La eficacia no está necesariamente relacionada con inteligencia y originalidad, ni siquiera con decisiones o argumentaciones informadas. Un ejemplo muy claro de ello es la eficacia que parece estar teniendo el discurso xenófobo, criminalizador y expulsor de las personas migrantes en la campaña presidencial de José Antonio Kast. Es una narrativa que está dando un “buen rendimiento”, más aún cuando la otra candidata parece plegarse a una lógica semejante, aunque con menos aspavientos.
No hay nada de original en esta estrategia: azuzar los temores respecto de aquellos construidos socialmente como “Otros” para obtener algún tipo de rédito es una performance con muchos ejemplos históricos; ejemplos tan abundantes como indignantes: el holocausto judío, o el genocidio palestino en la actualidad son, probablemente, los más punzantes. Las ciencias sociales también han aportado mucha reflexión sobre la figura del extranjero y su significado social, de George Simmel a Norbert Elías.
Pero en el caso de la campaña de José Antonio Kast, este argumento facilista e irresponsable se funda en un desconocimiento tan evidente de los procesos y la normativa migratoria en Chile que llega a ser indignante, sobre todo cuando se combina con una mirada tan deshumanizante, como la que caracteriza a su perspectiva sobre las migraciones y los migrantes.
Para muestra, un botón… o dos en este caso. Hace algunos días, conversando con trabajadoras y trabajadores migrantes en el barrio Franklin, el candidato dijo que aquella persona migrante que se encuentra residiendo de forma irregular debe salir y volver a entrar al país, pero “por la puerta”, no por la ventana, pues se necesita “ordenar la casa”: “lo que necesitamos es que vuelvan a entrar, pero ordenadamente”, dice Kast en el video que se viralizó. Parece ignorar el candidato que la ley N° 21.325 (2021), de Migración y extranjería, en su artículo 32, inciso 3, sostiene que: “Se prohíbe el ingreso al país a los extranjeros que: (…) Intenten ingresar o egresar del país, o hayan ingresado o egresado, por un paso no habilitado, eludiendo el control migratorio o valiéndose de documentos falsificados, adulterados o expedidos a nombre de otra persona, en los cinco años anteriores”. Obviando ese primer e ineludible obstáculo, para poder regresar a Chile, las personas venezolanas, por ejemplo, deberían solicitar una visa en el consultado chileno en su país de origen, visado que prácticamente no se está otorgando. Y eso, además, pasando por alto el absurdo de pedir a personas migrantes que subsisten con salarios muy bajos, afrontar el costo de esta fantasiosa travesía.
Después de esta escena, el candidato vivió otro tenso momento cuando en Frutillar una mujer venezolana se le acercó para pedir por la regularización de personas migrantes. La mujer ingresó a Chile por un paso no formal hace cinco años, y tiene una hija con un visado temporario. Además de decirle que tiene que marcharse antes de que sea expulsada, aprovechando que ahora “puede irse llevando sus bienes”, el diálogo permite advertir que el candidato ignora la existencia de una visa humanitaria para niños, niñas y adolescentes, una categoría que las organizaciones de y para migrantes lograron introducir en el proceso de tratamiento de la ley, y que de alguna manera resguarda el cumplimiento de compromisos adquiridos por el Estado de Chile con la firma de instrumentos internacionales de derechos humanos.
Las propuestas migratorias de Kast, como las que ha hecho en referencia a otros temas (por ejemplo, la reducción del gasto fiscal en 6.000 millones de pesos), constituyen una retórica eficaz (por el momento) pero carente de argumentos. Representan una cáscara vacía que se instala a partir de una performance xenofóbica-demagógica, semejante a la de otros personajes neoconservadores como Donald Trump o Javier Milei, aunque menos aparatosa. Una performance que instala una cuenta regresiva de la expulsión, dejando implícita la puesta en riesgo del debido proceso. Una performance que agita fantasmas que deberíamos preocuparnos por espantar, por la buena salud de una sociedad cohesionada, diversa, solidaria, y democrática.
María Fernanda Stang
Académica investigadora, Centro de Investigación en Ciencias
Sociales y Juventud (CISJU), Universidad Católica Silva Henríquez
