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Motines electorales. Por Camilo Domínguez Escobar

El voto es el combustible de las democracias contemporáneas, el único respaldo que valida el ejercicio de gobierno. Además, las elecciones cumplen una función de orden. Como en los rituales de los pueblos ancestrales, el sufragio universal es una ceremonia que renueva cada tanto un sentido de pertenencia entre las gentes.

Una elección política no es una encuesta cualquiera. Su singularidad reside en el poderoso efecto químico que ejerce sobre su entorno. Lleva reminiscencias de magia y teología. La mecánica de las urnas forja con sus materiales una nueva aleación. Finaliza el recuento y nace una voz magistral —“el pueblo ha hablado”—, que no es una simple recopilación de preferencias. Jean Jacques Rousseau le llamó “voluntad general”; es este sujeto abstracto el que inviste a las autoridades.

Ahora bien, en los días que corren es discutible que los comicios cumplan estas funciones originales: a duras penas legitiman a los gobiernos y tampoco es que contribuyan mucho al orden social.

A veces olvidamos que instituciones que parecen naturales no son más que frágiles creaciones humanas. El artefacto electoral posee una historia, y esta no puede reducirse al registro de sus resultados en el tiempo —como cuando decimos “historia electoral”. En sí mismo, el sufragio cambia en sus sentidos y disposiciones, pues está anclado en una comunidad viva.

De momento, detengámonos a pensar cómo procesamos socialmente los eventos electorales. Esta misión se reserva para los expertos, y la razón es sencilla: se pueden cuantificar fácilmente. Es así como los técnicos se inflan con aires de ciencia y se desviven en tareas de medición, desglose y análisis de datos que se arruman sin que en realidad la ciudadanía logre en ellos verse a sí misma. Por otro lado, se nos informa que ganan o pierden izquierdas o derechas, tales o cuales candidatos, coaliciones o partidos. Es cierto que un análisis electoral completo descompone la población en regiones y provincias, estratos socioeconómicos, género y edad, entre otras variables. Pareciera que se utiliza un bisturí muy fino, cuando en realidad se excluye el elemento esencial: nuestra sociedad en sí misma. Es paradójico que las ciencias sociales devinieran en ciencias sin sociedad.

De ahí el desconcierto a la hora de interpretar los resultados electorales de los años recientes. A diferencia de los últimos treinta años, en apenas tres años ganaron los afuerinos de distintos lugares. Entonces la opinocracia de diarios y televisión dijo una cosa y su contrario: Chile quiere cambios profundos, Chile no quiere cambios profundos; Chile quiere una constitución, Chile no quiere una constitución; Chile es progresista, Chile es conservador.

Vimos desfilar como ganadores a independientes furibundos, izquierdistas universitarios y derechistas de las cavernas. ¿Qué complicidad guardan los eventos electorales recientes? Durante la postdictadura vivimos inmersos en una sensación de clausura de la historia, como se anunció en célebres escritos de finales de siglo. La historia parecía acabarse para dar paso a la mera temporalidad: una sucesión infinita de variaciones de lo mismo.

Esta percepción temporal se desmoronó en nuestro país en 2019, o antes, junto con el basamento de poder sobre el que descansaba.

En vista de que asistimos a una reconfiguración del tiempo, es necesario ajustar el raciocinio a su nueva naturaleza. El mentado orden del período concertacionista estaba sano en la superficie, sin embargo, albergaba una fractura en su interior. Hoy, en cambio, prevalece un caos que se traduce en desafinaciones constantes, pero que son señales de una misma enfermedad crónica.

Lo que quiero expresar es lo siguiente: si antes requeríamos rastrear síntomas de una mutación en medio de la quietud, hoy se trata de identificar la coherencia oculta en la dispersión. Porque, en momentos en los que todo se mueve, el contenido de la historia reside en aquello que permanece. Debemos prestar atención a ese lugar. Nos sucederá, de lo contrario, lo mismo que en 2019: un desacople profundo entre el discurso que nos damos y las fuerzas mudas de la sociedad. Aunque en vez de reconocer que “no lo vimos venir”, tan común en aquellos días, tendremos que decir que “no lo vimos estar”.

Retomo la pregunta: ¿Es posible trazar una línea recta entre tantos zigzagueos electorales? Cuando en 2016 Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos, la filósofa Nancy Fraser expresó que había tenido lugar un “motín electoral”. Hay algo en esa expresión que parece encerrar notas esenciales de lo que está ocurriendo en Chile y otros países del continente. Las revueltas electorales se han convertido en un paradigma electoral. Llamémosle formas de rebeldía cifrada, por más que se expresan a través del conducto regular. Un nuevo repertorio de protesta propio de una época de erosión de las mediaciones sociales. Manifestaciones que no ocurren en las calles y no despliegan significados; se desarrollan en el secreto de las urnas, pero involucran a millones de personas.

Los enojados silenciosos se expresan de múltiples maneras, todas originadas en una misma fuente: abstenciones masivas, emisión de votos nulos, preferencia por candidatos outsiders. Los chilenos llevamos un tiempo desafiando al rito. No es solamente que las elecciones no refuercen a las instituciones, sino que las sacuden con violencia en cada ocasión. El votante recurre a los canales electorales para verter su frustración antes que para elegir programas de ideas.

Aceptémoslo: el “voto de protesta” es la norma y no la excepción. Representa la mayoría electoral en una época de crisis. Por supuesto, esto desvirtúa el canon liberal, según el cual las elecciones brindan legitimidad al ejercicio de gobierno. De hecho, hoy en día son más ajustes de cuentas con el pasado reciente que proyecciones hacia el futuro. En ellas, se castiga a representantes e instituciones de turno y solo secundariamente se elige a nuevos delegados. El pueblo, como titular de la nación y la soberanía, tiene un doble carácter. Por un lado, y en teoría, sostiene las reglas del juego político; pero, al mismo tiempo, es la fuente más potentada para anularlas. Desde octubre de 2019, ha prevalecido esta segunda faceta, su cara destructiva y a veces cínica. Pareciera que se elige no a mandatarios y delegados, sino a nuevas víctimas. Y así nos encontramos ante la paradoja de que ganar elecciones puede significar perder y no incrementar poder. Hemos presenciado victorias pírricas o triunfos que se convierten en derrotas, como las de los independientes en la convención, la del frenteamplismo en la presidencia, y más recientemente, la de los republicanos en el consejo. La ciudadanía atraviesa momentos de ateísmo político y no hay nuevos profetas que inspiren confianza duradera.

Camilo Domínguez Escobar (camilo.dominguez@mail.udp.cl)
Ciudad de México

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