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Ni jefes ni gerentes (ir de Decano hoy en una Universidad regional del Estado de Chile). Por Pablo Aravena Núñez

Pensaba que no había necesidad de realizar un acto de inicio de funciones de una nueva decanatura: “en materia de cargos y reparticiones del Estado lo mejor siempre ha sido la austeridad y la sobriedad -me decía-, más aún en estos últimos meses”. “Pero puede ser una ceremonia muy sobria”, fue la sugerencia de un amigo, en esa inteligencia pragmática que caracteriza a la gente de acción. Y es que, alejados de la lógica trivial del evento social, hay cosas que conviene que sean públicas: sin ir más lejos, los compromisos, como los juramentos y promesas, mientras más públicos mejor, pues el que asume se ofrece, y se obliga, al escrutinio de los testigos en todo lo que viene.

Puede sonar evidente plantearlo, pero el avance de la lógica productivista empresarial, a nivel de sentido común de nuestra época, me obliga a recordarnos que una dirección de escuela o instituto, un decanato o una rectoría, no equivalen a jefaturas ni gerencias. Jefes y gerentes son designados por un grupo de interés, administran, gobiernan, mandan, sancionan, contratan, despiden. Los cargos nombrados, al menos en la universidad pública del Estado, se eligen entre pares, e incluso entre estamentos, surgen de entre los académicos y académicas de una comunidad, cumplen su período y vuelven a sus funciones habituales.
Aunque asumen responsabilidades administrativas, no gobiernan ni mandan, sino que dialogan, persuaden y promueven acuerdos. En este sentido estamos, todavía, mucho más cerca de la política, en su concepción clásica republicana, que del mundo de la empresa y los negocios.

Dicho esto, creo que el principal peligro de la universidad pública es precisamente el de sucumbir a la lógica gerencial. Peligro al que -debemos asumirlo- la institucionalidad pública chilena ha ido cayendo por una suerte de arrastre: pues si los gobiernos no asumen el deber del Estado con sus universidades, y las obligan a coexistir en un sistema dominado por los privados (la educación superior privada en Chile hoy alcanza el 85% del sistema), obligan a nuestras universidades a “hacer lo que puedan”, porque incluso las políticas públicas, emanadas de sectores que uno creería proclives a la defensa de la universidad pública, han terminado por traspasar miles de millones de pesos a los privados. Precisamente este es el efecto, o reverso, de la “ley de gratuidad” gestada en las reuniones entre dirigentes estudiantiles (hoy gobierno) y políticos de profesión en la búsqueda de una salida al movimiento estudiantil del 2011 (inaugurando así una extraña época en que las salidas acordadas resultan, vistas en el tiempo, ser prácticamente lo contrario de lo demandado al principio).

Hoy a las universidades del Estado se nos obliga a competir por captar estudiantes que “porten” gratuidad, pero las universidades públicas no están diseñadas para competir, sino para investigar, estudiar, enseñar, debatir y, en la tradición universitaria latinoamericana, para que puedan acceder a esto los sectores menos privilegiados de la sociedad. Quien asume hoy como decano (yo) proviene de abuelos campesinos, analfabetos (aunque sabios), cuyos hijos pudieron ser profesionales sólo porque existía la universidad pública chilena.

Hacer universidad pública hoy es un desafío inmenso, que tiende a ratos a inabarcable, pero que seguirá valiendo la pena mientras las clases y lecturas vayan sedimentando hasta que una pregunta interesante interrumpa la cadena de los “contenidos” y “competencias” prefijadas, para dar inicio a una conversación, que es la instancia en que profesores, alumnos y alumnas, se constituyen recién en miembros de una comunidad universitaria.

Para que esto pueda seguir ocurriendo nos toca nuestra parte desde la universidad. La triestamentalidad no es una bandera, es una práctica del día a día. Cuidar estas instancias de diálogo abierto es más importantes que nunca, pues dado el cuadro descrito arriba, no podemos perdernos ya en los solapamientos de política parroquial y en la vieja práctica sibilina de los conatos internos por intereses particulares encubiertos en ropajes ideológicos o reivindicativos.

En una comunidad universitaria la honestidad política se impone como norma de sanidad. (Nos vemos todos los días, cara a cara)

Pablo Aravena Núñez
Decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Valparaíso

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