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¿Mentira fascista? El uso de la mentira por la extrema derecha chilena. Por Sebastián Rubio Salazar

En el pasado debate presidencial desarrollado por Anatel, el candidato presidencial José Antonio Kast señaló: “hay más de 1.200.000 de personas asesinadas”; “40 mil muertos en listas de espera”; “un millón de desempleados”; “Chile es más pobre que cuando lo recibieron”. Todas estas afirmaciones fueron desmentidas en un breve periodo de tiempo por diferentes medios nacionales. Sin embargo, esto no es nuevo, en reiteradas ocasiones el candidato de la derecha ha sido desmentido, por ejemplo cuando dijo: “durante el gobierno de Gabriel Boric se habían contratado 100.000 nuevos empleados públicos”. Diferentes periodistas y políticos salieron a desmentir estas cifras, pero Kast salió al paso señalando: “el gobierno ni siquiera sabe cuántos funcionarios hay”. En vez de reconocer la mentira, sostuvo que los datos no eran confiables y prometió una auditoría para comprobarlo. Todo esto para sostener la idea de que “Chile se cae a pedazos” y provocar una reacción emocional a través de la falsedad como realidad política. En este contexto, es relevante analizar el rol de la mentira en su relato: ¿Se trata simplemente de una estrategia política más, o responde a una tradición histórica que utiliza la falsedad con otros fines? ¿Son todas las mentiras equivalentes?

El uso de la mentira en el ascenso de las extremas derechas a nivel mundial ha sido estudiado por múltiples autores. Sin embargo, me gustaría traer a escena el trabajo del historiador argentino Federico Finchelstein y, específicamente, el concepto de “mentira fascista”. Este autor a través de un estudio riguroso de fuentes históricas, logra evidenciar una relación entre los populismos actuales y el fascismo clásico. En el fascismo, la mentira no solo se usa como herramienta, sino que también es una ficción ideológica que se vuelve una “verdad oficial” mediante su repetición. Los fascistas buscaban reconstruir un “pasado glorioso” atribuido su pérdida a un enemigo interno o externo.

En los populismos de extrema derecha este mecanismo político sigue presente, adaptado al funcionamiento de las democracias liberales. Los populistas buscan que la emoción reemplace a los datos y la razón; mostrar al líder como víctima y salvador; presentar a la nación como en peligro inminente. No buscan la reflexión, sino la acción basada en un sentido común en relación con una ideología compartida. En el caso de la extrema derecha chilena es común escuchar: “la izquierda quiere destruir Chile”, “Chile se está convirtiendo en Venezuela”, “el gobierno se está rindiendo ante la delincuencia”. Son explicaciones simples a problemas mucho más complejos, donde en este caso existen “otros que quieren destruir Chile” y “ellos que quieren salvar a la nación”. Esto genera una identidad que se concentra en la figura del líder que “pondrá orden a nuestro país”. En el caso de Kast, su estética y discurso giran en torno a ello. Esto puede sonar emocionalmente verdadero: lo que importa no es la verdad en sí, aunque lo desmientan, lo que importa es crear una creencia política.

Para los populistas de derecha, “la nación está en una crisis profunda”, “no sólo en lo económico, sino también: en lo moral, lo social, lo cultural, etc”. El enemigo es “la cultura woke” o los comunistas, no el modelo social vigente; al contrario, este debe protegerse. Al igual que otros populistas, utilizan la incertidumbre como herramienta, las emociones fuertes como el miedo, la rabia o la sensación de inseguridad hacen que la gente reaccione de manera inmediata. Convierten la frustración personal en una sensación de urgencia nacional. Ejemplo es la idea: “no puedes estar seguro, el país está tomado”. A través de esto se crea una dicotomía, “somos los que dicen la verdad”, “somos los defensores del orden y la nación”.

Todo esto confluye en un pasado ideológico idealizado. En el caso de líderes como Trump se presenta el pasado de crecimiento económico y el poderío de EE.UU en el mundo durante el siglo XX (Edad de oro industrial/Orden conservador de los años 50). En el caso de Milei es la Argentina liberal del siglo XIX (1850-1900). En la realidad chilena es diferente, Kast en múltiples ocasiones, de manera suavizada ha señalado: “Yo no soy pinochetista. Otra cosa es que yo diga que ciertos aspectos del gobierno militar son rescatables”; “si Pinochet estuviera vivo votaría por mí”; “en el gobierno militar se hicieron muchas cosas por los derechos humanos”. Esto se une con el pasado de crecimiento económico durante los años 90 y 2000. Toda esta matriz histórica se materializa en programas como “Chile vuelve a crecer”. Programa que según el candidato permitirá que “el país vuelva a estar en lo alto”. Interpretando las palabras del abogado, la nación fue grande y próspera, pero otros nos arrebataron esa prosperidad. Según este discurso el “progresismo” y el “comunismo” fueron estos sectores los responsables de la decadencia del país, estos intentaron destruir Chile durante el estallido y durante el gobierno del presidente Boric dejaron el país en una “crisis de seguridad” y “crisis económica profunda”. El objetivo es crear una ficción ideológica y la mentira es fundamental. Decir que hay miles de muertos y un millón de desempleados, busca conectar con la sensación de miedo y su discurso de “Chile se cae a pedazos”, quiere dar un orden a la incertidumbre que vivimos como sociedad, bajo un discurso nacionalista exacerbado.

El catastrofismo expresado por Kast es funcional a sus intereses políticos e ideológicos, pero no es honesto con la realidad de nuestro país. Chile enfrenta grandes desafíos, pero no vive la crisis política y económica que viven naciones como Argentina, Perú o Venezuela. Considerando cifras del FMI, el Banco Mundial y Carabineros de Chile. Durante el año 2025 Chile creció un 2,6%, no es lo óptimo, pero no se refleja en lo que dice el candidato. Asimismo, la pobreza en 2024 bajó a un 5,5%. La seguridad, objeto de gran debate en diferentes espacios, logró frenar el alza de los homicidios a nivel nacional y la tasa de delitos graves se ha mantenido. Estas cifras no son para celebrar, pero no se condicen con el discurso articulado por la extrema derecha. Bajo esta narrativa, pareciera que “Chile fuese la Medellín durante la época de Pablo Escobar”.

En conclusión, el uso de la mentira como movilizadora de masas no es algo nuevo. Durante los fascismos clásicos este recurso sirvió para legitimar regímenes autoritarios que socavan la democracia. En la actualidad la “mentira fascista” es encarnada por líderes de extrema derecha que buscan fomentar una “creencia ideológica” basada en el miedo, el malestar y la desesperación. En el caso chileno, la ficción ideológica presentada por Kast se fundamenta en mentiras, datos erróneos o cifras exageradas. Según esta visión, el enemigo son los comunistas y progresistas, que han provocado que Chile no sea próspero y seguro. Explicaciones simples que desvían la atención del desgaste del modelo político, económico y social que vive nuestro país hace décadas, y que han provocado la precarización de la vida de las personas en diferentes ámbitos. La realidad sobreideologizada creada por la derecha radical oculta la realidad y la sustituye por otra. No responde a las problemáticas estructurales de nuestra sociedad; por el contrario, busca potenciar un statu quo conservador. Es válido preguntar: ¿Qué intereses políticos se benefician de mantener el discurso del miedo? ¿Quién gana cuando la ciudadanía cree una visión errónea del pasado? ¿Cuál es la importancia de desarrollar una historia crítica como sociedad?

Sebastián Rubio Salazar
Licenciado en Historia de la Universidad Diego Portales.

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