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Naturalizando el olvido, una práctica recurrente. Por Fernando Véliz Montero

“Ya te lo decía yo. Era imposible el olvido. Fuimos verdad. Y quedó.”
(Guillén).

Escribo estas páginas desde una especial emoción, sentimiento que por décadas me ha acompañado en las diversas etapas de la vida. A modo de ejemplo, en los tiempos del trabajo en sectores populares, en donde siendo muy joven, casi un niño, me marcó la pobreza brutal de la recesión de los años 80 junto a sus ollas comunes a los pies del cerro de Renca, en la población Huamachuco; en los tiempos de la militancia política y su compromiso irrestricto por retomar la democracia perdida, a como diese lugar; en los tiempos de las lecturas y los procesos formativos con libros fundacionales “Como un Árbol Rojo” de Fernando Alegría, obra que le dio presencia a Luis Emilio Recabarren y a su vida de sacrificios para organizar al mundo trabajador a principios del siglo XX en las salitreras del norte del país; en los tiempos en donde exigíamos el respeto por los derechos humanos desde el Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, y nos resistíamos al silencio cómplice del Estado opresor de la época, ¡en fin!, escribo estas líneas queriendo recordar, para así hacerme consciente y responsable del presente y el futuro de la historia de un país aún en proceso.

Para el día del golpe yo tenía cuatro años. Vivía literalmente en la calle que estaba detrás de la avenida Tomás Moro N.º 200, en donde estaba la casa del presidente Salvador Allende. Con mi familia habitábamos en una zona donde habían construido sus viviendas muchos empleados del Banco de Chile. Nuestra casa, sencilla y acogedora, estaba ubicada en Cachapoal 7757.

Siendo un niño en esa época, la primera imagen que se me viene a la memoria con el Golpe de Estado, y que aún mantengo fresca, fue un día que mi mamá nos dijo muy asustada que nos quedáramos acostados en el pasillo de la casa, sin movernos y en silencio ya que se escuchaban balazos. La tensión fue tal, que también colocó colchones en la ventana de mi habitación ya que daba a la calle. El miedo no era menor, solo quedaba obedecer. Esa situación ocurrió días antes del golpe. También recuerdo a mi papá (QEPD), hombre democrático, que siempre me contó que, en diversas ocasiones, regando el jardín de la casa, saludó al presidente Allende, cuando este paseaba con su perro Chagual por el barrio. Mi papá con un sobrio y afectuoso “cómo está presidente”, saludaba a Salvador Allende y este, muy cordialmente, le respondía con un afable gesto.

Esta conducta republicana de mi padre fue también la que lo hizo negarse, en un primer momento, a dejar nuestra casa la mañana del golpe de Estado, día en donde dos Hawker Hunter bombardearon la residencia presidencial con tres rocket. El primero explotó en el colegio de las Monjas Inglesas, en donde estalló una sala; el segundo calló detrás de la casa presidencial y, el tercero, pegó en la muralla externa de Tomás Moro… y nosotros, a unas pocas casas de distancia.

Ese martes 11 de septiembre de 1973 el tío Darío, hermano de mi mamá, nos fue a buscar a la casa por la mañana en una destartalada Citroneta Azam del 66, color beige. Después de conversar mi tío con mis padres, finalmente partimos todos a Simón Bolívar (mis papás, mis dos hermanas y yo), a la casa de mis abuelos por parte de mi mamá. Desde un primer momento, esta afrenta a la democracia mi papá la leyó muy bien, y siempre lo dijo: “No saben lo que ha ocurrido en Chile, se vienen años duros. Sacar a los militares del gobierno será imposible, llegaron para quedarse", afirmaba muy amargado.

Esta postura crítica de mi padre, finalmente, tuvo un efecto negativo al interior de su propio trabajo, el Banco de Chile, ya que cuando se supo que mi papá siempre había votado por Allende, su carrera bancaria se vio truncada por décadas. Teniendo excelentes evaluaciones y competencias para su trabajo como funcionario, aparte de ser un hombre honorable, veladamente fue castigado y quedó como cajero de la central del Banco de Chile por largos años.

Durante ese atribulado martes 11 de septiembre de 1973, también recuerdo que después de dejarnos a mis hermanas y a mí en la casa de mis abuelos, en la Citroneta mis papás y mi tío Darío, fueron a ver a mi abuela Hita. Ella junto a la tía Quena, vivían a un costado de la Catedral. Pero como el golpe y su impacto en las calles de Santiago fue tan brutal, después de muchas dificultades tuvieron que dejar el auto estacionado y esconderse cerca del Cerro Santa Lucía. Ese día había francotiradores, por lo mismo, no les quedó otra cosa que encerrarse en el sótano del edificio Saratoga, para unas horas después salir y devolverse a Simón Bolívar minutos antes del inicio del toque de queda. Chile ya era otro.

