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Morir con dignidad. Por Pablo Aguayo Westwood

En una reciente entrevista, el Monseñor Fernando Chomalí advirtió: “Los médicos van a estar causándole la muerte a un enfermo cuando deberían cuidarlo”. Su frase resume una de las objeciones más recurrentes frente a la eutanasia: el temor de que la medicina, en lugar de velar por la vida, se convierta en una herramienta para adelantar la muerte y con ello se separe del juramento hipocrático. Sin embargo, ¿no constituye también un daño obligar a una persona a prolongar un sufrimiento irreversible contra su voluntad? El dilema ético que Monseñor Chomalí plantea no puede analizarse de manera unilateral: tan relevante como la misión de cuidar es la obligación de respetar la libertad y la dignidad de quienes, enfrentados a una enfermedad terminal, ya no desean seguir viviendo bajo condiciones de dolor insoportable.

El debate no es ajeno al mundo cristiano. El sacerdote y teólogo Hans Küng en su obra Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad se distancia de la interpretación más rígida que condena toda forma de eutanasia en nombre de una “ley divina”. Para Küng, esa visión proyecta una imagen distorsionada de Dios, alejada del Dios que acompaña al débil, al doliente, al que sufre. Como él sostiene, “un Dios que se deleita en el sufrimiento humano no corresponde al Dios del amor que nos revela la Biblia” (Küng, 1997, p. 45). Para Küng, la dignidad de la persona no se extingue con la enfermedad ni con la proximidad de la muerte: sigue siendo persona y, precisamente por ello, merece un final que no reduzca su existencia a una mera dependencia tecnológica o a un sufrimiento deshumanizante. Esto implica reconocer que la asistencia médica no debe confundirse con la obligación de prolongar la vida biológica sin considerar la calidad de ésta.

Ya lo afirmó Sócrates en su diálogo con Critón: no es lo mismo vivir que vivir bien; existe una profunda diferencia entre el mero hecho de estar vivos (to zen) y el vivir bien (to eu zen). Desde esta perspectiva, la eutanasia puede entenderse no como una forma de abandonar la vida, sino como un acto de respeto a la autonomía y a la dignidad humana. Tal como argumenté en “Lo realmente importante no es vivir, sino vivir bien. Una discusión sobre eutanasia, autonomía y autorrespeto”, prolongar la vida a toda costa, cuando el sufrimiento es intolerable y no hay esperanza de recuperación, puede constituir un daño ético comparable al de causar la muerte directamente: ambos escenarios requieren un análisis profundo sobre la responsabilidad moral y el respeto a la autonomía del paciente.

Hans Küng enfatiza que el acompañamiento del enfermo debe ser integral, humanizado y consciente del sufrimiento. Señala que “la verdadera compasión no consiste únicamente en mantener vivo al paciente, sino en acompañarlo hasta el final, respetando su deseo y su dignidad” (Küng, 1997, p. 72). Esto implica considerar la eutanasia dentro de un marco de responsabilidad ética y solidaridad, donde la decisión de morir con dignidad no sea un acto aislado, sino parte de un acompañamiento médico, psicológico y espiritual. La eutanasia, entonces, se articula como un componente de una ética de cuidado centrada en la persona y no únicamente en su cuerpo.

La advertencia de monseñor Chomalí abre una discusión que Chile aún debe enfrentar con seriedad. ¿Qué significa cuidar? ¿Es prolongar a toda costa la vida biológica, incluso a costa del sufrimiento, o es acompañar con respeto las decisiones libres de quien ya no encuentra sentido en esa prolongación? La respuesta no es sencilla ni unívoca, pero exige escapar de caricaturas: ni la eutanasia es un atajo para deshacerse de los enfermos, ni la prolongación forzada de la vida es siempre un gesto de compasión. Como he sostenido en mi investigación sobre eutanasia y derechos del paciente, la clave radica en una ética de responsabilidad que equilibre el respeto por la vida con la obligación de evitar el sufrimiento innecesario.

La sociedad chilena está madura para este debate. La reflexión de Küng nos recuerda que acompañar implica también dejar partir con dignidad, reconociendo que la muerte es un acto natural y que, en ciertas circunstancias, permitir a alguien decidir su final constituye un respeto profundo a su autonomía y humanidad. Así, honrar la vocación médica de “cuidar” no significa únicamente prolongar la vida, sino garantizar que el final de esta se viva con respeto, acompañamiento y dignidad.

Pablo Aguayo Westwood

Doctor en Ética y Democracia

Facultad de Derecho, Universidad de Chile

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