaso en la arcaica ficción del cariño en que media el pago. (Así pasa en los matrimonios dichos decentes como en lo que Agustín Lara en un genial bolero llama los “mares de locura”).

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Miremos de cerca la tonada hecha a lo bolero: “Yo vendo unos ojos negros”. Es famosa y nunca comprendida.

Vendo, antes que nada, parece seguro que aquí venga de vender, no de vendar.

¿Vendar qué? Las cuencas, órbitas vaciadas de sus ojos. Aunque es famoso el >te arranco los ojos< del celoso y la celosa, nadie cae en ello.

Pero debemos connotar vendar. Porque si no le arrancó los ojos a la amada cómo podría ofrecer los ojos que no son suyos a la venta?

(Otro bolero canta: “ojos negros, piel canela”, gran himno sintético a la erótica del Tercer Mundo. Homologándolo con la venta de los ojos negros que han pagado mal: ¿Mal pagado? asociamos deuda externa de los países empobrecidos y prostitución social en todos los sentidos.)

Continúa la tonada: “Y todas las noches las paso suspirando por tu amor”. Lo que es simplemente otra inimaginable mentira bolerística. Porque el enamorado no suspira de noche sólo sino día y noche. Quiso el autor acaso decir ¿traspirando por tu amor todas las noches? Con la cobardía propia de las letras del bolero: ¿no se atrevió?

¿Además quien cree que puede vender lo que no es suyo? Por fin ¿de quién son esos ojos? Son de ella. ¿Cómo llegaron a ser propiedad de él? Se los arrancó (a la hechicera). La quería enceguecida.

Estaba ella acaso endeudada con él, le debía algo?

Y esa misma tonada (que no bolero) afirma: “Las flores de mi jardín con el sol se descoloran.” Qué flores raras, qué afirmación tan exquisitamente esquizofrénica y misteriosa.

Descoloran: ¿no quería decir marchitan? (¿Flores que pierden su color al sol, como los bolero bajo el sol de mis comentarios? ¡Marcha!)

Y sigue de remate el inopinado: (así ciega) “más te quisiera, más te amo yo.”

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El bolero es oro falso para las falsas ceremonias de la adoración.

(Hay pocas reglas que no aceptan ninguna excepción. Una de ellas es no hay mal que por bien no venga.)

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Palurdos hemos sido cantando, tocando, escuchando boleros. En vez de exigir composiciones y letras más nutritivas, justas, contundentes. Habrían sido indispensables para no perder o para recuperar la brújula para nuestros espacios y nuestros tiempos.

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Siempre duele pensar (valientemente). Estas meditaciones no son más que caminos de mi duelo.

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“Contigo aprendí que la semana tiene más de siete días” (feriados, dirían el cínico y el hedonista).” “Contigo aprendí que nací el día en que te conocí.”

Así los boleros también cantan las verdades y gigantescas transformaciones a que somete el enamoramiento.

Pero el esclavo fundamental, el devoto de dioses y diosas, el siervo, más temprano que tarde matará, quemará, reventará su ídolo y a sí mismo.

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En el bolero se divinizó el anhelo por la madre perfecta, la que nadie nunca tuvo e hizo surgir el sueño despierto de la amada sobrehumana y divina. Con la pubertad nace, luego quizás nunca afloja el intento de reemplazar a la madre real o la hermana por la mujer de la vida. La amada hecha diosa es una ficción de madre, gracias a la cual luego toda mujer se vuelve pura ficción.

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Mencionemos ahora alguna de las obras maestras entre los boleros. Una es “Nosotros”, el más terrible, traumático, inolvidable, grandioso bolero de todos. “Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más, no es falta de cariño…”

¿Qué pasó ahí? se pregunta cualquiera desde la primera vez que lo oye. La misma vida canta en él como es, limitada, incomprensible, como en los versos de César Vallejo.

Grande y famoso bolero es “ Bésame, bésame mucho”, escrito por una quinceañera que quería llegar ser gran compositora y no pudo serlo. Sólo esta composición suya tuvo ese éxito fulminante y mundial. Pero decimos como en el bolero: ¿“tengo miedo perderte?” o “miedo DE perderte (y perderte después)?” Esa irritación gramatical puede ser la cicatriz trascendente, el pinchazo de vida en la carne del bolero a la que deba su eternidad. (Lo canta Leonhard Cohen: “There is a crack where life comes in.” Por las trizaduras entra la vida. El arte es el gran antípoda de la perfección.)

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Luego el bolero “Ansiedad”, perdurable a pesar o gracias a su letra carente casi de sentido.

Otro bolero de peso es “El día que me quieras”. Su verso encubre y vela discreto aquello de “la noche que me quieras.”

Otro y para el caso enigmático bolero es “Contigo en la distancia”. El verso que le da su título aparece en su penúltima línea, prueba de su calidad y libertad constructiva.

“Dicen que la distancia es el olvido” es su gran bolero gemelo, embellecido por arreglos convenientemente disonantes, que relativizan el ambiente insensato de sus inevitables mentiras boléricas, alusiones, metáforas poco comprensibles, posiciones reaccionarias, destacándose sobre su turbio fondo musical una melosa navegación.

“ Hoy mi alma se viste de amargura porque tu barca tiene que partir a otros mares de locura”: Pedazo de letra.

En el bolero “Noches de Veracruz”, “la noche se derrama sobre la arena”. Podemos intuir lo que pasó.

Grande es también lo que pasa en “Sabor a mí”. No sabor a ti. Quizás también. Antes sabor y olor a mí. Lo lleva ella. Se canta y festeja el sabor del macho que ella llevará consigo hasta la eternidad. No se sabe por qué. Pero se intuye. Tampoco se sabe qué sabor es. Pero se intuye. Digámoslo, a riesgo de equivocarnos: sabor a sangre, o a semen.

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Sabor y saber, secretos a voces, ignorancias innecesarias.

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El bolero descubrió su nicho para explayar su barroca pre o criptopornografía.

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En él vale la herejía, el engaño, el porno, los anhelos verdaderos, todo pero velado. Borroso. Con los cables muchas veces cruzados, como enredos, en letras y arreglos.

El bolero vulgar sirve para bailar cheek to cheek: I’m in heaven (como lo canta Louis Armstrong).

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Un puñado de boleros son obras maestras, miles son embustes y intentan violaciones perfectas. Llegado el momento, al rock&roll, calipso, mambo, tango, bossa nova no les costó nada cegar las pocas puras y frágiles vertientes del bolero.

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También en Latinoamérica hay géneros de música peores.

© Claudio Lange V-VII 2021

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