Donde mis abuelos -en Simón Bolívar- estuvimos de allegados durante dos semanas. Como niños desconectados ingenuamente de esta tragedia nacional, jugábamos alegremente con unas gallinas que había en el patio de la casa. Para nosotros, esta salida de Cachapoal era toda una aventura. Estar con la familia (abuelos, tíos, papás y hermanas), todos en un mismo espacio y sin obligaciones, ¿qué mejor para un niño?

Cuando volvimos a nuestra casa la realidad era otra. Los vecinos contaron que el día del golpe en Tomás Moro todo fue terrible, y que muchos niños del barrio por un buen tiempo fueron medicados con calmantes y remedios para el sueño, por el shock que experimentaron con el sonido de las metrallas y los rocket.

Otra emoción que me conecta con el once fue mi estadía en un colegio de curas ubicado a media cuadra de Apoquindo. Llegué a ese colegio tiempo después del golpe, en segundo básico, y lo único que recuerdo de ese periodo, es que los niños hablaban de la “Junta Militar”, como si los militares fueran unos santos, unos héroes y líderes innatos del país. Éramos exageradamente chicos, pero sí recuerdo, cómo en los primeros años del golpe, se instaló esta imagen de los militares salvadores del supuesto “marxismo extranjero”. Y eran estos niños, algunos hijos de militares, los que repetían como mantra estas absurdas ideas. Con los años supe que en ese colegio también estuvieron los hijos de Pinochet, que eran mayores, y que lo único que se les exigió a sus guardaespaldas para entrar al establecimiento era que no cargaran sus armas dentro del colegio. Y esta exigencia surgió porque un día a uno de estos señores, se le calló su Taurus 38 en medio de un masivo recreo. El caos fue absoluto.

En mi curso los hijos de militares no eran pocos. Uno de estos militares trabajaba directamente con Pinochet, era un palo blanco (testaferro), otro estaba en FAMAE (Fábricas y Maestranzas del Ejército), otro era capitán, es más, al parecer hasta un “sapo” había en el curso, conocido papá que acostumbraba a ir al legendario Café Haití a escuchar conversaciones privadas, para después entregárselas a los organismos represivos.

Todo eso ocurrió y mi papá, como siempre, despreciaba ese servilismo de muchos padres que honraban a esta gente, con honores y pleitesías. Él no soportaba todo eso y un día, uno de estos militares todo poderoso propuso FAMAE para hacer un asado de “integración” con las familias del curso. Para esa ocasión la mayoría de los padres aduladores estaban colgando de la mesa, casi atornillados, con este señor a la cabecera y, a la vez, los pobres conscriptos que hacían el servicio militar en esos años, corrían disfrazados de garzones con bandejas llenas de carne para las familias del curso. Este militar era un todo poderoso y mi papá, siempre orgulloso y desconociendo tanto adulación, durante esa tarde nos llevó a toda la familia, debajo de una palmera sentados en el pasto dentro del mismo recinto militar. Definitivamente, hicimos un paseo aparte y él como pudo, siempre buscó marcar la diferencia, desde la impotencia de ver a esta gente en su momento de “gloria” e impunidad. Por lo mismo, siempre digo que lo único que recuerdo de esa estadía de niño pequeño en ese colegio de curas, fue nunca entender por qué todos los niños alababan esta cultura castrense y yo, en mi casa, solo escuchaba críticas y desprecio contra estos “militares golpistas”. Por lo mismo, en mi curso nunca dije nada sobre el tema, pareciera que fue en esa época que conocí por primera vez la palabra autocensura y, de esta forma, como niño pequeño, inconscientemente silencié y protegí desde la impotencia, la extraña y solitaria posición que tenía mi padre frente al golpe cívico-militar del 11 de septiembre de 1973. Hoy lo recuerdo a él con gran dignidad.

Mi infancia no conoció la violencia militar del 73, todo lo fui descubriendo en la medida que crecía y tomaba perspectiva sobre la realidad del país, y sobre mi propia realidad como ser humano consciente, y político también. Es así como la infancia cuidada que me tocó vivir, la contrasto con la ejecución de más de 150 niños, niñas y adolescentes (identificados) que fueron asesinados durante los días del golpe (y en los años posteriores), y, sumado a esto, las cuarenta víctimas que fueron desaparecidas. La estadística también habla de 956 niños, niñas y adolescentes que fueron víctimas de prisión política y torturas. Mientras otros 102 se encontraron en prisión política acompañados de un adulto o adulta. Todos niños, niñas y adolescentes que llegaron marcados a la adultez, con la infame excusa de que eran “terroristas” y, es más, algunos de estos niños antes de ser asesinados, fueron también torturados. Por lo mismo, escribo estas líneas a nombre de ellos, para honrarlos y darles presencia, para jamás olvidarlos y, a la vez, para consolidar nuestros sentimientos colectivos hacia sus valiosas pérdidas humanas.

