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(No) Estamos con los Refugiados. Por Claudio Jiménez Rojas

“Todos somos migrantes” y “toda persona tiene derecho a buscar protección”, son dos premisas que pueden ser importantes a la hora de abordar el desafío que nos instala el actual flujo migratorio. Así como la ciudad de Santiago se construye con la migración interna campo – ciudad, en un país colonizado por foráneos, también se instala una verdad indiscutible: las personas en peligro, huyen.

El pasado lunes 20 de junio fue el Día Mundial del Refugiado, una fecha importante si se trata de visibilizar a aquellas personas que buscaron protección y que, a la fecha, ya suman más de cien millones a nivel mundial. Sobre cien millones en todo el planeta, que contrastan significativamente con los cuatro venezolanos que recibieron la categoría de refugiados en Chile el primer semestre del 2021; o con los siete extranjeros del 2020; o los treinta del 2019. No más de cincuenta migrantes en los últimos tres años, esa es la cuota que aportó nuestra nación a la hora de dar acogida a quienes apelaron a su derecho de buscar protección.

Pareciera ser que Chile se ha llenado de migrantes, lo que no es real, pero sí es más de un millón y medio de personas de nacionalidad extranjera las que ya habitan este territorio. Son cifras altas, pero mucho más presentes en el norte del país y en la Región Metropolitana, donde ya es cercano al millón de personas. Es decir, tampoco es que la población migrante abunde en todas partes, debido a que en más de una docena de regiones la cifra de extranjeros no supera el 5%, dato contradictorio con una opinión pública que generaliza un alto rechazo al migrante ¿Por qué podría existir rechazo en territorios donde no hay más de un 1% de extranjeros residentes? Esto es una realidad que no permite avanzar genuinamente en políticas migratorias y de integración que favorezcan la acogida y el desarrollo de la convivencia y cohesión social en el país ¿Por qué? Porque en el cálculo político electoral no es conveniente ser un actor pro-migrante, ningún gesto político que favorezca a los extranjeros es atractivo en la actualidad.

El rechazo, el racismo o las actitudes de hostilidad a un “otro” diferente, no es más que una construcción social, es algo adquirido, pues no nacemos rechazando a otros. Es aquí donde los discursos sociales, de la prensa, de políticos o de la sobremesa en el encuentro familiar, van constituyendo un sujeto que genera anticuerpos con las personas de origen extranjero. El migrante pasa a ser una amenaza, lo que en un primer momento fue “racial”, porque incluso en este país existió el objetivo de “blanquear la raza”. Pero actualmente la amenaza es cultural y exacerbada por el énfasis que ha tomado la seguridad como un fin en sí mismo, más que como el producto o consecuencia de una sociedad educada, equitativa y acogedora.

En rigor, si el capital migra, porqué no podrían hacerlo las personas. Esos recursos económicos son los que van alterando las perspectivas, puesto que está demostrado que ante una mejor economía, las percepciones de la inmigración son más positivas. Y también, por el contrario, que es lo que ocurre en Chile: una economía a la baja, genera una mirada más negativa.

En definitiva, las personas refugiadas o solicitantes de asilo, que son aquellos que apelan a su derecho humano a buscar protección, merecen una acogida que es innegable. Es casi inhumano cerrarle la puerta a quien huye de la miseria y la muerte, lo que probablemente todos entendamos y en nuestro “deber ser” compartamos, pero a la hora de contradecir el discurso popular, de estimar réditos políticos o de sentirnos amenazado por imaginarios creados, dejamos atrás esta postura fraterna que muchas veces se percibe en nuestros lamentos a la hora de ver a un “otro distinto” cuando está sufriendo. En ese minuto en el que abandonamos nuestros principios a cambio de mezquinos cálculos, dejamos de estar con los migrantes y refugiados. Nosotros mismos, seres humanos, nos convertimos en opositores de los derechos fundamentales que nos corresponden.

Es momento de que comencemos a cambiar el discurso.

Claudio Jiménez Rojas
Máster en Migraciones Internacionales

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