Manteniendo la memoria de los niños, niñas y adolescentes silenciados con el golpe y los 17 años de dictadura. En 1998, cuando Pinochet cayó preso en Londres, yo trabajaba como periodista en una ONG que promovía en Chile la Convención de los Derechos de los Niños y las Niñas. En ese tiempo también colaboraba con la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP), y por esas cosas de la vida, en aquel momento mi foco investigativo estaba centrado en los niños, niñas y adolescentes asesinados en dictadura. El trabajo ahí realizado fue levantar testimonios, escuchar a las madres y honrar juntos las historias de sus hijos cruelmente asesinados. Con el tiempo todo esto lo transformé en un artículo y junto a Alicia Lira (AFEP) y Valeria Luco (Corporación Opción), lo enviamos traducido a diversos idiomas a Londres, para así informar a los periodistas internacionales que esperaban el juicio contra Pinochet. Otra iniciativa que llevamos a cabo en esos días fue diseñar un lienzo que se instaló a la entrada de la Cámara de los Lores, en donde se denunciaba: ¡Pinochet murdered 150 children! (¡Pinochet asesinó a 150 niños!).

En ese tiempo, en una de las tantas conversaciones que tuve con las madres de los niños ejecutados en dictadura, una de estas mamás me prestó la fotografía de su hijo, para yo posteriormente escanear la imagen para un reportaje que estaba escribiendo. Cuando se realizó la entrega de la fotografía, esta mamá fue muy clara conmigo: “Compañero, por favor cuídeme la foto de mi hijo, ya que casi no tengo copias”, ¡por supuesto! le respondí. El punto es que esta fotografía estuvo una semana dentro de mi agenda, y esta al interior de la mochila. Y ocurrió lo que nunca debiese haber sucedido, me robaron la mochila con todo adentro. ¡Qué puedo decir!, siendo honesto, me demoré días en armarme de valor y llamar a esta madre desconsolada. Yo lloraba desde un teléfono público, y le expliqué entre sollozos la triste situación y ella, desde una humanidad trabajada con los años -y el dolor- acogió mis palabras cargadas de vergüenza y en forma paciente me consoló desde el otro extremo de la línea, sin juzgar. En ese momento lo que sentí fue que el mundo de la infancia nuevamente era invisibilizado, y en esta oportunidad, por mí propio error.

Y es así como los niños, las niñas y adolescentes de la dictadura, los que sufrieron y los que no sufrieron tras el golpe y después del golpe, son hoy los hombres y las mujeres de más de cincuenta años que, con todo lo ya vivido, buscan una lectura justa al horror experimentado. Son 52 años, más de cinco décadas en donde las historias cargadas de dolor abundan y, a la vez, en donde mucho de todo lo ya sufrido, o por el tiempo transcurrido o por la misma apatía, pueden muchas veces terminar en un proceso histórico de irremediable apatía, y también de insólita impunidad. “Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.” (José Saramago).

Y si la apuesta de toda esta tragedia vivida es esperar a que las generaciones ya mayores vayan muriendo y con esto, el manto del silencio y la impunidad cubra todo este daño de décadas desde un olvido crónico, eso quiere decir que nuestro futuro como nación tampoco tendrá un buen pronóstico. En España, por ejemplo, las generaciones que hoy tienen más de 30 años, poco y nada saben sobre las víctimas de la Guerra Civil Española. Y no lo saben porque todo se planeó en silenció para invisibilizar conscientemente una crisis fratricida, transformando hoy el tema en un evento histórico de escasa relevancia para el presente y el futuro de las nuevas generaciones. Pareciera que fue un hecho aislado. Es decir, es factible anular un momento de la historia, borrar su dolor, aminorar los detalles vergonzosos y, desdibujar finalmente el sentido de tanta situación injusta desde un “empate” naturalizado. Y eso está ocurriendo hoy.

Por último, de todo de lo que me acuerdo y de lo que no me acuerdo, lanzo preguntas posibles para estas páginas de memoria activa: ¿Qué nos queda para adelante como nación con esta herida simuladamente cerrada? ¿Cómo mirarnos a los ojos desde esta fractura ya silenciada? ¿Cómo imaginar un futuro distinto desde esta experiencia/país? ¿Cómo se sostienen las historias de vida, los quiebres familiares, las herencias dramáticas de la muerte, la tortura, el exilio y el aniquilamiento por tener creencias distintas? ¿Qué argumentos se le podrán dar a las nuevas generaciones para entender y aceptar esta realidad trunca?

“Recordar es fácil para el que tiene memoria, olvidarse es difícil para quien tiene corazón.” (García Márquez).


Fernando Véliz Montero es Doctor y Magister en Comunicación, autor de diversos libros vinculados al mundo del trabajo en Iberoamérica.

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